Los icónicos David Summers, Javier Molina, Rafa Gutiérrez y Daniel Mezquita regresan al primer plano mediático con el estreno de «Los mejores años de nuestra vida«. La banda madrileña repasa una trayectoria marcada por el paroxismo fan, la incomprensión de la crítica y una conquista americana que desafió los cánones de la industria.
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El garaje que desafió la gravedad musical
La historia del Pop español no se puede escribir sin mencionar aquel 19 de octubre de 1984. En la madrileña sala Autopista, situada en el corazón de La Vaguada, cuatro chavales que apenas sabían afinar sus instrumentos se jugaban el todo por el todo. La entrada costaba 300 pesetas y el concierto fue, técnicamente, un desastre absoluto. Sin embargo, en la imperfección reside a veces la genialidad. Javier Molina se desmayó, a David Summers se le rompió el bajo y el cable decidió que era buen momento para dejar de funcionar. Solo tocaron diez canciones en apenas veinticinco minutos, pero fue suficiente para que el productor Paco Martín viera algo que nadie más vislumbraba.
Martín recuerda con honestidad brutal aquel inicio que ahora rescata el Documental dirigido por Charlie Arnaiz y Alberto Ortega: «Aquel día había algo increíble: la comunicación del público con ellos, la falta de respeto de sus letras, llenas de ironía… Estaba convencido de que había algo diferente. No nos confundamos: eran bastante flojitos musicalmente…». Esa carencia de virtuosismo académico fue compensada con una frescura que conectó de inmediato con una juventud cansada de la intensidad a veces excesiva de La Movida Madrileña. Querían ser divertidos, querían ser como Siniestro Total, y terminaron españolizando el nombre de una película de cine negro americana para fundar un imperio que, cuatro décadas después, sigue llenando estadios.
El fenómeno que colapsó las centralitas

Cuando «Venezia» y «Devuélveme a mi chica» aterrizaron en las ondas en 1985, el país sufrió un cortocircuito. Literalmente. El estreno de «Sufre, mamón» en Los 40 Principales provocó que la centralita de la emisora colapsara a las dos de la mañana tras la entrega de una cinta por parte de una fan anónima. Aquello no era solo música; era una identidad. David Summers reflexiona sobre aquel tsunami de popularidad: «Fue un fenómeno absolutamente insólito. Nosotros éramos un grupo de chavales de un barrio que nos compramos una guitarra cada uno y una batería. Nos pusimos a ensayar en un garaje y empezamos a hacer canciones y a tocar en donde nos dejaban. Llegamos por un camino por el que nadie había llegado antes».
La industria, acostumbrada a productos de laboratorio, no sabía cómo reaccionar ante cuatro amigos sin multinacionales detrás. Javier Molina subraya esa independencia: «Es que éramos cuatro amigos, sin una gran multinacional detrás, sin ser un producto de marketing». Para la banda, el concepto de seguidor es sagrado, alejándose de la visión fría del negocio. Summers lo tiene claro: «Tener fans es lo mejor que le puede pasar a un artista. Tú haces música para que le guste a la gente. Y los fans son personas a las que tu música les llega de una manera extraordinaria. Les cambia la vida, les hace felices, les emociona… es que ese es el objeto de la música. ¡La música sirve para eso!».
Entre el desprecio de la crítica y la lluvia de piedras
Mientras el público los elevaba a los altares, un sector de la crítica y de las tribus urbanas les declaraba la guerra. En una España obsesionada con las etiquetas —pijos, rockers, mods, punkis—, Hombres G eran un elemento extraño. Iban con vaqueros y zapatillas, sin pretensiones estéticas. David recuerda la injusticia de aquellas etiquetas: «En aquel momento había una necesidad de etiquetar a todo el mundo. Entiendo que tiene que ser muy desconcertante que de repente apareciéramos nosotros, que no había manera de etiquetarnos en ningún lado. ¿Pues dónde metemos a estos tíos? Pues son pijos. Pero, tío, que llevamos trabajando desde los 18 años sin parar… No hemos ido nunca a regatas, ni a jugar al polo, ni formamos parte de clubes selectos. Es que llevamos 40 años vistiendo igual. No somos ni macarras ni aristócratas, somos gente normal».
Esa «normalidad» fue castigada con violencia en algunos puntos de la geografía española. Se convirtió en un deporte nacional ver quién conseguía cancelar antes un concierto de los G. En Baza, una piedra impactó en la sien de Daniel Mezquita. En Oviedo, en 1987, tuvieron que viajar con un notario y un equipo de seguridad de cincuenta personas. El concierto duró dos canciones antes de que la hija del propio notario recibiera el primer impacto de la tarde. El odio era proporcional al amor que despertaban, una polarización que solo las bandas que marcan una era consiguen generar.
La resurrección en el Nuevo Mundo
Cuando España parecía agotada de su propia histeria, Latinoamérica apareció como el salvavidas definitivo. En 1987, aterrizar en Lima supuso encontrarse con una pista abarrotada y conciertos ante 60.000 personas. Allí, lejos de la etiqueta de «pijos», eran vistos como rockeros irreverentes. Daniel Mezquita señala: «Allí nos consideraban más rock. En su momento la gente joven nos veía como una válvula de escape». Rafa Gutiérrez añade una curiosidad histórica: «Hicimos una gira con Ilegales, porque allí éramos dos grupos irreverentes».
Tras una separación en 1992 motivada por el agotamiento y la enfermedad del padre de David, la banda pasó una década en el desierto. David Summers intentó el vuelo en solitario, Daniel se pasó al otro lado del mostrador en la industria, Javier malvendió su batería para abrir un bar y Rafa sobrevivió como asistente en directo de otros grupos. «Es que no podía ir a la cola del paro y pedir que me dieran otro trabajo de guitarrista en un grupo que vendiera millones de discos», ironiza Rafa. Fue el germen de internet y el sitio hombresg.net el que mantuvo viva la llama en México, forzando un almuerzo en 2002 que desembocaría en «Peligrosamente juntos» y el regreso triunfal con «Lo noto». «No sabíamos si la gente seguiría ahí», confiesa Daniel.

Hoy, con el documental a punto de ver la luz, la respuesta es un clamor intergeneracional que sigue riéndose de todo, tal y como prometieron hace cuarenta años.
