Era su segunda noche encima de un escenario desde que una caída por las escaleras de su casa estuvo a punto de costarle la vida, y el público de Starlite le había recibido en pie. El concierto iba camino de ser una fiesta hasta que, cerca del final, Miguel Ríos se enfundó al cuello una pañoleta gazatí y pidió el fin de la guerra. Entonces, desde las primeras filas, empezaron los gritos: «Aquí hemos venido a escucharte cantar y no a hacer política». El granadino, de 82 años, no se bajó del escenario ni cambió de tema. Contestó.
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Una pañoleta al cuello y el primer grito desde primera fila

La escena ocurrió en Marbella, dentro del festival Starlite Occident, en una de las paradas de su gira El último vals. Durante casi todo el recital no hubo el menor síntoma de tensión: el público cantó de principio a fin los temas que ya forman parte del patrimonio sentimental de varias generaciones, de Todo a pulmón a Santa Lucía, y recibió al músico con una ovación larga que tenía tanto de bienvenida artística como de alivio personal.
**El legendario @mrios en @StarliteFest #Marbella alerta de los movimientos de #ultraderecha, se queja de la opresión de los pueblos por el imperialismo y se lo explica a algunos espectadores que no les gustó el discurso…Casi 83 años el granadino que no cambia de posición pic.twitter.com/f0x2C7lshx
— Francisco Acedo (@Acedotor) July 26, 2026
Los ánimos se torcieron cuando el concierto tocaba a su fin y el cantante se puso la pañoleta para reclamar el «No a la guerra», el mismo lema con el que su generación llenó las calles hace más de veinte años. Y ahí está lo que convierte la escena en algo más que una anécdota de verano: el gesto no era nuevo —lleva seis décadas haciéndolos— pero el reproche llegó desde las butacas más caras de un festival de lujo, y le llegó a un hombre de 82 años que hace unas semanas estaba ingresado y que podría haber elegido la noche fácil.
Sus palabras fueron explícitas y no dejaron a nadie la duda de dónde se colocaba. «La crónica de los horrores que asolan al planeta Tierra hay que pararla. Todos y todas sabemos quiénes son los malos en esta tragedia y dónde están los buenos, los que padecen esta locura que estamos viviendo», dijo desde el micrófono. Y remató con la frase que encendió la mecha: «No nos escondamos, hay que parar el fascismo porque volveremos a lo de antes». Fue en ese momento cuando parte de los asistentes empezó a abuchearle. No fue un murmullo lejano ni un gesto anónimo desde el fondo del recinto: los gritos salieron de las primeras filas, de las butacas que se pagan más caras y que están a pocos metros del artista, y el reproche era exactamente el que los músicos con conciencia política llevan escuchando toda la vida, el de que un escenario no es sitio para eso.
«Si esto no te gusta, ¿por qué has venido, tío? Yo no pienso callarme»
Lo que vino después es lo que convierte una anécdota de concierto en un momento que se cuenta. Miguel Ríos abandonó el tono amable con el que había llevado toda la noche —el humor de abuelo del rock español que se ríe de su propia caída— y respondió directamente a quien le estaba increpando: «Si esto no te gusta, ¿por qué has venido, tío? Yo no pienso callarme». No hubo negociación ni un chiste para rebajar la tensión y seguir adelante como si nada. Hubo una respuesta, dicha desde el escenario, delante de todo el mundo, por un hombre que lleva más de sesenta años subiéndose a uno y que ya no tiene ninguna carrera que proteger.
Y en lugar de pasar página, subió la apuesta. Dio paso a Oración, el poema de Luis García Montero, y explicó antes de recitarlo por qué lo estaba haciendo: «Lo compuso para parar la guerra de Irak del 2003 y nos sirve ahora, para que este genocidio que está pasando se acabe». Los versos —«Porque renunciéis a vuestra guerra, yo renuncio a mis dudas, que son parte de mí, como la luz amarga es parte del otoño»— sonaron en un recinto en el que una parte del público acababa de pedirle exactamente lo contrario. El cantante insistió en la idea que sostenía todo el gesto, la de que la historia se repite y que conviene recordar el espíritu de las movilizaciones contra la invasión de Irak, y dedicó también unas palabras críticas a Donald Trump, al que responsabilizó de alimentar la escalada bélica. Después atemperó los ánimos con su Himno de la alegría, recalcando un verso que en ese contexto sonaba a respuesta cantada: «Vive soñando, el nuevo sol, en que los hombres volverán a ser hermanos».
Ayer increparon en su concierto en Marbella a Miguel Ríos por apoyar al pueblo de Palestina y meterse en política. Esta fue su respuesta: "Soy un ser político. Hay que parar el genocidio". (Vídeo: Mar Bassa 📹) pic.twitter.com/bg62MOSzRv
— Fonsi Loaiza (@FonsiLoaiza) July 26, 2026
Venía de un hematoma subdural y de suspender media gira
Para entender el peso de la noche hay que saber de dónde venía. Hace unas semanas, el cantante sufrió un traumatismo craneal en un percance doméstico que obligó a parar la gira en seco y a cancelar varias fechas. Él mismo contó después que aquella caída le dejó un hematoma subdural y que su instinto en el momento de caer fue el más absurdo posible: salvar la bandeja que llevaba en las manos en lugar de protegerse la cabeza. En Marbella lo resumió sin dramatismo y con la crudeza que le caracteriza: «Me podía haber matado. Caí en las escaleras de espaldas y me hice un chichón increíble. Estoy feliz de poder contarlo».
Nada más salir al escenario había bromeado con el asunto: «Bienvenidos al Starlite de Marbella. Bienvenidos al local probablemente más chulo del Mediterráneo. Este es mi segundo concierto post-hostia. Me di tremenda golpiza, como dirían algunos maños, y tuve que suspender algunos conciertos». También quiso disculparse con los espectadores que se quedaron sin ver aquellas fechas y agradecer los mensajes recibidos durante la recuperación: «Lamento las incomodidades a toda la gente que tenía las entradas. Quiero mandar un mensaje de mucho, mucho cariño a todos mis bicenas porque no me han descuidado ni un segundo, me han mandado muchísimos mensajes. Estaré eternamente agradecido a toda la gente que se ha preocupado por mi salud». Y despejó la incógnita que sobrevolaba el verano: «Ya tengo el alta médica y tenía muchas ganas de veros». El calendario, por tanto, sigue.
El desamor, los 82 años y una gira que se llama ‘El último vals’
La noche llegaba además con un contexto que da otra lectura a todo lo ocurrido. La gira lleva el nombre de su nuevo trabajo, El último vals, un disco en el que el desamor ocupa un espacio inédito en su repertorio. Antes del concierto, ante los medios, el propio músico había explicado por qué se ha ido a ese territorio a estas alturas: «Hay canciones de desamor que son eternas. El desamor es muy jugoso para escribir porque tiene muchas aristas», dijo entre risas, admitiendo que quizá ahora, con el tiempo pasado, recuerda mejor «algunas de las faenas» que le hicieron años atrás. De su vínculo con el festival habló en los mismos términos afectuosos: «Es un placer volver a un sitio tan bellísimo. Es como un remanso de paz y uno de los mejores locales del Mediterráneo. Volver aquí es pegarle un bocado al Mediterráneo».
Queda, al final, la imagen de un hombre que podría haberse limitado a cantar sus clásicos y recoger la ovación garantizada, y que prefirió gastarse parte de esa ovación en decir algo que sabía que iba a molestar. El recital acabó como estaba previsto, con el recinto entero de pie cantando aquello de que los hombres volverán a ser hermanos. Muchos de los que lo coreaban acababan de abuchearle por pedir precisamente eso.
