La última película de Pedro Almodóvar abandona mañana la penumbra de las salas para instalarse en el salón de casa. Amarga Navidad, el filme con el que el manchego compitió por la Palma de Oro en Cannes y que arrasó en la taquilla española de esta temporada, llega en exclusiva a Movistar+ este viernes 10 de julio, apenas cuatro meses después de su paso por los cines. Es una de las películas más desasosegantes y personales de su filmografía reciente, y también una de las más difíciles de resumir sin traicionarla.
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La plataforma ha querido convertir el estreno en acontecimiento y lo acompaña con un espacio dedicado a repasar la obra completa del director hasta el 26 de julio, un recorrido por medio siglo de Cine Español visto a través del ojo más reconocible que ha dado este país. Pero la protagonista indiscutible de la cita es esta historia de duelo, escritura y culpa que ha dividido a la crítica y ha dejado a más de un espectador clavado en la butaca cuando ya se encendían las luces.
Una película dentro de la película que se cuestiona a sí misma

El armazón del relato se sostiene sobre dos líneas temporales que se persiguen. Por un lado, Elsa, una directora de publicidad interpretada por Bárbara Lennie, que se refugia en el trabajo hasta la extenuación tras la muerte de su madre un mes de diciembre. Por otro, Raúl, un guionista y director al que da vida Leonardo Sbaraglia, atrapado en un bloqueo creativo del que intenta salir recurriendo a la autoficción y tomando prestada, sin demasiados escrúpulos, la vida ajena. La vida de ella.
De ese cruce nace un juego de espejos que el propio cineasta ha explicado con una franqueza que roza la confesión. «Lo que más me atrajo es que la película dentro de la película se cuestiona a sí misma», ha reconocido al hablar del proyecto. Y ha ido más lejos, hasta un punto de autoexamen incómodo que ilumina toda la obra: «Me he convertido en mi propia musa, lo cual no es agradable». Pocas veces un autor ha resumido con tanta precisión el precio de escarbar en la propia biografía para alimentar la ficción.
Un reparto de lujo y una ovación de varios minutos en la Croisette

Alrededor de esa pareja protagonista, el director ha reunido un elenco que parece un censo del mejor talento del cine español contemporáneo. Acompañan a Lennie y Sbaraglia nombres como Aitana Sánchez-Gijón, Vicky Luengo, Patrick Criado, Milena Smit y Quim Gutiérrez, y el filme se permite además el lujo de las apariciones especiales de tres actrices de la casa: Rossy de Palma, Carmen Machi y Gloria Muñoz. La banda sonora lleva la firma habitual de Alberto Iglesias, e incorpora una canción interpretada por Amaia.

La película se midió con los grandes en la sección oficial del festival francés el pasado mes de mayo, donde aspiró al máximo galardón y fue despedida con una ovación que, según quién la cronometrara, se prolongó entre ocho y diez minutos. Antes había pasado por las salas españolas desde el 20 de marzo, de la mano de Warner Bros., con un recorrido comercial que sorprendió incluso a los más optimistas. Los datos del sector la sitúan entre las cuatro películas españolas más taquilleras del año, con una recaudación que rondaría los 2,6 millones de euros y un arranque superior al de sus dos trabajos anteriores.
El cine del duelo, una constante que ya no se disimula
Quien haya seguido la trayectoria reciente del director reconocerá enseguida el territorio. La muerte de la madre, el peso de la memoria, la escritura como forma de supervivencia y también de expolio: son obsesiones que llevan años latiendo bajo sus películas y que aquí afloran sin coartada, sin el disfraz del melodrama luminoso que durante décadas sirvió de envoltorio. Hay menos color y más herida. Hay, sobre todo, un creador mirándose al espejo y preguntándose en voz alta si tiene derecho a contar lo que cuenta.
Esa desnudez explica que la reacción del público haya sido tan polarizada. No es una película complaciente ni pretende serlo, y quien la busque como refugio ligero para una noche de verano se encontrará con lo contrario: un espejo. Pero también es, precisamente por eso, uno de esos títulos que ganan enteros en la segunda visión, cuando ya se conoce la trampa del relato y se puede observar con calma cómo está construida.
A partir de mañana ya no habrá excusa de horarios ni de salas lejanas. La cita está en el sofá, con el mando en la mano y sin la presión del patio de butacas. Conviene, eso sí, ir avisado: el título no miente. La navidad de esta historia es exactamente tan amarga como promete, y el director no ha querido endulzarla ni un solo fotograma.
