El animal que se llevó a casa el verano pasado le ha mandado al hospital. Freddy Brazier, el hijo pequeño de Jade Goody, ha tenido que recibir puntos de sutura tras ser atacado por su propio bulldog, Pablo. Su abuela, que intentó quitarle al perro de encima, también resultó herida.
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Lo que ocurrió esta misma mañana en casa de su abuela
El suceso se produjo hoy mismo en el domicilio de su abuela, en Londres, según la información difundida por la prensa británica. El joven fue trasladado a un centro hospitalario y necesitó sutura por las heridas, y ella acabó también lesionada al tratar de separar al animal de su nieto mientras lo atacaba. No se ha detallado el alcance exacto de las lesiones de ninguno de los dos, ni se ha precisado qué desencadenó la reacción del perro, un extremo sobre el que por ahora no hay versión oficial. Un portavoz del joven se limitó a confirmar lo esencial: «Freddy está recibiendo tratamiento, iremos informando a todos sobre su recuperación».
Alguien de su entorno añadió una pincelada sobre el estado en que quedó tras el ataque: «Freddy se quedó en shock cuando ocurrió y sufrió mucho dolor». Es, por ahora, todo lo que se sabe con certeza. El detalle que convierte el episodio en algo más que un accidente doméstico es de quién era el animal: no se trata de un perro ajeno ni de un encuentro fortuito en la calle, sino de su propia mascota, un pocket bully que se llevó a casa el verano pasado y que forma parte de su vida cotidiana desde entonces. Que un ataque así venga del animal con el que se convive a diario cambia por completo la naturaleza del susto.
Freddy Brazier has been savagely attacked by his bulldog Pablo and rushed to hospital.
— NYC News 24 🗞️ (@NYCNews24) July 21, 2026
The youngest son of Jade Goody has been left needing stitches after being bitten by the large dog. pic.twitter.com/jHTW0UVrep
No es la primera vez que el perro trae problemas
Y no es la primera vez que ese perro aparece en medio de un conflicto. Su relación con Holly Swinburn, la madre de su hija, se rompió de forma definitiva tras una discusión en la que el animal estaba de por medio, según se publicó entonces. Visto con la perspectiva de lo ocurrido hoy, aquel episodio adquiere otra lectura: lo que en su momento pudo parecer una desavenencia doméstica más entre una pareja joven encaja ahora en un patrón. El bulldog llevaba tiempo siendo un asunto conflictivo dentro de la familia, y hoy ha pasado de ser un motivo de discusión a mandar a dos personas al hospital.
El contexto es especialmente delicado porque el chico es padre desde hace apenas unos meses. Su hija con Holly Swinburn nació en marzo y se llama Isla Jade Brazier, un nombre elegido como homenaje explícito a la madre que él perdió siendo un crío. Su propio padre, Jeff Brazier, lo dejó escrito en un mensaje a la recién nacida cuando llegó: «Querida Isla Jade, no tienes ni idea de lo profundamente querida que eres. Hay mucha gente buena detrás de ti, y un ángel muy especial cuidándote. Mamá y papá te pusieron su nombre, y te lo iban a contar todo sobre ella. Ya te sientes como el mayor de los regalos».
Un año que ya venía cargado
El susto llega, además, en un momento en el que él mismo había explicado que estaba reconstruyéndose. En noviembre contó públicamente que había pasado su decimoctavo cumpleaños ingresado en una unidad psiquiátrica tras un episodio maníaco, un relato que hizo sin adornos y que dio una dimensión distinta a su figura pública. Desde entonces ha hablado con naturalidad de su salud mental y de la organización Mind, cuya labor dice admirar, y ha situado el origen de sus problemas en un sitio poco cómodo pero honesto: «No creo que sea porque vengo de una familia que está en el ojo público. Simplemente he desarrollado muy malos mecanismos de defensa a lo largo de los años, no he gestionado mis problemas de la forma correcta».
Lo que ha cambiado, según su propio relato, es el motivo para pelearlo: «Ahora que soy padre, lucho contra eso». En junio, hablando de la paternidad, se le veía en otro tono: «Es precioso. Definitivamente tiene los ojos de mi madre, pero también veo a su madre ahí, a mí, a mi padre». Y admitía, con la sinceridad de quien no se pone medallas, que ser padre le había cambiado: «Sin duda me ha hecho madurar; bueno, un poco». Contaba entonces que su hija era todavía demasiado pequeña, que solo hacía «ruiditos monos», pero que le hablaría de su abuela cuando fuera mayor y pudiera entenderlo. Ese es el punto en el que estaba cuando su propio perro le ha mandado al hospital.
