A sus 72 años, la artista se confiesa en un reportaje exclusivo para ‘El País‘ que recorre su biografía desde el patio de vecinos marroquí hasta su estatus de icono nacional. Entre recuerdos de la Transición, anécdotas con Almodóvar y una defensa férrea de su identidad, Bibiana reivindica el papel más difícil de su carrera: el de ser ella misma sin pedir permiso.
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En el salón de su chalé a las afueras de Madrid, rodeada de sus tres caniches y de la paz que solo otorga haber sobrevivido a todas las batallas, Bibiana Fernández (Tánger, 1954) echa la vista atrás. No lo hace con nostalgia, sino con la precisión de quien sabe que cada cicatriz y cada recorte de revista han sido los ladrillos de su propia construcción. «Yo me hice como Holanda: cacho a cacho», proclama con ese ingenio afilado que la define. Su vida no es solo una trayectoria artística; es el cronómetro de la transformación de un país que pasó del gris del NO-DO al tecnicolor de la libertad.
Tánger y la máscara de Fantômas: Los cimientos de un sueño
La infancia de Bibiana en Tánger fue un contraste constante entre la precariedad de una familia desestructurada y el glamur internacional que desfilaba por la Plaza de France. Hija de un camionero y una costurera, creció en un patio de vecinos humilde mientras fantaseaba con los recortes de Ursula Andress, Raquel Welch o Brigitte Bardot. Esas mujeres no eran solo ídolos; eran el plano de la mujer que ella quería ser.
«Mi realidad era que vivía en una portería… y luego tenía mi mundo, que no compartía con nadie. Era mi Matrix«, confiesa. El momento de epifanía llegó en un cine de verano viendo ‘Fantômas’ (1964). Al ver a Jean Marais despojarse de su máscara, la pequeña Bibiana comprendió que ella también podía salir de debajo de la careta que la sociedad le había impuesto. Sin embargo, su refugio infantil estalló con la separación de sus padres. A los 13 años, fue enviada a un internado de varones en Málaga, irónicamente llamado Francisco Franco. «Tú no puedes huir de tu vida y terminar en un sitio llamado Francisco Franco. Me tocó la peor de las barcas», recuerda entre risas, rememorando cómo, contra todo pronóstico, se convirtió en la «animadora de sala» querida por todos en un entorno hostil.
La Transición y el nacimiento de Bibi Andersen
Al cumplir los 18 años, Bibiana decidió que el verbo debía hacerse carne. Se mudó a Barcelona y comenzó a trabajar fregando platos hasta que el cabaré llamó a su puerta. Nació entonces Bibi Andersen, un nombre que homenajeaba a la musa de Bergman, Bibi Andersson. En plena dictadura, su mera existencia era un acto de rebeldía: «Me detenían por ir pintada. Le decía a la policía: ‘Si el problema es que me pinte, me van a tener que encerrar a cadena perpetua porque en cuanto salga de aquí voy a volver a maquillarme’. Entonces me pegaban».
Con la muerte del dictador en 1975, Bibiana sintió que las calles empezaban a respirar. A los 22 años, viajó sola a París para operarse el pecho, una intervención que coincidió con la muerte de su padre. «Tuve que volver a alternar con las tetas vendadas como Frankenstein. Era como la criatura de Mary Shelley, pero sin tanta fantasía», relata sobre la dureza de aquellos inicios en los que enviaba sus últimas pesetas para enterrar a su progenitor mientras los hombres hacían cola para verla en la sala Starlet.
El fenómeno mediático: Entre la pedagogía y la elegancia
Su salto al cine llegó de la mano de Vicente Aranda en ‘Cambio de sexo’ (1977), una película que la lanzó a una fama marcada por el morbo ajeno. Bibiana tuvo que enfrentarse a una España que no sabía cómo nombrarla. Intelectuales como Francisco Umbral la bautizaron como la «Venus hermafrodita», pero fue en televisión donde ella libró sus batallas más elegantes.
Desde su mítica respuesta a Alfredo Amestoy («a las personas hay que mirarlas a los ojos») hasta su enfrentamiento dialéctico con Mercedes Milá e Isabel Tenaille en ‘Dos por dos’, Bibiana hizo pedagogía desde la naturalidad. Cuando le preguntaron si debía ser llamada «Bibi o Manolo», su respuesta fue lapidaria: «Mirándome a mí no hay nadie en la sala capaz de llamarme Manolo». Hoy, reflexiona sobre aquellas etiquetas: «No me relaciono bien con la etiqueta de trans porque entonces no existía. No me siento reflejada, pero no me parece mal. Todo lo que sea libertad me parece una riqueza».
Musa de la Movida y «Chica Almodóvar»
Los años 80 fueron su consagración. Bibiana se convirtió en la musa de la Movida madrileña, cantando hits como ‘Sálvame’ o ‘Call Me Lady Champagne’. Su encuentro con Pedro Almodóvar en una terraza de la Castellana selló una de las alianzas más fructíferas del cine español. Participó en títulos icónicos como ‘Matador’, ‘La ley del deseo’, ‘Tacones lejanos’ y ‘Kika’.
«El papel de mi vida soy yo misma. Es el rol que más tiempo llevo ejerciendo y en el que he puesto más amor y más fantasía», afirma con rotundidad. A pesar de haber vivido noches interminables («tengo más noches que el camión de la basura»), Bibiana asegura que siempre fue adicta a sí misma antes que a cualquier sustancia. Su honestidad brutal la llevó incluso a confesar su decepción en ‘La noche más hermosa’, cuando descubrió en el estreno que su personaje era, en la ficción, un hombre travestido: «Me sentí engañada, pero no tengo nada contra Gutiérrez Aragón».
La madurez de un icono: «Yo soy la Transición»
En los 90, una nueva generación la redescubrió en programas como ‘Crónicas marcianas’ o ‘Tómbola’. Fue en 1994 cuando protagonizó su desnudo más célebre en ‘Interviú’, cobrando 20 millones de pesetas por unas fotos en las Bahamas que, por fin, sí le gustaron. En 1997, decidió abandonar su pseudónimo para ser, sencillamente, Bibiana Fernández.
Hoy, tras amores intensos, una boda tailandesa con Asdrúbal y años de exposición, Bibiana valora la soledad como un lujo. Vecina de Alaska y Mario Vaquerizo, la artista se siente orgullosa de su camino. «La libertad es como la salud: nos parece que es para siempre, pero no es así», advierte ante el auge de la extrema derecha. Para ella, su mayor premio no ha sido el dinero ni la fama, sino la coherencia: «He sido muy fiel cuando he estado en pareja. Ahora, te digo: cuando he estado soltera, he sido muy puta. He follado, me he drogado y he bebido todo lo que tenía que beber».
Bibiana concluye su relato reivindicándose como parte inseparable de la historia de España: «Soy hija, hermana y prima de la Transición. Yo soy la Transición. Mi recompensa es haber sido libre y haber vivido como quería y soñaba». Impagable en su mejor papel, Bibiana Fernández sigue siendo, por encima de todo, una superviviente con licencia para matar… de elegancia.
