Mariló Montero ha metido a TVE en el saco de los «chiringuitos» y lo ha hecho desde la nómina de otra televisión pública. La presentadora navarra, que estuvo años en la cadena estatal y que volvió a ella hace poco como concursante y ganadora de MasterChef Celebrity, sostiene que lo que hoy ocurre en la casa «ha llegado un extremo que llega hasta la hilaridad» y que el «activismo» que allí ve «no lo hay en ninguna otra». Cuando el entrevistador le recordó que ella también está en una pública, contestó: «Yo estoy en Telemadrid con Antonio Naranjo y la diferencia es que ahí no se miente, que es lo grave».
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La conversación, publicada por El Mundo, arranca por otro sitio y desemboca en la televisión casi por accidente, cuando el periodista le pregunta si en España hay chiringuitos más allá de las orillas de las playas. La respuesta de Mariló Montero se abre en abanico —instituciones de pueblo, organismos nacionales— y termina aterrizando en las cadenas públicas, que es donde ella trabaja y donde se ha construido la imagen que hoy arrastra. Sostener que en una televisión pública «se miente» es una imputación que solo ella firma: ni la corporación estatal ni ninguno de los aludidos ha salido a contestar. Nada de lo que dice sobre la cadena estatal viene acompañado de un caso concreto, un programa o un nombre; el reproche se queda en el terreno de lo general.
«Hay demasiados chiringuitos en el asfalto»

La pregunta llega con guasa —«señora funcionaria, ¿hay chiringuitos en España más allá de las orillas de las playas?»— y Mariló Montero la coge al vuelo. «Hay demasiados chiringuitos en el asfalto, necesitamos una reforma constitucional porque ese consenso bien intencionado de la Transición ha dejado rendijas que ya son cicatrices. Hay demasiados chiringuitos en este país, desde instituciones de pueblo ideologizadas hasta algunos nacionales», enumera. Y en la misma respuesta, sin que nadie se lo pidiera, mete una aclaración sobre sí misma que otros medios han convertido en titular propio: «No hablo de los chiringuitos de Vox, que yo no soy de Vox por mucho que lleve un abanico de encaje y la bandera de España entre los dientes. A mí que nadie me confunda con alguien de Vox». El entrevistador le afea la vehemencia y ella insiste: «Yo presumo mucho de bandera española porque quiero presumir de ella, pero de Vox no soy».
Es entonces cuando Mariló Montero redirige ella sola la conversación hacia la pantalla, sin que se lo hayan preguntado. «Y, sobre los chiringuitos, querría hablar de las televisiones públicas porque lo de Televisión Española ha llegado un extremo que llega hasta la hilaridad», dice. La frase lleva un matiz de peso: no habla de una televisión pública cualquiera ni del modelo en abstracto, sino de una casa concreta, la que la fichó en su día para la franja más competida de la parrilla y la que hace poco la sentó otra vez ante las cámaras, con delantal, para ganar un concurso de máxima audiencia. La cadena a la que señala es, de todas por las que ha pasado, aquella con la que tiene el vínculo profesional más largo y más reciente a la vez.
El recordatorio del entrevistador: ella también está en una pública

El periodista no deja pasar la contradicción y se la pone delante con una frase seca: le recuerda que «está en otra televisión pública usted ahora». La respuesta es la que ha corrido por las redacciones durante toda la jornada. «Yo creo que el activismo que hay en Televisión Española no lo hay en ninguna otra. Yo estoy en Telemadrid con Antonio Naranjo y la diferencia es que ahí no se miente, que es lo grave», responde. Mariló Montero no cuantifica el «activismo» que denuncia ni identifica qué informaciones considera falsas, y la distinción que establece entre las dos cadenas descansa entera sobre su propia valoración. La televisión autonómica madrileña, donde ejerce de tertuliana en el espacio de Antonio Naranjo, es también un ente público, el mismo esquema de propiedad que critica en la otra.
A ese reproche le añade un antecedente propio, de otra casa pública distinta. «Yo esto ya lo viví en Canal Sur, donde estoy en excedencia, que me quitaron un debate porque lo hice equilibrado», afirma sobre su etapa en la autonómica andaluza, en la que asegura seguir con la plaza reservada. Es un dato que ella aporta y que no consta que la cadena andaluza haya confirmado ni desmentido. Cierra ese tramo de la entrevista sosteniendo que «trabajar en la pública merece la pena cuando la modernizas, pero no cuando se ha convertido en lo que hoy es TVE». La suya no es, por tanto, una enmienda a la televisión pública como servicio, sino a cómo cree que se está gestionando una en concreto, y la formula desde dentro del sistema que cuestiona.
El grito, el mando a distancia y las mujeres de la mañana

El resto de la entrevista deja material sobre el oficio que se ha quedado eclipsado por el titular. Preguntada por si haría falta escribir la charla en mayúsculas, como si fuera una tertulia, Mariló Montero se defiende del cliché de gritona y devuelve la pelota al plató: «En la televisión tenemos que subir la voz porque de repente intentan taparte cuando no les gusta lo que estás diciendo. Eso hace que levante la voz, pero a mí me gustaría que maduráramos en algún momento y hagamos tertulias con total serenidad». Marca además la diferencia entre los dos oficios que ha ejercido: «Yo he presentado toda mi vida y ser tertuliana supone exponerme mucho más». Sobre el modo de discutir en pantalla, fija un límite —«no me gusta humillar, pero sí debatir»— y remata con una sentencia que en su gremio tiene poco recorrido: «cuanta más razón se tiene, menos necesidad tienes de gritar».
Del oficio también habla en términos de caducidad y de mercado, y ahí aparece la parte menos amable del negocio. «Los jefes siguen contratando por popularidad, todavía dependo de cómo reaccione el mando a distancia», reconoce a sus 60 años, y distingue entre dos finales posibles: «Hay gente mayor a quien la tele ha despedido por eso y otros que nos vamos a apagar cuando queramos voluntariamente. Yo lo dejaré cuando considere que ya no quiero estar más. Para mí estar en la televisión es una necesidad vital, no podría jubilarme porque se me apagaría la curiosidad». El apunte más incómodo para las direcciones de las cadenas llega al final, cuando le preguntan si en televisión solo se puede ser mujer por las mañanas: «Se acabaría el hueco de esta entrevista si te digo todos los hombres que están haciendo periódicos, radio y televisión como jefes. Pero mujeres solo las encuentras por la mañana y cada vez menos. ¿Es por incapacidad? Yo no lo creo. Que alguien tenga valor a decirme que no hay mujeres capaces de dirigir programas».
De ‘La Mañana de La 1’ al delantal de ‘MasterChef’

El recorrido de Mariló Montero con la cadena a la que ahora señala es largo y va en las dos direcciones. Empezó a presentar en Costa Rica, regresó a España para trabajar junto a Jesús Hermida y en 2009 se puso al frente del magacín matinal La Mañana de La 1, el buque insignia de las mañanas de la pública, al que siguieron otros formatos de la casa como El pueblo más divertido en 2014. Hoy compagina la tertulia en Antena 3 con la de Telemadrid. Y su vuelta más reciente a la cadena estatal no fue como fichaje de plantilla, sino como concursante: se puso el delantal de MasterChef Celebrity y se llevó la edición. Aquel paso por la casa ya vino con roce incluido, porque durante la promoción del concurso protagonizó un enganchón con David Broncano en La Revuelta en el que criticó a la propia cadena que la estaba emitiendo.
Nada de esto es nuevo en su trayectoria reciente, y la televisión autonómica que ahora defiende ha sido el escenario de alguno de sus episodios más comentados: fue precisamente en el programa de Antonio Naranjo donde propuso que los pasajeros sanos del crucero del hantavirus siguieran el viaje, una intervención que se viralizó en cuestión de minutos. La diferencia es que aquello fue una opinión sobre un suceso ajeno y esto es una acusación contra una cadena por su manera de informar. Al cierre de esta información, ni la corporación pública ni los responsables de sus servicios informativos habían salido a contestar.
