Mónica Naranjo convirtió el escenario del Bilbao Arena en un altar a su propia leyenda. La diva catalana celebró sobre las tablas de Miribilla tres décadas de una carrera irrepetible con un concierto de su Greatest Hits Tour en el que repasó los himnos que la convirtieron en una de las voces más poderosas de la música española, y ni siquiera un inoportuno fallo técnico logró empañar la fiesta: la cantante lo resolvió con tablas y sentido del humor, quitándole hierro con una frase que ya ha hecho fortuna, «A veces los chismes fallan».
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El recital, celebrado este pasado viernes en el recinto bilbaíno, se enmarca en la gira con la que Mónica Naranjo está conmemorando sus treinta años de trayectoria, un aniversario redondo que la artista de Figueres está exprimiendo a base de repasar, en su mayoría en sus versiones originales, el arsenal de éxitos que ha ido acumulando desde mediados de los años noventa. Según recogió el diario El Correo, la velada no estuvo exenta de algún contratiempo técnico, que la intérprete gestionó como la veterana que es, sin perder ni la sonrisa ni el control del espectáculo, en una noche concebida como una gran celebración de su trayectoria.
Un percance resuelto con oficio y complicidad con el público
Lejos de dejarse arrastrar por el problema, Mónica Naranjo hizo gala del oficio que dan tres décadas encima de un escenario. Cuando la tecnología le jugó una mala pasada, la cantante ni se escondió ni fingió que no pasaba nada: con la naturalidad de quien las ha visto de todos los colores, zanjó el incidente con un guiño cómplice, «A veces los chismes fallan», en alusión a los aparatos y petacas de sonido que acompañan a cualquier gran producción musical. El detalle, lejos de restar, sumó, porque dejó ver a la artista en su faceta más humana y cercana, capaz de convertir un tropiezo en un guiño de complicidad con su público.
Esa capacidad para reconducir cualquier imprevisto es, precisamente, uno de los rasgos que han cimentado la reputación de Mónica Naranjo como animal escénico. En un directo, donde no hay red y todo puede salir mal, la de Figueres demostró una vez más que su fortaleza no reside únicamente en un registro vocal descomunal, sino también en unas tablas que solo se adquieren después de miles de conciertos a ambos lados del Atlántico.
Treinta años de una voz que marcó a varias generaciones
La cita de Bilbao es mucho más que un concierto: es la celebración de una carrera que arrancó a mediados de los noventa y que triunfó primero al otro lado del charco antes de estallar definitivamente en España. Fue con «Palabra de mujer», uno de los mayores fenómenos de ventas de la historia reciente de la música española, cuando Mónica Naranjo se instaló para siempre en el imaginario popular. Temas como «Desátame», «Sobreviviré» o «Empiezo a recordarte» se convirtieron en himnos intergeneracionales que hoy, décadas después, siguen levantando a un público que ha crecido con ellos y que los corea de principio a fin.
Dueña de una voz de amplísimo registro, capaz de transitar del susurro al agudo más estratosférico, la artista ha sabido reinventarse a lo largo de los años sin renunciar jamás a su esencia más teatral y desbordante. De sus inicios como diva del pop más grandilocuente a su faceta televisiva como jurado en algunos de los grandes talents musicales del país, Mónica Naranjo ha mantenido intacta esa aura de estrella total que este Greatest Hits Tour reivindica de gala en gala.
Por eso, la noche de Miribilla no se recordará por el pequeño tropiezo técnico, sino por lo que representa: la constatación de que, treinta años después de sus primeros éxitos, Mónica Naranjo sigue siendo capaz de llenar recintos y de poner en pie a miles de personas con el único poder de su voz y su presencia. Un aniversario que la diva celebra como mejor sabe, cantando, y que en Bilbao dejó claro que su reinado en los escenarios está lejos de tocar a su fin.
