Alexandra Jiménez regresa a la primera línea con el estreno de 53 domingos en Netflix, una comedia ácida dirigida por Cesc Gay donde comparte cartel con Javier Cámara, Carmen Machi y Javier Gutiérrez. En un momento de madurez profesional absoluta, Jiménez reflexiona sobre la gestión de la verdad en las relaciones personales, la fragilidad de la profesión y la necesidad vital de desconectar del ruido mediático para encontrar la esencia del oficio en la lectura y el estudio riguroso.
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Alexandra Jiménez (Zaragoza, 1980) ha construido una de las carreras más sólidas y versátiles del panorama nacional. Desde aquel trampolín que supuso su paso por Los Serrano, la actriz no ha dejado de encadenar proyectos que demuestran que su registro no tiene techo. Sin embargo, en un entorno donde la exposición pública parece una obligación contractual, ella aboga por la contención. En una reciente conversación con el medio Vanity Fair, la actriz analiza su papel en la nueva cinta de Cesc Gay, donde interpreta a Carol, una mujer con un perfil marcadamente conciliador que prefiere no echar más leña al fuego en los conflictos ajenos.
Esta postura de su personaje parece resonar con su propia filosofía de vida. Jiménez cuestiona esa necesidad contemporánea de verbalizar cada pensamiento bajo el pretexto de la honestidad. Para ella, la sinceridad no es un valor absoluto si carece de utilidad o empatía. «No estoy de todo de acuerdo con decir siempre la verdad porque al final es tu opinión. Y tu opinión puede cambiar o puede ser una opinión que no interese. No es demasiado relevante. Yo estoy más a favor de tratar de no herir y de no dinamitar, pero sí es verdad que hay una tendencia a decir constantemente lo que piensas para sumar y normalmente no suma tanto», afirma con una lucidez que desarma la tendencia actual del «sincericidio» digital.
El reencuentro con el universo de Cesc Gay


Trabajar bajo las órdenes de Cesc Gay supone para cualquier actor un ejercicio de equilibrismo emocional. 53 domingos marca la segunda colaboración de la actriz con el director catalán, una experiencia que ella describe como un desafío constante. El cine de Gay se caracteriza por una aparente sencillez que esconde una complejidad técnica y actoral extrema, al tratar historias cotidianas de gente corriente sin grandes estridencias.

Alexandra Jiménez describe este proceso como una búsqueda de la verdad que huye de lo cómodo. «Me hizo mucha ilusión que me llamara por segunda vez tanto como que me llamara por primera vez porque era un director con el que siempre había querido trabajar y que genera un ambiente muy positivo porque enseguida te hace sentir que estás en casa y que estás en un lugar seguro», confiesa. Sin embargo, esa seguridad no implica relajación. La actriz detalla cómo el director la empuja fuera de su zona de confort: «Es complicado lo que te pide artísticamente porque como te vea acomodándote en algo que has encontrado y sientes que te funciona te saca de ahí inmediatamente para que sigas buscando. Le gusta que estés caminando en un suelo que no sea firme completamente, que siempre te estés haciendo preguntas y que siempre estés alerta con matices que tienes que incorporar y que no son tan fáciles de incluir en determinadas escenas».
Una técnica basada en el rigor y el mapa literario
Frente a la imagen bohemia que a veces se proyecta de la interpretación, Jiménez reivindica el trabajo de mesa, el orden y el estudio casi matemático del guion. Su método para afrontar personajes que la sacan de su zona de confort empieza por una base pragmática innegociable: el dominio absoluto del texto. «Necesito garantizarme que antes de empezar a rodar toda la película, o los seis capítulos de la serie, o lo que sea los tenga ya muy interiorizados para desde ahí poder moldearlo. Me hago mis esquemas, me etiqueto los guiones… hay gente que se ríe mucho, pero a mí me ayuda porque de alguna manera mi inseguridad se apacigua sabiendo que todo ese trabajo de mesa ya está», explica la actriz.

Una vez asentada la estructura, Alexandra busca referentes que van más allá de lo audiovisual, sumergiéndose en la literatura y la música para construir la identidad de sus personajes. Este proceso creativo es lo que realmente la apasiona de su oficio. «Lo que más me gusta es todo lo que va de acción a corten. A mí me gusta mi trabajo, me gusta estar rodando, me gusta trabajar en equipo, me gusta el proceso de ponerlo en marcha, la creación colectiva de cómo va a ser el personaje, cuál va a ser el tono», asegura. En contraposición, admite que el «envoltorio» que rodea a la profesión, las alfombras rojas y la parafernalia mediática, es la parte para la cual no se siente tan capacitada.
El refugio en la lectura frente a la incertidumbre
En una industria donde los «parones» pueden generar una ansiedad paralizante, Alexandra Jiménez ha aprendido a habitar el silencio y la espera. Para ella, el tiempo entre rodajes no es un vacío, sino un periodo necesario de nutrición personal. Disfruta de la vida doméstica, de cocinar, pasear y, sobre todo, de leer. Durante las horas muertas en los sets de rodaje, su camerino se convierte en un santuario literario.

Recientemente, ha encontrado en la escritora Maggie O’Farrell una fuente de inspiración constante. «Estoy leyendo a Maggie O’Farrell porque hace un tiempo ya me regalaron Hamnet y no me sentí capaz de leerlo por el argumento, pero recientemente lo leí y ya me enganché a la autora. El Retrato de casada que me fascinó también, La distancia que nos separa y otro que leí también que se llama Tiene que ser aquí. Es una escritora que me gusta muchísimo», comenta entusiasmada. Esta curiosidad intelectual es la que le permite gestionar la incertidumbre intrínseca al actor. Aunque reconoce que siempre se está pendiente de la próxima llamada, prefiere ver esos momentos como una oportunidad para crecer.
La madurez de una actriz que huye de las etiquetas

A pesar de que su nombre suele asociarse al éxito en la comedia, Jiménez ha demostrado su solvencia en el thriller y el drama, géneros donde también se siente cómoda porque, según sus propias palabras, «siempre te faltan herramientas». No cree en las etiquetas, sino en los desafíos que la obligan a explorar lugares desconocidos. Su participación en 53 domingos, que llega a Netflix el 27 de marzo, es una prueba más de su capacidad para brillar rodeada de gigantes como Cámara, Machi y Gutiérrez.
En la película, el foco se pone en la familia y sus fricciones, en cómo los hermanos se pierden en sus propios complejos en lugar de atender a lo que realmente importa: su padre de casi 90 años. Jiménez observa desde su personaje, Carol, esa incapacidad de escucha que define a muchas familias modernas. Con esta nueva entrega, Alexandra se reafirma como una actriz que prefiere observar antes que gritar, estudiar antes que improvisar y, sobre todo, mantener esa pizca de misterio que la convierte en una de las figuras más fascinantes de nuestra pantalla.
