La incombustible artista Lolita Flores ha regresado por la puerta grande al plató de El Hormiguero en Antena 3, regalando a Pablo Motos una de las noches más surrealistas, divertidas y descarnadas que se recuerdan en el show estrella de Atresmedia. En plena promoción de su nueva película, titulada Mallorca confidencial, y mientras compagina sus compromisos en el concurso Tu cara me suena con la exitosa gira teatral de Poncia, la hija de la mítica Lola Flores ha dinamitado cualquier atisbo de corrección política al desvelar las instrucciones explícitas que ha dejado por escrito a sus hijos, Elena Furiase y Guillermo, para el día de su funeral. Presa de una fobia atroz e indisimulable a sufrir catalepsia, la actriz exige que la sepulten provista de herramientas, fármacos y tecnología para escapar de la tumba.
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La confesión llegó en el último tramo de la entrevista, cuando el presentador de Antena 3 sacó a la luz el pánico cerval de la invitada a despertarse confinada en la oscuridad de un ataúd. Lejos de tomárselo a broma, la cantante desgranó con una seriedad pasmosa el inventario de objetos obligatorios que deberán acompañar a su cadáver: «La caja abierta y con dinero, la llave del mausoleo, un martillo para golpear la tapa, una escalerita, el móvil con batería de 72 horas, un blister de orfidal y lexatin, dos botellas de agua, un abrigo y unas botas si es invierno y unas chanclas si es verano».
La exjurado televisiva justificó este equipamiento por su negativa en redondo a pasar por el horno crematorio, un temor que hunde sus raíces en la trágica gestión del luto de su propia estirpe: «No quiero que me incineren no vaya a ser que me queme. Cuando mi madre estaba muy malita, hicieron el mausoleo para que cupiéramos los cinco. Desgraciadamente, ya hay tres. A mi hermana le ha tocado el cuarto y a mí el quinto piso. Si pasa eso, saldría escopeteada. Lo que siento es la llamada que tendrán mi hija y mi hijo».
El calvario profesional de los Goya y el regreso triunfal como protagonista
Más allá de las excentricidades fúnebres, la intérprete aprovechó los micrófonos del formato líder de la televisión lineal para denunciar el ostracismo crónico que ha padecido en la industria cinematográfica española tras alzarse con el premio de la Academia por Rencor hace ya veinticinco años. Para la artista, la célebre «maldición de los Goya» es un axioma empírico que ha dinamitado su carrera en la gran pantalla durante décadas: «No es que lo crea, es que lo he vivido en mis carnes. No es una leyenda, lo he sufrido. He hecho películas como ‘Fuerte Apache’, a la que tengo mucho cariño, pero de protagonista poco más».
Esta travesía por el desierto interpretativo provocó que su fichaje estelar para Mallorca confidencial supusiera una inyección de moral definitiva en un entorno que a menudo le ha dado la espalda. «Me la han bajado muchas veces, como mujer y como artista. Sobre todo en el cine. Si no te llaman durante 20 años para un protagonista, cuando lo hacen… Te suben la autoestima», confesaba con una honestidad desarmante, aplaudiendo el trato recibido por el nuevo equipo técnico. En el filme encarna a la Chusa, una viuda gitana arrastrada al submundo del tráfico de drogas por la exclusión social y la vorágine de la burbuja inmobiliaria, un rol de matriarca combativa en el que, sin embargo, prefiere no reflejar su realidad familiar, delegando ese estatus histórico en la figura de su difunto padre.
Soltería sin algoritmos, tabaco en la cama y el secreto del ajo crudo
A sus sesenta y ocho años, la hermana de Rosario Flores presume de una energía desbordante que atribuye a un drástico y espartano ritual de salud que practica desde hace cuatro décadas: ingerir cada mañana un diente de ajo crudo entero —sin masticar— acompañado de miel, propóleo y jengibre. Una rutina que combina con su faceta de «pájaro de noche», devorando ficciones internacionales y fumando en la cama hasta altas horas de la madrugada, protegida por el temporizador de su televisor y la supervisión de su hijo, con quien comparte residencia.
Respecto a su vida sentimental, la invitada se ha mostrado «abierta en canal» al amor, aunque proscribe de forma tajante el uso de aplicaciones de citas modernas. «Soy de tocar. Yo tengo que tocar. Y a mi edad ya gato por liebre no», sentenciaba entre las carcajadas del público, poniendo como requisitos indispensables una mirada limpia, unas manos cuidadas y la ausencia absoluta de sudores o malos olores. Una autenticidad salvaje que sigue consolidando a la artista como uno de los patrimonios más valiosos y magnéticos de la crónica social y el sector audiovisual español.
