Dos discos en vida. Ese es todo el catálogo que Amy Winehouse alcanzó a publicar antes de que la encontraran sin vida en su casa de Camden, al norte de Londres, el 23 de julio de 2011, con 27 años. El tercero llegó a las tiendas cuando ella ya no estaba. Quince años después, el desajuste sigue costando de asimilar: una obra mínima, media docena de premios Grammy y una industria que desde entonces no ha dejado de buscarle sustituta. Porque eso es exactamente lo que ha pasado desde 2011: cada voz femenina británica con algo de gravedad en la garganta carga, quiera o no, con la etiqueta de «la nueva Amy». La han llevado Adele, Raye y ahora la jovencísima Sienna Spiro. Y un aniversario redondo es buen momento para decir en voz alta lo que el negocio no ha querido entender en quince años: que su mérito no fue dejar un molde para que otras lo rellenaran, sino reventar el que había.
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Tres discos y una vida entera: la cuenta que no sale

Amy Jade Winehouse nació en Enfield en 1983, en una familia judía muy vinculada al jazz por parte de su padre, Mitch, y de su abuela Cynthia, que llegó a salir con el saxofonista Ronnie Scott. La banda sonora de su infancia no fue la de los grupos de su generación, sino la de Frank Sinatra, Tony Bennett y The Ronettes: una chica de los noventa cantando como si viniera de 1963. Se formó en la escuela de teatro Sylvia Young y después en la BRIT School, la gran cantera londinense por la que años más tarde pasarían también Raye, Lola Young o Jessie J. Firmó su primer contrato en 2003 y debutó con ‘Frank’, cuyo título era ya una declaración de intenciones. Después llegarían ‘Back to Black’ (2006), el disco que la convirtió en fenómeno mundial, y ‘Lioness: Hidden Treasures’ (2011), publicado meses después de su muerte. Tres álbumes. Eso es todo lo que hizo falta.

Mientras la carrera despegaba, la vida transcurría en los pubs de Camden: allí cantaba, allí servía pintas detrás de la barra y allí conoció a Blake Fielder-Civil, con quien se casó en 2007 y de quien se divorció dos años después. Aquella relación tormentosa, marcada por las infidelidades, el alcohol y las drogas, se convirtió en la materia prima de sus temas más recordados; el público celebraba las canciones sin reparar demasiado en el precio que costaba escribirlas. Ese mismo periodo la llevó a tocar fondo, obligada a lidiar a la vez con trastornos alimenticios, adicciones y depresión, justo cuando cada aparición pública se convertía en material de portada. Su capacidad interpretativa y una imagen inconfundible —el pelo cardado a lo beehive, la raya del ojo muy marcada— la catapultaron al éxito mundial mientras su vida se descomponía a la vista de todos.

Dejó casi una treintena de galardones, entre ellos un premio BRIT y seis Grammy, aunque conviene el matiz: cinco los ganó de golpe en 2008 y el sexto llegó en 2012, ya póstumo, por su dueto con Tony Bennett en Body and Soul.
La deuda que reconoce Adele y el peaje que denuncia Raye

Tras su muerte, la industria se apresuró a llenar el vacío que dejaba la Leona de Camden y creyó encontrar el reemplazo perfecto en una Adele en pleno ascenso. La propia intérprete de ‘Rolling In The Deep’ ha reconocido esa deuda sin rodeos: en un concierto en Boston en 2016 afirmó que le debe a Winehouse el noventa por ciento de su carrera, y lo explicó así: «Por ella cogí una guitarra y por ella escribí mis canciones». No es una frase de compromiso, es una genealogía: sin el camino abierto por Amy, el pop británico de la última década sería otra cosa. Así lo recordaba esta misma semana la agencia EFE en su repaso por el aniversario, que sitúa a Adele como la primera de una lista larga de supuestas herederas.

Pero la etiqueta también hace daño, y quien mejor lo ha explicado es Raye. La cantante abordó ese estigma en su tema ‘I Will Overcome’: «Es curioso, algunas personas dicen que me parezco a Amy. Hay quien escupe a través de sus teclados». Y en declaraciones a NME denunció la presión mediática con una lucidez incómoda: «Lo difícil es cuando la gente es tan horrible y mala con sus comentarios diciendo: «nunca serás ella». Es sorprendente la forma en que me hablan a mí: es la misma maldad que Amy experimentó». Ahí está el fondo del asunto, y es más grave de lo que parece: la industria no solo busca herederas, sino que repite con ellas exactamente el trato que dio a la original. El linchamiento que acompañó a Amy en vida no era un daño colateral de su fama; era el modelo de negocio, y sigue funcionando.
Qué dice de verdad ‘Visitor’, el disco de la última candidata

Ahora todas las miradas apuntan a Sienna Spiro, londinense de 20 años que publicó su álbum de debut, ‘Visitor’, el pasado 3 de julio en Capitol. Las similitudes de superficie resultan casi incómodas de tan evidentes: parecido físico, familia judía, estilo retro y hasta un homenaje explícito, porque ha llegado a llevar la imagen de Amy impresa en un vestido durante su gira. Pero basta escuchar el disco para ver que el parentesco musical va por otro lado. Sus referencias de infancia, según contó a NME, no fueron el soul de los sesenta sino el jazz de Nina Simone y Ella Fitzgerald; su productor y coautor principal es Omer Fedi; y el sonido que ha elegido es de cuerdas de Philadelphia soul y orquesta en directo, no de la batería seca y los metales de ‘Back to Black’. Slant Magazine la describe, dentro de la actual oleada de voces británicas —Raye, Olivia Dean, Lola Young—, como «la más deliberadamente anticuada», y apunta algo revelador: presentarse como visitante de otra época encaja con un disco que habla de todo lo que no dura.

Los números respaldan el fenómeno sin necesidad de invocar a nadie. Su canción insignia, ‘Die On This Hill’, entró en el top 20 estadounidense el otoño pasado y le bastó para agotar una gira norteamericana entera; Variety la coloca ya entre las favoritas al Grammy a mejor artista novel y define el disco como «rico en desamor y en momentos altos». El tema que da título al álbum se grabó con una orquesta de veinte músicos en una sola toma, y NME celebra precisamente que Spiro cante de corrido, con los gallos y las roturas de voz incluidos, «algo innegablemente encantador en una era de proliferación de la Inteligencia Artificial en la música». Ni siquiera el guiño más winehousiano de su repertorio, ‘Material Lover’ —el tema que aportó a la banda sonora de ‘El diablo viste de Prada 2’—, entró en la edición estándar: quedó de pista extra en la versión deluxe. La comparación es de los demás, no suya.
El paralelismo que sí valía la pena buscar
Hay, con todo, una coincidencia real entre ambas historias, y es la que nadie ha convertido en titular. Variety apunta que resulta fácil imaginar que Omer Fedi esté viviendo su trabajo con Spiro como Mark Ronson vivió el suyo con Winehouse —con la diferencia, añade, de unas elecciones vitales probablemente más saludables que harán la colaboración más larga—. Ahí está el paralelismo que de verdad importa, y no es una cara ni un peinado: es el encuentro entre una voz descomunal y un productor capaz de construirle el mundo sonoro que necesita. Lo que hizo grande a ‘Back to Black’ no fue el delineador; fue esa alianza. Y esa sí es repetible, porque es trabajo, no biografía.

Quince años después, la conclusión parece clara para todos menos para quienes siguen buscando una sucesora. La obra de Amy Winehouse no dejó un hueco que otra deba ocupar: abrió una puerta por la que ha pasado toda una generación de mujeres artistas que hoy hacen la música que quieren y como quieren. Su verdadero legado no es un estilo replicable ni un peinado reconocible, sino el permiso que dio a las que venían detrás —incluido el permiso de no parecerse a ella—. La industria lleva década y media buscando a la nueva Amy y, por el camino, ha obligado a media docena de artistas excelentes a defenderse de un fantasma que jamás las nombró. Quizá el homenaje más honesto en este aniversario sea dejar de buscarla.
