Subía las escaleras de su casa con una bandeja en las manos. Perdió el equilibrio y, en esa milésima de segundo en la que el cuerpo decide qué proteger, eligió mal: salvó la bandeja y no la cabeza. Miguel Ríos, 81 años, cayó de espaldas y se dio un golpe que acabó en Urgencias y en un diagnóstico que hasta hoy nadie conocía: un hematoma subdural. Un mes después, el artista ha reaparecido recuperado y lo cuenta con el humor de quien ya ha visto de todo: «He descubierto que tengo una cabeza muy dura».
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El susto saltó a mediados de junio, cuando su equipo de trabajo comunicó a través de las redes sociales que el cantante había sufrido un accidente doméstico con traumatismo craneal. El mensaje insistía en que no revestía gravedad, pero le obligaba a guardar reposo y a cancelar sus siguientes conciertos, sin fecha para el regreso: todo quedaba a expensas de cómo evolucionase. Durante semanas no hubo más información, y ese silencio alimentó la preocupación entre sus seguidores. Este miércoles, el propio artista ha puesto fin a las conjeturas al atender a Europa Press tras su paso por ‘Espejo Público‘.
«Intentaba salvar la bandeja y no salvar la cabeza»
La explicación del accidente es tan doméstica como demoledora, y el cantante la relata sin dramatismo. «Me caí de espaldas por las escaleras y me di un fuerte golpe en la cabeza», ha contado en televisión. Y al detallarlo después ante los micrófonos, añadió el matiz que lo explica todo: «Fue una caída. Estaba subiendo las escaleras de casa y me caí de espaldas porque intentaba salvar la bandeja y no salvar la cabeza». Es la clase de reflejo absurdo que cualquiera reconoce —las manos ocupadas, el instinto de no soltar lo que se lleva— y que a los 81 años puede acabar de una manera mucho peor.
Lo que vino después fue el protocolo habitual y un diagnóstico serio: «Fui a Urgencias, me hicieron pruebas y tenía un hematoma subdural que parece que se está diluyendo», ha relatado. Es la primera vez que se conoce el alcance real de la lesión, porque en junio los comunicados hablaron de traumatismo craneal sin concretar nada más. El propio artista ha confirmado que la evolución ha sido buena: «Afortunadamente, he estado remitiendo el hematoma». Y ha resumido su estado actual sin dejar lugar a la duda: «Ya estamos bien, afortunadamente está pasado (…). Me encuentro muy bien, estupendamente».
Lo más duro no fue el golpe: fue el escenario vacío

Preguntado por cómo ha llevado este mes largo de reposo, el cantante no ha señalado al dolor ni al miedo, sino a la ausencia. Ha confesado que lo peor de todo este tiempo ha sido no poder reencontrarse con su público y verse obligado a cancelar varias actuaciones, que para alguien con su trayectoria no son una agenda de trabajo sino el sitio donde ocurre la vida. Y lo ha expresado con una frase que resume su relación con la gente que lleva medio siglo yendo a verle: tiene «muchas ganas de volver a ver a la gente que me quiere y que yo quiero muchísimo».
Esa espera ya ha terminado, y no de forma simbólica. El artista ha revelado que hace unos días hizo un bolo en Santurtzi que, en sus propias palabras, «salió de puta madre», y ha confirmado que este próximo sábado canta en el Starlite de Marbella, un escenario al que vuelve con todas las giras que ha montado. De él habla con un entusiasmo casi arquitectónico: lo describe como «un espacio idílico para hacer música» porque está montado en una antigua cantera, «y es, bueno, Marbella a los pies y todas las maravillas del Mediterráneo». Del reposo forzoso a dos conciertos en cuestión de días.
El consejo del médico y la respuesta más suya
El momento que mejor retrata al personaje llegó al contar la recomendación médica posterior al accidente. El facultativo le pidió «que no saltara demasiado», una indicación de sentido común para alguien que acaba de sufrir un hematoma subdural con 81 años. La respuesta del cantante, según ha contado él mismo entre risas, fue inmediata: «Si ya no puedo saltar…». Y remató con la frase que resume una carrera entera: «Con el rock and roll es imposible que pares las caderas, pero por lo menos las caderas las muevo bien».

Hay algo profundamente coherente en esa reacción. El hombre que convirtió el rock en un idioma popular en España, el que ha llenado plazas durante décadas y ha ido despidiéndose de los escenarios a su manera, se rompe la cabeza cayendo por unas escaleras de casa y lo primero que negocia con su médico es si podrá seguir saltando. No hay pose en ello: hay una manera de estar en el mundo que no se abandona porque el cuerpo cumpla años. El susto de junio ha quedado en eso, un susto con nombre clínico y final feliz, y la única secuela visible es una anécdota que él mismo cuenta a carcajadas. La cabeza, efectivamente, resultó ser muy dura.
