La última entrega de ‘Tierra de Nadie‘ hizo honor a su nombre dejando a la audiencia en un desierto de contenido soporífero, donde las tramas forzadas y los desmayos precoces solo se vieron compensados por el regreso chulesco de un Álex Ghita que terminó enfrentado a una Terelu Campos reconvertida en jueza de moralidad.
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El desierto de las tres horas: mucho ruido y pocas nueces
Si alguien esperaba que la gala del martes de ‘Supervivientes‘ fuera el revulsivo que el programa necesita, se equivocaba de cabo a rabo. Lo que vivimos fue una travesía de tres horas por un océano de nada, un contenido nimio que pone a prueba la resistencia del espectador más fiel. Las tramas, cuando aparecen, huelen a guion forzado desde kilómetros de distancia, dejando la sensación de que estamos ante un patio de colegio de educación infantil donde los temas trascendentales brillan por su ausencia.

El programa insiste en meternos con calzador perfiles salidos de ‘La Isla de las Tentaciones’, convirtiendo el concurso de supervivencia en un bucle de celos y convivencia impostada que ya cansa. En este escenario de apatía generalizada, ver cómo se rellenan minutos de televisión con nimiedades es un ejercicio de masoquismo para una audiencia que lo único que pide es, por favor, algo de entretenimiento real.
Almudena Porras: el triunfo del «efecto llegada»

Uno de los pocos hitos de la noche era conocer la identidad del primer salvado de la semana. Almudena Porras, Toni Elías, Claudia Chacón y Marisa Jara se jugaban el cuello, pero fue la malagueña quien dio la campanada. Con un porcentaje abrumador del 49,8%, Almudena se convirtió en la elegida para respirar tranquila hasta el jueves.

Parece que el haber entrado más tarde a la convivencia le ha servido de escudo protector, otorgándole un apoyo masivo que contrasta con la frialdad de sus compañeros. Sin embargo, la alegría le duró poco; la presión de la isla y el ser tachada de «tikismikis» por Paola Olmedo terminaron por romper a la andaluza en directo. Un drama de baja intensidad para una gala que no terminaba de arrancar.
Toni Elías despierta y Gabriela Guillén se apaga

Por fin vimos señales de vida en Toni Elías. El motorista catalán, que hasta ahora parecía haberse mimetizado con los cocoteros por su pasividad, estalló contra Almudena y Teresa Seco por algo tan «vital» como el espacio para dormir. «¡Será que no hay playa!», exclamó un Toni harto de que se le metieran encima. Aunque luego admitió que sus formas no fueron las mejores, la trama resultó ser otro aliciente forzado para intentar dar algo de peso a un concurso que hace aguas.

Peor suerte corre Gabriela Guillén, que parece estar al límite de sus fuerzas cuando apenas llevamos quince días de aventura. La situación llegó al extremo de que Gabriela perdió el conocimiento y tuvo que ser atendida de urgencia por los médicos. Ver este tipo de cuadros médicos tan pronto hace pensar que, al ritmo que vamos, el reality terminará siendo un «mano a mano» entre el cámara y María Lamela. Mientras tanto, Claudia Chacón sigue manteniendo una actitud que muchos califican de insoportable, postulándose más para un casting de ópera en una isla desierta que para una convivencia sana.
El «transformer» Álex Ghita y el juicio de Terelu

Lo único que realmente despertó al personal tras tres horas de bostezo fue la entrada en plató de Álex Ghita. El concursante, que entró con aires de invencible y se autoproclamó ganador antes de que aterrizara el primer helicóptero, regresaba tras su abandono voluntario con una actitud chulesca difícil de digerir.

Ion Aramendi no se cortó un pelo y le soltó lo que media España piensa: «Hay mucha gente que piensa que eres un fraude como concursante». Ghita, con un aire de Robinson Crusoe de saldo, retó a que se lo dijeran «uno a uno y a la cara», a lo que el presentador sentenció con un «cuidado que pueden ser muchos». La traca final llegó con Terelu Campos, quien acusó al recién llegado de ir con un guion aprendido y le afeó el gesto de robar comida a sus compañeros tras solo una semana de concurso. Un enfrentamiento lleno de tensión donde Terelu intentó dar lecciones de moralidad a un Ghita que, al menos, sirvió para que la gala no fuera un encefalograma plano total.
