Pepi Valladares ha destapado en El Precio de… Cantora los inverosímiles lugares donde Isabel Pantoja supuestamente ocultaba dinero en efectivo, desde cabezas de toro decorativas hasta zapatillas de andar por casa, revelando una obsesión por el control absoluto de sus pertenencias más comprometidas.
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Trofeos taurinos con sorpresa: el dinero tras las cabezas de toro
Lo que podría parecer una escena sacada de una novela de intriga resultó ser, según los testimonios vertidos en el programa presentado por José Luis, una práctica habitual en la finca más célebre de la crónica social española. Pepi Valladares, quien trabajó durante años en el entorno más íntimo de la tonadillera, no dudó en confirmar que las cabezas de toro decorativas y otros adornos servían como escondites para el dinero en efectivo. «Sí, si no, en cabezas de toros, en adornos», reconoció con naturalidad ante la pregunta directa del presentador.
Sin embargo, la propia Valladares matizó un detalle relevante cuando José Luis le preguntó si Pantoja introducía los fajos directamente detrás de las piezas taurinas: «No, yo no lo sé, pero…», respondió, dejando entrever que, pese a su cercanía, había rincones del universo Pantoja que ni siquiera ella conocía por completo.
Un vestidor blindado donde solo entraba la dueña
Uno de los aspectos más llamativos del testimonio de Pepi Valladares fue la descripción del hermetismo con el que Isabel Pantoja protegía sus estancias privadas. Preguntada sobre quién tenía acceso a las zonas donde se guardaban las pertenencias más sensibles, Valladares fue tajante: «Ella solo. Solo ella. Solo ella. Ella y la persona que entra a limpiar eso». Acto seguido, añadió con un tono cercano: «Por ejemplo, yo sí tenía acceso a entrar ahí, dulce», confirmando que formaba parte del reducidísimo círculo de confianza de la artista.
Durante la tertulia, uno de los colaboradores reforzó esta imagen al asegurar que «para ella cualquier sitio servía para esconder» y detalló que el dinero en efectivo se guardaba habitualmente «en bolsos de ella, de marcas, bolsos. En su propio vestidor, en su propio armario, ahí donde siempre ha querido ella el dinero». Una costumbre que dibuja el retrato de una mujer que confiaba más en la proximidad física del efectivo que en cualquier entidad bancaria.
Valladares también hizo referencia a las maletas de grandes dimensiones, de «metro y medio de alto», que utilizaban en las giras por América y el extranjero para transportar vestuario y enseres, añadiendo otro elemento al catálogo de recipientes vinculados a la vida privada de la cantante.
Zapatillas de andar por casa: el escondite más doméstico
Cuando parecía que el inventario de escondites no podía resultar más sorprendente, Juan Mar introdujo un elemento que arrancó la incredulidad del plató: las zapatillas de andar por casa. El colaborador confirmó su propia aportación cuando José Luis preguntó quién había mencionado ese detalle. «Yo, yo», asumió Juan Mar, consolidando la imagen de una Cantora donde cada objeto cotidiano podía albergar un secreto entre sus costuras.
En contraste, se descartó la Plaza de Toros de la finca como posible escondite, al recordarse en el programa que aquella instalación «ha estado años y años alquilada a los Vilariños», lo que habría hecho inviable su uso como lugar seguro para ocultar pertenencias.
La llamada que lo cambió todo: «Vende todo o piérdelo»
El programa también rescató un episodio clave en la cronología judicial que envolvió a Julián Muñoz e Isabel Pantoja. Según se relató durante la emisión, el exalcalde de Marbella realizó una llamada telefónica a Isabel Pantoja en la que también estaba presente Teresa Pollo. El mensaje fue directo y desesperado: «Vende todo lo que pueda, véndelo. Todo, todo. O es venderlo o perderlo». Una frase que condensaba la urgencia de un hombre que veía cómo el cerco judicial estrechaba su margen de maniobra y que, según se narró en el plató, disponía apenas de unos minutos para aquella conversación.
El relato de aquella llamada proyecta la sombra de un momento bisagra en el que las decisiones se tomaban a contrarreloj, entre la desesperación de quien ya intuía un desenlace adverso y la necesidad de proteger un patrimonio que, como las propias cabezas de toro de Cantora, escondía mucho más de lo que mostraba a simple vista.
