Raquel Bollo ha concedido una entrevista a la revista Semana con motivo de la publicación de su libro La vida después del ruido, y en ella repasa uno de los episodios más duros de su vida: la demanda penal que su expareja interpuso contra ella y contra Mediaset por 700.000 euros y dos años de cárcel, justo el día que abandonaba Supervivientes. Bollo ganó ese juicio, pero asegura que la herida sigue abierta: «Muchas cosas han cambiado, pero conmigo se ha hecho mal y todavía no se me ha hecho justicia. Y ya tampoco lo espero».
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Una demanda de 700.000 euros y dos años de cárcel que acabó ganando

El momento que Raquel Bollo señala como uno de los más difíciles de su carrera televisiva llegó justo cuando salía de Supervivientes: «Se me informó de que mi ex me había demandado por lo penal. Pedían 700.000 euros a mí y a Mediaset, y dos años de cárcel», cuenta a Semana. El proceso se resolvió a su favor —»fue muy duro, pero luego gané ese juicio»—, pero para ella ese triunfo judicial no ha cerrado la sensación de agravio que arrastra desde entonces. Vincula ese episodio a un patrón más amplio de lo que describe como falta de apoyo en su etapa televisiva: «Se han cometido muchas injusticias, ya no solo conmigo».
En esta misma entrevista, la televisiva relaciona hoy esa etapa con un desgaste que fue mucho más allá de lo profesional. Reconoce que llegó a quedarse «castigada sin salir en muchos programas por no querer hacer un polígrafo o poner verde a una compañera», y admite abiertamente que el miedo a las represalias marcó buena parte de su paso por los platós: «Antes tenía el miedo a las represalias», confiesa cuando se le pregunta si se ha vuelto una persona desconfiada, para matizar acto seguido que no es exactamente desconfianza, sino la certeza de que «todo tiene un porqué detrás». «Sentía mucha pena, rabia e impotencia. Yo no me he sentido valorada en mi trabajo», resume sobre esos años, en los que dice que se apoyó en sus padres y en sus hijos para sostenerse mientras, según describe, «la Raquel que aparecía en televisión ahí tan grande, después se hacía muy pequeñita».

Fue durante uno de esos momentos de saturación cuando tomó la decisión de dejar Sálvame «en mi peor momento económico», una salida de la que reconoce hoy que se arrepintió a medias: volvió, comprobó que «nada había cambiado» y esta vez se marchó para no volver.
«A mí me pusieron la etiqueta de la mala»: el libro que cuenta su versión

La vida después del ruido es, según explica la propia Bollo, un ajuste de cuentas hecho «desde la distancia, desde la paz, sin cabreo, sin reproches, sin rabia y sin rencor». Es el mismo libro cuyos fragmentos más duros ya había adelantado antes de su publicación, entre ellos el relato de lo que ella describe como el infierno vivido junto a Chiquetete. Ahora, ya en librerías, su objetivo, dice, no es la revancha sino el relato propio: «Que se me diera a conocer cómo soy, no como otros han querido que yo sea. A mí en televisión me pusieron la etiqueta de ‘la mala'». Sobre esa relación que marcó su juventud —con el cantante Chiquetete, cuando ella tenía 17 años—, en esta entrevista opta por no detenerse más: «Es un capítulo que lo cuento por encima, porque ya estaba juzgado. No lo veía necesario, porque yo me he pasado toda mi vida justificándome y ya no tengo nada que demostrar».

En ese repaso a su historia aparece también Isabel Pantoja, con quien mantuvo una relación estrecha —la tonadillera la apoyó tras su separación y le dio trabajo— que hoy está distanciada, aunque sin ruptura declarada. «Independientemente de que ahora mismo no tengamos relación, si Isabel Pantoja me necesita, ahí voy a estar, porque ella estuvo en mi peor momento», afirma Bollo, que descarta cualquier conflicto de fondo: «No hemos discutido y no nos hemos peleado por nada. Simplemente ella dejó de tener el móvil, de contestar y nos fuimos distanciando. Pero conmigo ha sido una buena persona y eso no lo puedo olvidar».
Una boda pendiente en Sevilla y tres nietos que le «cambian la cara»

Lejos de los platós, Raquel Bollo cuenta hoy que ha encontrado estabilidad junto a Mariano, su pareja desde hace casi diez años, con quien tiene pendiente una boda que aún no tiene fecha cerrada. «Me pidió matrimonio en noviembre y entonces estaba liada con la colección de flamenca. Y después vino la Feria de Abril y el lanzamiento del libro», explica sobre los motivos del aplazamiento. El enlace, adelanta en esta entrevista, será por la Iglesia —algo que nunca ha hecho— «en principio en Sevilla«, con su padre como padrino y un vestido que ella misma diseñará. De la relación destaca, sobre todo, la normalidad: «La serenidad me ha llegado tarde, pero me ha llegado (…) no pertenece al mundo mediático, te hace ver la realidad». Preguntada por si esa etapa de paz responde a un cambio radical en su forma de ser, lo niega y lo explica con una imagen propia: «No es un cambio radical, sino una evolución. Mi forma de ser en un momento dado, cuando solo intentaba no dejarme pisar, ha sido a costa de mi salud y de mi paz mental».
La entrevista también deja espacio a su faceta más personal: abuela desde los 45 años de tres nietos —Jimena y Junquera, de 6 años, y Miguel, de 2—, a los que describe como su gran fuente de disfrute diario: «Se me cae la baba». Sus tres hijos, dice, siempre los ha mantenido al margen del ruido mediático que rodeaba su carrera, y hoy los ve convertidos en adultos que han entendido, ya de mayores, la dureza de lo que ella intentaba ocultarles cuando eran pequeños. Es, resume, la evolución de una mujer que asegura haber dejado atrás la necesidad de justificarse ante nadie: «No trato de convencer a nadie».
