Los campeones del mundo cambiaron el chándal por chaqueta y pantalón para sus dos compromisos institucionales, y el resultado se ha convertido en la polémica estética de la semana. El diseñador Juan Avellaneda no se ha andado con diplomacias al analizarlo: «No me gustan nada». Y ha ido más allá, desmontando el conjunto pieza a pieza y señalando dónde está, a su juicio, el error de fondo.
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«Lo de los tres botones tan arriba, el polo, los colores… no favorecen»
El diseñador desgranó su valoración en su cuenta de Instagram, y arrancó dejando claro que no le resultaba cómodo hacerlo. «Me sabe fatal. No me gustan nada», dijo antes de entrar en el detalle técnico. «Lo de los tres botones como tan arriba, el polo, los colores… no favorecen. Luego una manga remanga y la otra no. Tiene ese momento así como de moderno que está muy bien, pero no favorecen», argumentó, concediendo el punto de contemporaneidad de la propuesta pero negándole lo esencial: que siente bien a quien la lleva.
Su crítica más severa, sin embargo, no va contra un botón ni contra un color, sino contra el planteamiento entero. «Yo creo que son trajes que se han confeccionado más pensando en cómo es la propia marca que en intentar que los jugadores se vean favorecidos», sostiene. «Se tendría que haber buscado algo que les potenciara muchísimo más su silueta, porque de esta forma me da la sensación de que están como un poquito como disfrazados o que se han puesto algo como que les va gigantesco». Y remató con la frase que ha acabado circulando por encima de todas las demás: «A mí, cortocircuito absoluto». Es una acusación concreta y poco habitual en boca de un profesional del sector: que la firma se vistió a sí misma y no a los futbolistas.

Qué llevaban exactamente y cuánto cuesta cada pieza
El conjunto que lució la plantilla lo firman Jack McCollough y Lázaro Hernández, directores creativos de la casa, que además de la sastrería se han encargado de las prendas casuales, el calzado y los artículos de piel. La propuesta se compone de una chaqueta de lana ligera con puños vueltos en tejido de rayas y el escudo de la selección bordado en el pecho, un pantalón holgado, un polo de algodón azul y unos zapatos Derby de piel negra. El corte es deliberadamente oversize y el tono, un azul eléctrico difícil de pasar por alto.

La segunda parte de la polémica no está en el diseño sino en la factura, y aquí los números hablan solos. El conjunto completo asciende a 4.730 euros, desglosados así: la chaqueta de lana cuesta 2.200 euros; el pantalón, también de lana, 1.100; el polo de algodón, 480; y los zapatos Derby Bobine de piel, 950. No es un capricho puntual: Loewe, la histórica firma española de lujo perteneciente al conglomerado LVMH, tiene firmado un acuerdo con la Real Federación Española de Fútbol hasta 2030 para vestir a las distintas selecciones nacionales en sus compromisos oficiales. Es decir, que esta estética va a acompañar a los internacionales durante los próximos cuatro años, con lo que el debate abierto estos días tiene bastante más recorrido que una anécdota de un solo día.
Dos palacios, un autobús y una conversación que no se apaga
El estreno del traje tuvo escenarios de máxima solemnidad. Antes del encuentro con la afición, los jugadores debían cumplir dos citas institucionales: primero en el Palacio de la Zarzuela, donde les recibieron los Reyes Felipe VI y Letizia junto a la princesa Leonor y la infanta Sofía; y después en el Palacio de la Moncloa. En ambas, Lamine Yamal, Borja Iglesias, Ferran Torres y el resto de la plantilla aparecieron con el mismo uniforme, que para el posterior recorrido en autobús por las calles de Madrid cambiaron por prendas mucho más informales.
Entre medias, las redes sociales hicieron el resto. «¿A todos los jugadores les queda el traje grande, no?», escribía un usuario, resumiendo la percepción más extendida sobre el corte holgado. Otro apuntaba al factor climático, que en pleno julio no es un detalle menor: «Vaya traje, qué pintas tienen. Con el calor que hace ya podían dejarles llevar la camiseta de España». La suma de ambos elementos —un patrón que muchos leyeron como desproporcionado y una temperatura que invitaba justo a lo contrario— convirtió el estilismo en tema de conversación paralelo a la propia celebración deportiva. Que un diseñador de prestigio se sume después con un análisis técnico tan detallado no hace sino confirmar que la discusión ha superado el terreno del comentario de sofá para instalarse en el del debate profesional.
