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Opinión

Opinión: Telecinco, o la crónica de una demolición en directo: cuando una cadena parece empeñada en dejar de entender al espectador

Pedro Serrano González
8 min 492
telecinco crisis

Hay momentos en los que una cadena atraviesa una mala racha. Una apuesta no funciona, un programa no conecta, una franja se resiente y toca reajustar. Es televisión. Forma parte del negocio. Lo verdaderamente alarmante llega cuando los errores dejan de parecer coyunturales y empiezan a construir un patrón reconocible. Y eso es exactamente lo que lleva demasiado tiempo ocurriendo en Telecinco. Porque lo de Mediaset ya no transmite la sensación de una empresa que atraviesa una crisis puntual, sino la imagen de una compañía atrapada en un modelo de desconexión progresiva con el espectador, insistiendo una y otra vez en decisiones que parecen responder más a la ansiedad que a una estrategia real.

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La mañana de hoy ha sido casi una exhibición perfecta de ese desconcierto. Si alguien quisiera resumir en pocas horas el problema estructural de Telecinco, bastaría con observar la cascada de anuncios que Mediaset ha puesto sobre la mesa. El regreso del padre Apeles como reclamo para El Tiempo Justo. La puesta en marcha de un nuevo programa de tarde con Beatriz Archidona y Santi Acosta bajo el título de De lunes a viernes. La renovación de Ana Rosa Quintana como una de las grandes referencias del grupo. Y todo ello en un contexto donde formatos históricos del grupo ya no exhiben la fortaleza incontestable de otras épocas y donde la sensación de desgaste generalizado resulta cada vez más difícil de maquillar.

Lo del padre Apeles es probablemente el símbolo más grotesco del momento actual. No por él. Conviene dejarlo claro. El padre Apeles fue exactamente lo que tenía que ser en la televisión que le tocó vivir. Un personaje moldeado por aquella Telecinco de finales de los noventa y principios de los dos mil, cuando el ruido, la confrontación, la provocación y el espectáculo más desacomplejado marcaban buena parte de la conversación pública. Era un producto coherente con aquel ecosistema. El problema no es el personaje. El problema es que alguien dentro de Mediaset, en pleno 2026, con una sobremesa debilitada y un formato como El tiempo justo incapaz de consolidarse como una referencia competitiva robusta, haya considerado que rescatar a una figura de hace décadas constituye una gran idea estratégica.

Porque cuando una cadena empieza a rebuscar en sus propios fósiles televisivos para intentar generar conversación, curiosidad o un golpe puntual de nostalgia, el mensaje que lanza es demoledor. No transmite renovación. No transmite creatividad. No transmite visión. Transmite agotamiento. Transmite falta de respuestas nuevas. Transmite la sensación de una empresa que ya no sabe muy bien qué hacer ni a quién recurrir para intentar insuflar algo de vida a un presente que no termina de reaccionar.

Y ahí entra El tiempo justo. Joaquín Prat podrá tener oficio, experiencia y solvencia para sostener un directo, pero una cosa es el presentador y otra el producto. Lo que lleva proyectando el programa desde hace tiempo no es consolidación, ni crecimiento natural, ni personalidad editorial plenamente asentada. Lo que transmite es búsqueda constante. Movimiento permanente. Sensación de laboratorio televisivo en el que se prueban piezas, invitados, reclamos y fórmulas con una ansiedad evidente por encontrar la tecla adecuada. Y cuando un formato parece vivir en estado de ensayo continuo, normalmente no es porque esté innovando. Es porque no ha encontrado su sitio.

Pero si lo del padre Apeles ya resulta sintomático, el resto del menú informativo de Mediaset en esta misma jornada convierte el cuadro en una caricatura de sí mismo. Porque también llega el anuncio del nuevo programa veraniego de tardes con Beatriz Archidona y Santi Acosta. Título: De lunes a viernes. Cuesta encontrar una metáfora más involuntariamente precisa del momento creativo de la cadena. Un nombre plano, sin identidad, sin concepto, sin la más mínima capacidad de sugerir personalidad propia. Como si ni siquiera en el envoltorio existiera convicción real.

Y luego está Santi Acosta. Aquí hablamos de opinión editorial, y precisamente para eso existe un artículo como este. Resulta legítimo preguntarse qué ve exactamente Mediaset en un perfil que para una parte del público no genera conversación, ni emoción, ni magnetismo especial, ni sensación de televisión vibrante. Puede ser funcional. Puede resultar correcto para determinados formatos. Pero difícilmente se percibe como un rostro asociado a renovación o a una televisión competitiva capaz de recuperar pulso. Su continuidad en espacios estratégicos, mientras la cadena sigue acumulando dudas de posicionamiento, inevitablemente alimenta preguntas sobre cómo se configuran ciertas apuestas internas.

En ese contexto aparece además un elemento que forma parte del ecosistema corporativo de Mediaset y que inevitablemente alimenta comentarios en el sector: Sandra Fernández, directora de Comunicación del grupo y expareja del propio presentador. No se trata de afirmar causalidades sin hechos verificables, pero sí de reconocer una realidad evidente: cuando una empresa proyecta hacia fuera una sensación de repetición de nombres, movimientos internos poco ilusionantes y decisiones discutidas, cualquier contexto relacional añade ruido reputacional. Y una compañía con problemas evidentes de percepción pública debería ser especialmente cuidadosa con ese tipo de lecturas.

Mientras tanto, De Viernes sigue sin convertirse en el gran golpe de autoridad competitivo que probablemente Mediaset imaginó. La competencia le ha ganado demasiadas veces la partida sin excesivo dramatismo, y aun así la sensación es que determinados automatismos internos siguen operando con independencia del desgaste visible.

Luego están las locomotoras del grupo. Porque Supervivientes sigue siendo una marca fuerte, sí, pero ya no exhibe el músculo incontestable de otras épocas. Durante años fue una maquinaria casi infalible, capaz de sostener semanas enteras y tapar costuras estructurales. Hoy sigue funcionando, pero incluso sus mejores noches dejan entrever síntomas de desgaste que ya no pueden ignorarse. Y cuando hasta tus formatos históricamente más sólidos empiezan a perder parte de su contundencia, el problema deja de ser una simple franja.

Con La Isla de las Tentaciones ocurre algo parecido. Exprimir un fenómeno televisivo hasta la extenuación rara vez sale gratis. Multiplicar emisiones, estirar mecánicas y confiar indefinidamente en el mismo fenómeno puede ofrecer rendimiento inmediato, pero también acelera el desgaste. El espectador no es infinito. Y cuando el agotamiento empieza a asomar, el principio del final deja de ser una exageración.

Después está Unicorn Content. Probablemente uno de los debates más incómodos dentro del ecosistema Mediaset. Porque cuando una parte tan sustancial de la oferta de una cadena empieza a respirar exactamente los mismos códigos, tonos, automatismos y modelos narrativos, el problema deja de ser un programa concreto. Empieza a ser una cuestión de monocultivo televisivo. Más de lo mismo. Mismas inercias. Misma temperatura editorial. Mismo ecosistema replicado bajo distintos formatos. Y cuando el público empieza a percibir uniformidad donde debería haber diversidad, el desgaste se acelera.

Y entonces aparece la renovación de Ana Rosa Quintana. Probablemente el gesto más simbólico de todos. Porque Ana Rosa no es únicamente una presentadora. Es un modelo televisivo, una forma de entender la actualidad, una línea editorial y una estructura de producción con enorme peso dentro de la cadena. Que la respuesta de Mediaset ante el evidente desgaste de conexión con parte del público pase precisamente por reforzar ese mismo modelo transmite una idea clarísima: no existe una voluntad real de repensar profundamente el producto.

Y aquí aparece inevitablemente Paolo Vasile.

Con todos sus defectos —que fueron muchos— y con decisiones profundamente discutibles en numerosas etapas, Vasile entendía algo esencial que la actual Mediaset parece haber olvidado por completo: sabía leer al espectador. Tenía instinto televisivo. Sabía detectar conversación. Identificaba qué generaba interés real y qué estaba agotado. Sabía cuándo insistir y cuándo cortar. Cuándo provocar y cuándo girar. Podía gustar o generar rechazo, pero transmitía una cosa que hoy parece ausente: dirección.

La actual Mediaset transmite exactamente lo contrario. No parece una compañía guiada por una estrategia clara, sino por una ansiedad reactiva constante. Más pendiente de parchear fugas que de construir un proyecto reconocible. Más inclinada a reciclar fórmulas que a entender cómo ha cambiado el consumo audiovisual. Más preocupada por sostener inercias que por reconstruir una identidad competitiva.

La Telecinco de Vasile podía ser excesiva, incómoda, cuestionable y brutalmente imperfecta. Pero estaba viva. Sabía exactamente qué quería ser.

La actual empieza a parecer otra cosa.

Una cadena que rebusca en sus propios archivos para intentar parecer relevante.

Y esa, probablemente, es la crítica más devastadora que puede hacerse a un gigante televisivo.

Pedro Serrano González
Escrito por Pedro Serrano González

Pedro Serrano González es un comunicador y productor con una trayectoria ligada a los grandes nombres de la radio, la televisión y los nuevos formatos digitales. Al frente de Vibras en Corte, impulsa un proyecto que convierte la actualidad televisiva y el entretenimiento en clips virales con personalidad propia.

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