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Corazón

Malú, Rocío Flores y Julia Janeiro: la factura de haberse hecho famoso antes de los veinte se paga a los treinta, y a una de ellas los tribunales acabaron dándole la razón y 220.000 euros

Pedro Serrano González
12 min 24
dia de la juventud

El 12 de agosto se celebra el Día Internacional de la Juventud, y en este oficio la palabra juventud significa algo bastante distinto que en el resto de sitios: aquí hay chavales que empiezan a ser reconocidos por la calle antes de terminar el instituto, y adultos de treinta y pocos que ya llevan media vida trabajando delante de una cámara. Durante estos meses hemos ido recogiendo, uno detrás de otro, sus testimonios: Malú, Isa Pantoja, Rocío Flores, Adara Molinero, Álvaro de Luna y Julia Janeiro. Y hay algo que se repite con una insistencia que ya no parece casualidad: casi todos localizan el origen del problema en lo mismo, en haber empezado demasiado pronto y sin nadie que les explicara lo que venía después.

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No es un lamento de gente malcriada ni una queja de privilegiados, que es la lectura fácil y la más injusta. Es algo más concreto y más comprobable: un adolescente que se hace famoso adquiere de golpe todas las obligaciones de un adulto —agenda, dinero, juicio público permanente— sin ninguna de las herramientas de un adulto. Esa asimetría se paga, y se paga tarde. Malú lo situó en quince años; Rocío Flores, en un documental que no era suyo; Julia Janeiro, en dieciocho tardes de televisión que acabaron en el Tribunal Supremo. Estos son los casos que hemos contado este año, con sus nombres, sus palabras y su factura.

Empezar a cantar para no ir a clase

El testimonio más revelador lo dio Malú en junio, en El Hormiguero, presentando su disco Quince. La sobrina de Paco de Lucía situó el arranque de sus problemas donde casi nadie mira: en la edad temprana a la que dejó las aulas para subirse a un escenario. Y lo contó sin épica, que es lo que le da valor. Lo que para el público es el sueño de una vida, para Malú empezó como una estrategia de adolescente para escaquearse de las obligaciones del colegio. Nadie planifica una carrera a los quince años; a los quince años uno se apunta a lo que suena mejor que estudiar.

El problema llegó después, cuando el éxito masivo encontró a Malú sin herramientas psicológicas para digerir la presión del mercado y las giras. De ahí viene esa combinación que ella describió ante Pablo Motos y que suena rarísima en alguien con su trayectoria: falta absoluta de autoestima y síndrome del impostor. Una de las voces más reconocibles del país, convencida durante años de estar ocupando un sitio que no le correspondía. El detalle desmonta el tópico: no es que el éxito le llegara y no supiera gestionarlo; es que le llegó cuando todavía no había terminado de construirse la persona que tenía que gestionarlo.

Los que ni siquiera eligieron estar ahí

Malú, al menos, eligió subirse a aquel escenario. Hay una categoría todavía más delicada: la de quienes no decidieron dedicarse a esto, sino que nacieron dentro. Isa Pantoja lleva siendo material informativo desde niña, y a los treinta hizo balance de una etapa que resumió sin adornos: una depresión posparto tras el nacimiento de su segundo hijo, sumada al distanciamiento familiar que arrastra desde hace años con su madre y con Kiko Rivera. Que a esa edad hable de sentirse «por fin respetada» por el público dice bastante de las tres décadas anteriores. El respeto, para quien crece en un plató, hay que ganárselo dos veces: primero como persona y luego como personaje.

En esa misma categoría está Rocío Flores, y su caso merece contarse por lo suyo y no como pieza de un conflicto ajeno. Era una adolescente cuando la ruptura entre Antonio David Flores y Rocío Carrasco empezó a discutirse en directo, y lleva desde entonces respondiendo delante de una cámara por una historia familiar que no eligió hacer pública. El 21 de marzo de 2021 se estrenó Rocío, contar la verdad para seguir viva, más de sesenta horas de grabaciones con las que su madre rompía veinticinco años de silencio, y a partir de ahí el apellido dejó de ser suyo para convertirse en un debate nacional que duró meses y del que cada parte sostiene su versión. Las consecuencias laborales alcanzaron también a su padre, despedido de forma inmediata, y ella dejó de aparecer en El programa de Ana Rosa, el espacio de Telecinco en el que trabajaba entonces. Cinco años después, el asunto sigue midiendo cada gesto. El pasado Día de la Madre publicó en Instagram un vídeo de su infancia besando a su madre, con Si amanece de Rocío Jurado de fondo, y bastó eso para que se diera por hecha una reconciliación que no existía. Tuvo que salir a explicarlo en ¡De Viernes!, donde dijo que «suelo compartir y subir lo que pone una cuenta dedicada a mi abuela y mi familia, esté o no esté mi madre». Después contó lo que le llegó por subirlo: «Me sorprende y me parece muy heavy que cinco o seis años después de aquel documental que me destrozó la vida, yo tenga que seguir recibiendo amenazas, insultos y mensajes de que estoy enferma o soy una sinvergüenza solo por el hecho de que me apetezca subir ese vídeo». No hubo llamada de su madre ni mensaje privado, y la conversación volvió a partirse en dos bandos durante días. Treinta años, un vídeo casero de cuando tenía cinco y una semana de discusión pública: esa es la aritmética de crecer dentro de una historia que se emite.

Del mismo entorno familiar salió en febrero el testimonio más crudo del año, y hay que atribuir cada palabra a quien la dijo. Ante un Joaquín Prat visiblemente impresionado, en El Tiempo Justo, Rocío Flores relató que la presión mediática y los conflictos sentimentales de aquellos días habían derivado en un cuadro que obligó a Gloria Camila a acudir de urgencia al hospital, con una pérdida parcial de visión como síntoma de somatización. «A ella toda esta situación le ha sobrepasado», explicó su sobrina. Puede discutirse todo lo demás —los triángulos, los platós, quién tenía razón—, pero hay un punto en el que la discusión se acaba: cuando el cuerpo de una persona de treinta años empieza a apagar funciones, el debate ha dejado de ser de audiencias.

Cuando la factura llega a los treinta

Otro patrón que se repite: la cuenta no se pasa mientras dura el vértigo, se pasa cuando por fin hay un hueco para pararse. Adara Molinero, que entró en aquella casa de Guadalix de la Sierra siendo muy joven y se convirtió en la concursante más reconocible del país, contó en abril que había recibido un diagnóstico de TDAH. Lo que el público llevaba años leyendo como carácter volcánico o reacciones desmedidas tenía, por debajo, una explicación clínica que ni ella misma conocía. Y añadió una frase que retrata la parte más difícil del proceso, la de aceptarlo: «siento que soy defectuosa por tener que medicarme». Decidió retirarse de los concursos de convivencia.

Algo parecido, aunque por otra vía, describió Álvaro de Luna. Después del éxito enorme de Juramento eterno de sal, el cantante sevillano se metió en una espiral de la que tardó casi un año en salir, y su diagnóstico del entorno es el que más debería hacernos pensar a los que trabajamos alrededor: habló de haberse sentido «muy solo y mal acompañado», rodeado de gente que buscaba su propio beneficio mientras la industria le exigía un ritmo insostenible. Es el mismo esquema que en los casos anteriores, sin plató de por medio: cuanto más rápido va la carrera, menos gente queda alrededor cuya única función sea preguntar cómo estás y no cobrar por la respuesta.

El anonimato que dio un juez y devolvió ella

El recorrido de Julia Janeiro aporta la otra mitad del asunto, y las dos mitades se contradicen entre sí. La hija mayor de Jesulín de Ubrique y María José Campanario cumplió dieciocho años en abril de 2021, y a partir de ahí su día a día se convirtió en contenido de escaleta de Sálvame durante dieciocho emisiones: seguimientos, reporteros gráficos y afirmaciones sobre su vida privada que iban desde sus relaciones con los compañeros de clase hasta supuestas denuncias por robo e insinuaciones sobre consumo de sustancias, ninguna de ellas acreditada. La presión la llevó a mudarse de ciudad. Fue a los tribunales y ganó. El Juzgado de Primera Instancia número 2 de Arcos de la Frontera dictaminó que no podía ser considerada personaje público por el hecho de que sus padres lo fueran, y dejó escrito que «todo aquello relacionado con Julia Janeiro no acaparará los focos». La condena por daño moral fue de 220.000 euros: 30.000 a cargo de Kiko Hernández y 190.000 de Mediaset, que ni siquiera recurrió. El alto tribunal cerró el asunto el 26 de mayo de 2026 dando veinte días de plazo para pagar, y ella lo anunció en sus redes: «Una vez más los tribunales me dan la razón. El Tribunal Supremo condena a Kiko Hernández a indemnizarme con 30.000€ por intromisión ilegítima al derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen. No todo vale». Es la resolución que más lejos ha llegado en España para fijar que cumplir la mayoría de edad no convierte a nadie en material de audiencia.

Semanas antes de que el Supremo pusiera el punto final, la misma persona que había pedido y obtenido el anonimato lo dejó por su propio pie. El 6 de mayo de 2026, a los veintitrés años, posó en portada de ¡HOLA! con doce páginas de entrevista en las que contaba que sufrió acoso escolar «desde los siete hasta los dieciséis», explicaba por qué a los dieciocho no quiso dar el paso al frente y se describía a sí misma: «Me veo siendo una superestrella». Llegaba días después de que Antena 3 anunciara su fichaje por La Caja Amarilla. La lectura crítica llegó desde el propio oficio: María Patiño escribió en X «Yo soy el juez y con carácter retroactivo retiro la sentencia. Si el árbol es incoherente, la manzana también». El argumento tiene base comprobable —mantiene desde hace años un perfil de Instagram con cerca de 200.000 seguidores en el que ha hecho intercambios comerciales con marcas, y lo mantenía mientras el blindaje judicial seguía vigente—, y es el que los magistrados se encontraron encima de la mesa.

Lo interesante es que el Supremo respondió a ese argumento por escrito, y respondió que no. Rechazó que la notoriedad que la joven tiene hoy justifique lo que se emitió sobre ella entonces, y añadió dos precisiones que valen para cualquiera que crezca en este oficio. La primera: «que sea hija de dos personajes famosos en el ámbito de la prensa rosa no dota a la recurrente, por el hecho de llevar un apellido determinado, de una mayor trascendencia pública». La segunda, sobre las redes que se esgrimían como prueba de la incoherencia: su actividad allí «se limita a compartir contenido de moda y estética» y constituye «un ámbito privado ajeno a la vida sentimental o familiar». Traducido a lo que importa aquí: tener seguidores no es ofrecerse voluntario, y llamarse como se llama uno tampoco. Las dos cosas caben en la misma biografía sin anularse; una cosa es que a una chica de dieciocho años la sigan dieciocho tardes seguidas sin que ella lo haya pedido, y otra distinta que a los veintitrés decida ella cuándo, dónde y en qué condiciones se cuenta su vida. Lo que ganó en los juzgados fue precisamente el derecho a elegir, y elegir incluye la opción de decir que sí.

La madre que dijo que no

Frente a todo lo anterior hay un contraejemplo que merece citarse precisamente porque casi nadie lo elige. En abril, Paloma Cuevas y Enrique Ponce enviaron a las principales redacciones un documento jurídico con una petición muy simple: que su hija mayor llegara a la mayoría de edad sin que su identidad ni su día a día entraran en la crónica social. No una queja después del titular, ni un desmentido cuando ya no hay remedio: un movimiento anticipado, hecho antes de que existiera la noticia. En un ecosistema donde una fecha así se marca en rojo en el calendario de las exclusivas, eso es ir a contracorriente.

Ese movimiento, hecho a tiempo, es lo que este repaso deja como enseñanza en un Día Internacional de la Juventud. Todos los testimonios anteriores comparten el mismo hueco: nadie puso una barrera a tiempo, porque cuando eran menores la barrera no dependía de ellos. Cuesta imaginar a un chaval de dieciséis años renunciando a un contrato, a una portada o a un programa; saber decir que no a los dieciséis no es su trabajo, sino el de quien lo tiene al lado. Por eso el gesto de una madre que se adelanta al foco vale más que cualquier campaña de concienciación: no protege a su hija de la fama, la protege del calendario de otros. Los que hoy cuentan su factura a los treinta y pico no tuvieron a nadie que hiciera eso por ellos. Y lo que están haciendo al contarlo, aunque no lo digan así, es escribirle el manual a quien venga detrás.

Pedro Serrano González
Escrito por Pedro Serrano González

Pedro Serrano González es un comunicador y productor con una trayectoria ligada a los grandes nombres de la radio, la televisión y los nuevos formatos digitales. Al frente de Vibras en Corte, impulsa un proyecto que convierte la actualidad televisiva y el entretenimiento en clips virales con personalidad propia.

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