La modelo e influencer Lucía Rivera ha regresado a España con una de cal y otra de arena bajo el brazo. Tras pasar más de dos meses instalada en Australia por estrictos compromisos profesionales, la hija de Blanca Romero ha visto cómo su proyección internacional terminaba por pasarle factura en el plano sentimental. Según ha desvelado en exclusiva la revista ¡HOLA!, la joven de veintisiete años ha roto de manera definitiva su relación con el broker inmobiliario Fernando Wagner, un romance discreto y blindado de los platós de televisión que comenzó en el verano de 2024 y que no ha podido resistir los embates de una agenda laboral asfixiante.
Te recomendamos

Lourdes Montes adelanta la imagen del ruedo de Ronda ya engalanado horas antes de que su marido, Fran Rivera, devuelva a la ciudad la Goyesca dos años después

Lola García estrena por fin en Sevilla las clases de flamenco que suspendió el día que el dj ingresó por su segundo ictus

Carlota Corredera responde en RTVE a la pregunta por su vida sentimental dos años después de separarse del padre de su hija y zanja que «no es mi prioridad»

Pablo Alborán cierra el rodaje de la última temporada de ‘Respira’ y dedica su despedida a todo el equipo con un «Hoy termina una de las etapas más bonitas de mi vida»
Los problemas en el paraíso no surgieron de la noche a la mañana, sino que empezaron a germinar semanas antes de que la modelo facturara su equipaje rumbo al hemisferio sur. El entorno más íntimo de la asturiana confirma que la relación sentimental experimentó un notable enfriamiento coincidiendo con los preparativos de su mudanza temporal a Sídney, fijada el pasado mes de febrero. La propia Lucía verbalizaba en sus redes el vértigo emocional que le producía este salto profesional, preguntándose quién la escucharía sin prejuicios si de repente todo empezaba a temblar en su vida privada a miles de kilómetros de casa.
A pesar de los miedos y las advertencias de su psicóloga, quien la instó a mirar de frente sus inquietudes en el sofá, la maniquí decidió priorizar su carrera y subirse a ese avión. Con Fernando Wagner manteniendo su residencia habitual en Palma de Mallorca y ella lidiando con la diferencia horaria y las jornadas maratónicas en las pasarelas australianas, la logística de la pareja se volvió sencillamente insostenible. La imposibilidad de conciliar los vuelos y de encontrar huecos comunes en el calendario terminó por dictar la sentencia de muerte de un noviazgo que, hasta entonces, parecía marchar sobre ruedas.
Amigos con buen rollo y una ruptura pactada en la distancia
A diferencia de los habituales divorcios traumáticos que nutren las escaletas de los magacines de crónica social, la separación de la expareja se ha gestionado bajo un código de absoluta madurez. Las mismas fuentes solventes insisten en que el punto final se puso de mutuo acuerdo mientras ella aún se encontraba en el continente oceánico, resolviéndose en términos de exquisita cordialidad. No hay terceras personas ni reproches públicos; ambos han decidido transformar su amor en una sólida amistad y mantienen una excelente relación afectiva.
Instalada de nuevo en la península, la modelo se ha volcado por completo en el refugio de los suyos, acusando la tremenda morriña que ha arrastrado durante su exilio laboral. «Estoy en ese momento de tienes que centrarte más en los tuyos, pero es muy complicado. Sobre todo porque el trabajo va y viene. Entonces, hay que saber aprovecharlo», ha confesado recientemente, evidenciando que el peaje de la fama exige sacrificios personales de gran calibre cuando los contratos internacionales llaman a la puerta de las agencias de representación.
Una década batallando contra el estigma del apellido familiar
El gran momento profesional que atraviesa Lucía no es fruto del azar ni de las prebendas de la prensa rosa, sino el resultado de una severa carrera de fondo que arrancó cuando apenas era una adolescente de quince años. Su trayectoria en la exigente industria de la moda ha estado plagada de zancadillas y prejuicios derivados de sus apellidos. Ella misma revelaba el calvario de sus inicios en el sector, admitiendo que se ha topado con infinidad de portadas y desfiles cancelados por el simple hecho de pertenecer a una saga conocida, una barrera invisible que la llevó a plantearse el abandono en más de una ocasión para buscar un oficio convencional.
Haber resistido ese vendaval y lograr hitos como el premio GEN ¡H! Fashion Idol demuestran el tesón de una mujer que ya no depende de la sombra de sus progenitores. Con la mirada puesta en el próximo mes de septiembre, cuando tiene previsto volver a hacer las maletas para emprender un nuevo rumbo internacional, la influencer afronta su soltería obligada sin dramatismos, concentrada en facturar horas de vuelo y consolidar su estatus en los mercados más competitivos del globo, demostrando que en el tablero de la moda actual, el éxito se mide en contratos y no en alianzas amorosas.
