El presentador de Cuatro, Risto Mejide, ha vuelto a marcar territorio en el tablero mediático nacional. Durante su intervención en el pódcast Acento Noor, producido por Podimo y conducido por la periodista Noor Ben Yessef, el publicista ha desgranado los peajes, las presiones políticas y las dinámicas internas que sufre el formato diario Todo es Mentira. Lejos de morderse la lengua, el comunicador catalán ha reivindicado la equidistancia como una obligación profesional y ha desvelado la drástica condición personal que le obligaría a abandonar su puesto de forma fulminante frente a las cámaras.
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La trayectoria de Risto Mejide al frente de las tardes de Mediaset España siempre ha estado envuelta en el ruido de sables de las redes sociales y las acusaciones cruzadas de partidismo. El presentador catalán ha aprovechado este foro de análisis para despacharse a gusto contra aquellos que intentan colocarle de forma sistemática una etiqueta política en la frente.
En un escenario televisivo cada vez más polarizado, mantener un perfil crítico con todas las siglas parlamentarias se ha convertido en una disciplina de riesgo que el publicista defiende como el verdadero núcleo de su labor informativa diario en Cuatro.
«Cuando dicen que soy anti-PP tienen razón. Cuando dicen que soy anti-PSOE, todos tienen razón. Mi trabajo consiste justamente en ser anti-todos», ha aseverado el presentador, dejando clara su postura de combate frente a los argumentarios oficiales de los partidos.
Para el conductor de Todo es mentira, el hecho de recibir ataques desde todos los flancos ideológicos no es un síntoma de debilidad, sino la prueba más evidente de que está cumpliendo con el encargo fundacional del formato. «El que es facha piensa que soy rojo y el que es rojo piensa que soy facha», ha resumido con el tono seco y directo que caracteriza sus intervenciones públicas.
El juramento materno y las llamadas de los gabinetes

Dentro de esta declaración de principios, el comunicador ha revelado un pacto íntimo y estrictamente privado que mantiene con su entorno más cercano, el cual funciona como su termómetro definitivo de salud profesional. Un límite que, de superarse, supondría el fin de su etapa en la cadena de televisión de manera automática.
«El día que mi madre, que es la persona que me ha parido, sepa a quién voto, que todavía hoy no lo sabe, ese día dejaré el programa», ha sentenciado con firmeza, elevando el secreto de su voto particular a la categoría de dogma innegociable para seguir ejerciendo el periodismo en la pequeña pantalla.
Esta independencia, según relata el propio presentador, se pone a prueba de lunes a viernes en los despachos de la dirección del programa, donde el teléfono no deja de sonar. Las presiones de los partidos políticos y los intentos de cambiar la escaleta a última hora son parte del paisaje habitual de los formatos de actualidad, aunque pocas veces saltan al directo de la forma en que ocurrió en el plató de Todo es mentira.
Risto Mejide ha recordado un episodio concreto de máxima tensión en el que una alta cargo de la comunicación política intentó censurar o desviar los contenidos que se estaban debatiendo en la mesa de colaboradores del espacio vespertino.
«Alguna llamada ha intentado colarse dentro del programa. Me acuerdo una en concreto de una política que estaba sentada en la mesa y que su jefa de gabinete o de comunicación intentó condicionar los contenidos del día porque dijo que llevábamos contenidos muy caribeños, anecdóticos o banales, porque le estábamos dando al PSOE», ha rememorado el publicista sobre el suceso.
La respuesta de la dirección y del propio presentador fue la exposición pública inmediata del intento de injerencia. «Me lo dijo el director y en directo se lo casqué a la política en cuestión. Le dije: ‘¿Te está gustando el programa? Es que ha llamado tu jefa de gabinete… que sepas que vamos a seguir hablando de lo que nos dé la gana’. Fue un momento muy tenso», ha recordado, rompiendo una lanza a favor de los directivos de televisión, a quienes ha definido como los verdaderos «pararrayos» del medio ante las embestidas del poder madrileño.
El espectador como única prioridad frente al político
El presentador también ha querido justificar la dureza y el tono cortante que emplea habitualmente cuando interroga a los cargos públicos que acuden a su programa o conectan por videoconferencia. Lejos de pedir disculpas por los encontronazos más sonados del espacio, considera que suavizar las preguntas ante una autoridad supone una estafa directa a los ciudadanos que sintonizan la pantalla cada tarde.
«Cuando estoy presentando soy, de alguna forma, el defensor del espectador. Si yo dejo pasar que un político preguntándole por una cosa me responda a otra, a quien está engañando es al espectador», ha argumentado con solidez.
Para el conductor del espacio de Cuatro, el juego de evasivas de los representantes parlamentarios es una falta de respeto institucional que debe señalarse en tiempo real, sin importar el rango del entrevistado. «No me trate de imbécil, porque está tratando de imbécil a dos millones y medio de personas que pasan todos los días por el programa. Me parece muy bien exponer a las personas que nos faltan al respeto», ha zanjado.
La estrategia de confrontación y rigor de Todo es mentira sigue rindiendo frutos en los despachos de facturación de Mediaset España, cosechando en mayo su récord en cuota de pantalla de la temporada con un 7,4% de share y 592.000 espectadores de media, consolidándose como uno de los pilares fundamentales del canal secundario del grupo mediático.
La inseguridad ciudadana y el análisis de la delincuencia
Saliendo estrictamente del plano televisivo, el publicista ha entrado al barro de los debates sociales más complejos de la agenda pública, tomando como ejemplo su propia ciudad natal para analizar el repunte de los delitos y el clima de crispación callejera.
«Yo soy de Barcelona. En Barcelona, hay un problema evidente de inseguridad ciudadana. Hablas con cualquiera, vote a lo que vote, y te lo dice», ha expuesto sin ambages, reconociendo una realidad que a menudo genera encendidas disputas políticas entre las administraciones locales y autonómicas.
Sin embargo, el comunicador ha querido distanciarse de los discursos más duros de la derecha mediática que vinculan el fenómeno delictivo de forma exclusiva con los flujos de migración. Para Risto Mejide, el foco del conflicto es puramente socioeconómico y estructural. «Arregla la vulnerabilidad, arregla la desigualdad que hay en este país y arreglarás la delincuencia. Eso es lo que falta, sobran dogmas de fe», ha concluivo en su intervención.
