El mito de Cantora se desmorona entre deudas millonarias y un desprecio absoluto por el legado familiar. Lo que durante décadas fue el búnker inexpugnable de Isabel Pantoja y el símbolo del patrimonio de Paquirri, tiene ya fecha de caducidad por la negligencia financiera de la tonadillera. Luis Pliego, director de la revista ‘Lecturas‘, ha desvelado en ‘El tiempo justo‘ el destino final de la propiedad: sale a subasta el próximo mes por un precio de salida de un millón de euros. En ‘Vibras en Corte‘ analizamos el naufragio de una gestión que no solo deja la finca en un estado de abandono total, sino que arrebata definitivamente a Kiko Rivera el patrimonio que le legó su padre.
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Un lustro de espaldas al banco: La deuda que devoró el mito
La situación financiera de Isabel Pantoja no es fruto de un bache pasajero, sino de una desastrosa estrategia de impagos que se ha prolongado durante demasiado tiempo. Según los datos aportados por Pliego, la cantante acumula una deuda de 2,2 millones de euros y lleva nada menos que cinco años sin abonar la mensualidad de la hipoteca, que ascendía a 12.000 euros mensuales.
Esta actitud de vivir de espaldas a la realidad contable ha forzado al banco a tomar las riendas de la propiedad. La entidad busca ahora desprenderse de la deuda vendiéndola por la mitad de su precio para incentivar a inversores en la subasta. Sin embargo, lo que se subasta es el final de una era marcada por la opacidad y la decadencia económica de una artista que parece incapaz de gestionar su propio patrimonio.
El golpe final: Kiko Rivera pierde el legado de Paquirri
Este movimiento judicial supone el golpe de gracia para el hijo de la tonadillera, quien ve cómo el patrimonio de su padre se esfuma por la gestión de su madre. «Kiko Rivera ha perdido la herencia que le dejó su padre», sentenciaba Luis Pliego. El DJ, que poseía casi la mitad de Cantora, asiste al naufragio definitivo de sus bienes debido a las cargas que arrastra la finca. Lo que un día fue el motivo de una guerra mediática sin precedentes, hoy es simplemente un activo tóxico que cambia de manos por una fracción de su valor sentimental, evidenciando que la protección del legado familiar nunca fue la prioridad de la cantante.
Una propiedad desmantelada y sin futuro
Para quienes imaginen Cantora como un refugio de lujo, la descripción de Luis Pliego es desgarradora. La vivienda de 1.200 metros cuadrados ha sido desvalijada hasta el extremo: no quedan interruptores ni enchufes; la casa ha sido despojada de todo lo aprovechable. «La persona que compre esa finca se va a encontrar una ruina», advierte Pliego, subrayando el estado de abandono absoluto de la estructura.
A esto se suma la nula viabilidad del terreno. Con 370 hectáreas de secano y sin acceso a agua para riego, las opciones agrícolas son inexistentes. Al ser suelo rústico, la normativa impide cualquier proyecto hotelero, lo que convierte a Cantora en un cementerio de cemento y campo estéril. Un final deshonroso para una finca que, de haber sido gestionada con un mínimo de responsabilidad, hoy seguiría siendo el estandarte de la familia.
¿Es el desmantelamiento de Cantora una última maniobra de Isabel Pantoja para no dejar nada a sus acreedores o simplemente la prueba final de su incapacidad para mantener su propio hogar?
