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Corazón

Pelayo Díaz encara los 40 desde Ibiza, se sincera sobre sus pérdidas y responde al ataque de Natalia Ferviú

Pedro Serrano González
5 min 50

Pelayo Díaz ha llegado a la frontera de los 40 sin ganas de disimularlo. Precursor de los influencers cuando la palabra ni existía, el estilista ha elegido celebrar la efeméride en Ibiza y hacerlo de la mano de Marta Torné, la presentadora de Cámbiame, el programa que lo catapultó a la fama. En una entrevista para la revista Lecturas, lo que arranca como charla de cumpleaños termina convertido en la confesión más desnuda que se le recuerda: un repaso sin anestesia a sus pérdidas, a las decepciones que ha ido apilando como ladrillos y a un enfado que todavía escuece con su excompañera Natalia Ferviú.

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Los 40 como una segunda vuelta: «El principio de lo mejor, no el final de la juventud»

Lejos de encogerse ante el cambio de década, Pelayo lo recibe casi como un desafío. «Siento que va a haber un cambio en mi vida significativo. Los 40 implican una madurez, una responsabilidad; significan que ya no eres un crío», reflexiona. Rechaza cualquier lectura melancólica de la fecha y la reformula con una imagen que lo retrata entero: «Creo que los 40 son el principio de lo mejor, no el final de la juventud». Lo suyo, dice, es como sentarse a una mesa de casino cuando por fin se cruzan las apuestas de verdad, la etapa en la que a uno le toca enseñar las cartas después de años calentando motores.

No hay en él ni rastro de esa coquetería que lleva a tantos rostros conocidos a esconder el DNI. «Me encanta presumir de mis 40 años», presume entre risas, y remata con una frase que revela de dónde viene esa serenidad: «Lo que tiene que asustarle a alguien es no poder cumplir años». Por eso su único deseo de aniversario es de los que no se compran, el de «estar sano». Asegura haber sido un adulto precoz por necesidad, un chaval que a los 13 se quedaba solo en casa los fines de semana, que a los 18 se marchó a Barcelona y que después aterrizó en Londres «con una mano delante y otra atrás», ahorrando cada euro para costearse los estudios que soñaba.

La muralla que esconde al «Pelayo de verdad» y las heridas que no cierran

El momento más hondo de la conversación llega cuando el estilista se despoja de la coraza para hablar, precisamente, de esa coraza. Reconoce haber levantado «una muralla muy grande» a lo largo de los años, y explica su arquitectura con una metáfora demoledora: «Cada ladrillo de esa muralla es una decepción, una discusión o una lección aprendida». Es su manera de haber sobrevivido a un oficio y a una exposición pública que castigan la sinceridad, aunque advierte que el precio no le ha robado la esencia. «Detrás de esa muralla está el Pelayo de verdad», zanja, reivindicando que mostrarse tal cual es sigue mereciendo la pena pese a las cicatrices.

Esa fortaleza se ha forjado también a golpe de ausencias. Las dos pérdidas más grandes de su vida, confiesa, han sido las del diseñador David Delfín, su gran amor, y la de su abuelo, hasta el punto de reconocer a Torné que ella es «una de las pocas personas» ante las que puede ser tan transparente como lo era con ellos. En ese repaso sentimental aflora una constante de su biografía: siempre se enamoró de hombres mayores a los que admiraba. «David o Nicolas [Ghesquière] me sacaban quince años», recuerda, para constatar, no sin cierto vértigo, que ahora ha alcanzado la edad que tenían aquellas parejas cuando él era el joven de la relación. Lejos de angustiarle, el balance lo deja «realizado» y orgulloso de lo conseguido.

El dardo a Natalia Ferviú y el orgullo herido de un pionero

No todo en la celebración es reconciliación con el pasado. La gran ausente de este cumpleaños es Natalia Ferviú, su antigua compañera de estilismos, que recientemente deslizó que Pelayo no se portó bien con ella. La reacción es de dolor y desacuerdo a partes iguales: «Esas declaraciones no te voy a mentir, me han hecho mucho daño. No estoy nada de acuerdo». Frente a la acusación de no haber sido buen compañero, él reivindica una amistad que traspasaba el plató y lanza un guante emocional. Si Natalia lee la entrevista, pide, que cierre los ojos y recuerde el día en que se plantó en su puerta «con flores» porque ella atravesaba una mala semana tras una ruptura.

El otro frente abierto de su discurso es profesional, y ahí el tono vira del reproche íntimo a la reivindicación en voz alta. Pelayo se queja de que en España cuesta reconocer los éxitos de los suyos hasta que triunfan fuera, y esgrime como medalla mayor el día en que Dolce & Gabbana lo llamó para firmar una colección cápsula con su nombre. «Fui de los primeros en hacerlo, solo detrás de Kim Kardashian, que lo hizo seis meses antes que yo», subraya con orgullo apenas contenido. «En este país parece que es guay ignorar el talento que tenemos», lamenta, señalando esa costumbre tan nuestra de despreciar primero y regocijarse después de que alguien ha brillado más allá de nuestras fronteras.

Entre la fiesta ibicenca y la introspección, el estilista firma así un retrato en el que caben el descaro y la ternura, el ajuste de cuentas y la gratitud. A punto de estrenar década, Pelayo Díaz insiste en que no piensa disculparse por haber vivido a su manera y en que cada tropiezo le ha enseñado algo. Cumplir cuarenta, en su vocabulario, no es un final: es levantarse de la silla y volver a apostar.

Pedro Serrano González
Escrito por Pedro Serrano González

Pedro Serrano González es un comunicador y productor con una trayectoria ligada a los grandes nombres de la radio, la televisión y los nuevos formatos digitales. Al frente de Vibras en Corte, impulsa un proyecto que convierte la actualidad televisiva y el entretenimiento en clips virales con personalidad propia.

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