Sus médicos fueron tajantes: aquel medicamento no podía dejarlo nunca. Sharon Stone decidió dejarlo igual, y el precio fueron cuatro meses y medio de enfermedad que ella misma compara con un síndrome de abstinencia severo. Después vino el cannabis. La actriz ha contado el proceso completo, con una crudeza poco habitual, y el motivo que lo explica todo: quería recuperar su vida.
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«Me dijeron que no podía dejarlo. Nunca»

El punto de partida se remonta a 2001, cuando la intérprete sufrió un ictus que estuvo a punto de costarle la vida y que la dejó con una batería de medicamentos que la han acompañado durante años. El pasado septiembre decidió retirar uno de ellos, y lo hizo en contra del criterio médico. «Dejé una de las medicaciones que tomaba por mi ictus el pasado septiembre, y me dijeron que no podía dejarla», ha relatado. «Me decían: no puedes dejarla. Nunca vas a poder dejarla. Y yo: la voy a dejar».
Lo que vino después no fue un trámite. «Fue como dejar la puta heroína. Estuve enferma como un perro durante cuatro meses y medio», ha descrito sin suavizar el lenguaje ni el episodio. La razón para atravesarlo la resume en una frase corta: «Simplemente pensé: quiero recuperar mi vida». Y la sitúa en un recorrido más largo, porque no era la primera renuncia. «Con los años me había quitado la mayoría de los fármacos que me habían puesto. Pero me dije: quiero una vida libre de drogas». Ese objetivo —no un consejo profesional, sino una decisión personal tomada contra él— es el hilo que ordena todo lo que ha hecho después.
El siguiente paso fue el cannabis y una advertencia de su neurólogo

Una vez superada aquella retirada, se planteó la segunda: dejar de fumar marihuana. «En cuanto me quité aquello, decidí que iba a dejar de fumar hierba», ha explicado. Tampoco esa salida fue limpia, y su lectura sobre el porqué apunta directamente al producto que se consume hoy. «Creo que ahora le meten muchísimas cosas, de verdad que sí. Cuando dejé de fumar hierba, también me puse enferma», ha contado, antes de marcar la distancia con otra época: «Ya no es como cuando lo arrancabas del suelo. No es como cuando éramos críos». El malestar se prolongó cerca de un mes.
Fue entonces cuando acudió a su neurólogo, y la respuesta que recibió es la parte del relato que más ha circulado por su contundencia: «Sharon, he tenido gente muriéndose en urgencias por marihuana», le dijo el especialista. La frase, viniendo de quien ha tratado durante años las secuelas de su ictus, funciona como el argumento definitivo de una historia que ella no plantea como una campaña ni como una lección para nadie. No hay proselitismo en su relato, sino la descripción de un itinerario propio: una mujer que llevaba dos décadas medicada, que decidió ir desmontando ese andamiaje pieza a pieza y que asumió el coste físico de hacerlo. «Este último año ha sido para mí un periodo de recuperar mi vida de verdad», resume.
Pintar, volver a una pasarela después de 33 años y sus hijos pidiéndole que se pusiera sujetador

Ese «recuperar la vida» tiene una traducción muy concreta, y no es retórica. La conversación con la revista Variety transcurre junto a la piscina de su finca de Beverly Hills, minutos después de que la actriz estuviera pintando sobre un lienzo enorme en la casa de invitados que ha convertido en estudio, mientras la fotografiaban para la publicación digital Nineteen92. La pintura no es un capricho reciente: estudió bellas artes antes de dejarlo para dedicarse a la moda —«me fui a Nueva York con cincuenta dólares y una maleta», recuerda—, y el confinamiento reactivó aquel impulso hasta convertirlo en una obsesión que se comió literalmente su dormitorio: sacó los muebles, los regaló, se quedó con una cama pequeña y empezó a clavar clavos en las paredes de su propia casa para colgar lienzos cada vez más grandes.
La intervención llegó de sus hijos, Roan, Laird y Quinn. «Entran y me dicen: mamá, creemos que deberías ponerte sujetador», cuenta divertida, antes de rematar que era «la misma conversación» que ya tuvo con su padre en los años setenta: «No funcionó entonces y no va a funcionar ahora. Gracias por vuestra preocupación. Que tengáis un buen día». Consiguieron, eso sí, trasladar el taller a la casa de invitados, y hoy vende obra en galerías de todo el mundo. Su hijo mayor dirige además la empresa que gestiona sus redes y que reordenó sus perfiles: tenía cuatro o cinco millones de seguidores con poca interacción y ahora la cuenta por millones, aunque el ajuste tuvo su coste doméstico —dejó de seguir a mucha gente y le llegaron «cartas desagradables» de quienes se lo tomaron como una ruptura personal—. En junio cerró el desfile masculino de Vetements, su primera pasarela en treinta y tres años, con elogios para su diseñador, Guram Gvasalia: «Hace algo que a mí me parece bastante punk. Y yo estuve ahí cuando existía el punk, así que me gusta mucho». Entre proyectos ha vuelto a rodar y sueña con Broadway: persiguió los derechos de All About Eve para interpretar a Margo Channing, el papel que creó Bette Davis, y le propuso a su agente reubicar Mame en plena era punk con música de Debbie Harry y Billy Idol. «Le cuento estas ideas a la gente y me miran como diciendo: ¿qué demonios estás tomando?», bromea. La respuesta, después de todo lo anterior, es exactamente nada.
