La actriz Rossy de Palma ha cargado sin medias tintas contra los nacionalismos y los racismos durante su paso por el primer programa de ‘Al Cielo con Ella‘, el nuevo espacio de TVE presentado por Henar Álvarez. La intérprete mallorquina, hija de asturianos y vascos, ha reivindicado su identidad mestiza y ha dejado una de las frases más contundentes de la noche: las únicas fronteras que celebra son las que separan una receta de otra.
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Rossy de Palma lleva décadas siendo una de las figuras más inclasificables del Cine Español, y su discurso en ‘Al Cielo con Ella’ ha confirmado que esa condición trasciende la pantalla. La actriz ha trazado un mapa personal que abarca media geografía peninsular y se extiende hasta el corazón de París, donde reside desde hace años. «Yo soy de padres asturianos y vascos y luego también tengo el Mediterráneo porque he nacido en Mallorca», ha explicado la intérprete, que ha reivindicado con orgullo esa mezcla como parte esencial de su carácter.
Lejos de quedarse en lo autobiográfico, Rossy de Palma ha elevado su experiencia personal a declaración de principios. «Amo Andalucía, me gusta el norte, me gusta el sur, me gusta Cataluña», ha asegurado ante Henar Álvarez, dejando claro que su forma de entender España pasa por quedarse «con todo lo bueno de todos lados», sin etiquetas ni corsés identitarios.
París a la carta y el flamenco como eterno estereotipo
Su vida en la capital francesa ha sido otro de los temas que la actriz ha abordado con su habitual desparpajo. «A mí me gusta París, como yo digo, a la carta. Y Francia, a la carta. Que cojo lo que me gusta», ha sentenciado Rossy de Palma, que se ha definido como «muy agitadora» durante sus años al otro lado de los Pirineos.
La intérprete ha puesto el foco en un fenómeno que conoce de primera mano: la percepción que tienen los franceses —y gran parte del mundo— sobre los españoles. «Nosotros seguimos siendo un poco exóticos. Piensan en el flamenco», ha lamentado, antes de ampliar el alcance de esa imagen distorsionada. «Los españoles somos muy exóticos everywhere, no solo en Francia», ha añadido con una media sonrisa que no ocultaba cierta resignación ante un cliché que parece resistirse a morir.
Fronteras gastronómicas frente a muros de sangre
El momento más contundente de la entrevista ha llegado cuando Rossy de Palma ha lanzado su particular alegato contra los nacionalismos. Con la solemnidad de quien ha meditado largo sobre el asunto, la actriz ha dejado una frase llamada a perdurar: «Los nacionalismos no me gustan porque solo creo en las fronteras gastronómicas, que son las que me gustan, que son todas para celebrar». Para la intérprete, la verdadera riqueza reside en esas pequeñas diferencias entre pueblos vecinos que transforman una receta y la convierten en motivo de encuentro, no de disputa.
«Todos somos terrenos», ha proclamado la actriz, aludiendo a la paradoja de una humanidad capaz de explorar la cara oculta de la luna pero incapaz de convivir en el único planeta que habita. La actriz no ha esquivado la crítica directa a la geopolítica actual y ha cargado con dureza contra quienes alimentan discursos de odio. «Qué necedad, ¿no? Aún seguimos ahora con estos racismos y estas cosas tan antiguas otra vez», ha espetado, visiblemente indignada.
El agotamiento de escuchar lo intolerable
Rossy de Palma ha ido un paso más allá al referirse a las voces que perpetúan el racismo y la intolerancia en pleno siglo XXI. «Qué ignorancia tan supina y qué tristeza y qué cansinidad», ha exclamado la actriz, que ha reservado sus palabras más afiladas para el cierre de su reflexión: «La paciencia que hay que tener con estas mentes retrógradas». Una sentencia que la presentadora ha refrendado con un escueto pero elocuente «muy cansado», resumiendo un hartazgo que parece compartido por buena parte de la audiencia.
La actriz, que actualmente puede verse en la gran pantalla con ‘Amarga Navidad‘, ha demostrado en su visita al estreno de ‘Al Cielo con Ella’ que su verbo corta tanto como su presencia impone. En un panorama mediático donde la tibieza se ha convertido en moneda de cambio, Rossy de Palma sigue eligiendo la trinchera de la claridad: un mundo sin muros donde la única frontera que merezca cruzarse sea la que separa el pote asturiano de la ensaimada mallorquina.
