El pop español está de luto. Manolo Arjona, uno de los rostros más icónicos de Locomía, el grupo que revolucionó la escena de finales de los ochenta con sus abanicos gigantes y su estética imposible, ha fallecido de forma repentina a los 58 años en Barcelona. Una pérdida que ha sacudido por igual a sus antiguos compañeros y a los seguidores de una de las formaciones más irrepetibles de la música española.
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Una muerte inesperada en la intimidad de Viladecans
El artista murió durante la madrugada de este miércoles en su domicilio de Viladecans, la localidad barcelonesa en la que residía desde hacía años, lejos por completo del foco mediático. Según ha trascendido, Arjona dedicó sus últimas horas a una de sus grandes pasiones, la pintura, antes de acostarse. Ya no volvió a despertar. Por el momento no se han hecho públicas las causas oficiales de un fallecimiento tan súbito como doloroso, que sorprende por lo apacible de sus circunstancias.
El silencio en el que vivía sus últimos años contrasta con el estruendo de aquellos escenarios que un día conquistó. Sus restos mortales serán velados en el tanatorio Àltima de Viladecans, donde familiares, amigos y viejos compañeros de profesión podrán darle el último adiós. La noticia se ha propagado con rapidez y ha reabierto, de golpe, el álbum de recuerdos de toda una época.
El alma de los abanicos que conquistó España y América

Manolo Arjona formó parte de la primera y más recordada etapa de Locomía, la que convirtió a un colectivo de moda nacido en Ibiza en un fenómeno de masas. Junto a Xavier Font, Luis Font y Gard Passchier, ayudó a levantar una identidad visual que no se parecía a nada de lo que se había visto antes: hombreras descomunales, trajes de silueta arquitectónica, coreografías teatrales y, sobre todo, esos abanicos convertidos en símbolo universal del grupo.
Con esa fórmula tan excéntrica como magnética, Locomía firmó el sonido y la imagen de finales de los años ochenta y principios de los noventa, arrasando no solo en España sino también en Latinoamérica, donde sus temas se convirtieron en himnos de discoteca. Arjona fue una pieza esencial de aquel engranaje, uno de los bailarines y cantantes que dieron cuerpo a una propuesta que rompió moldes y que, décadas después, sigue despertando una nostalgia inmediata en cuanto suena el primer acorde.
La sombra de una lista de pérdidas demasiado larga
La marcha de Manolo Arjona golpea con especial crudeza porque se suma a una sucesión de tragedias que ha acompañado al grupo a lo largo de los años. Su nombre se une al de Francesc Picas, fallecido en 2023 a los 53 años, y a los de Santos Blanco y Frank Romer, ambos desaparecidos en 2018. Una cadena de adioses prematuros que ha llevado a la prensa a rescatar, una vez más, la sombra de la supuesta «maldición» que muchos asocian a la historia de Locomía.
Más allá de teorías y coincidencias, lo que queda hoy es la certeza de una ausencia. Se va uno de los responsables de que varias generaciones crecieran fascinadas por un espectáculo hecho de color, atrevimiento y libertad. Manolo Arjona deja el mundo desde el mismo anonimato que había elegido para vivir, pero su recuerdo permanecerá ligado para siempre a esos abanicos que aún hoy son sinónimo de una manera irrepetible de entender la música y el show.
