Esta noche, en la última emisión de la temporada de De Viernes, Terelu Campos y Carmen Borrego se sientan otra vez frente a frente para escenificar En Directo, y por dinero, lo que llevan diecisiete días negando en plató: que la venta del piso de su madre en Málaga ha destapado una guerra entre ellas. El precedente reciente lo fijó Kiko Matamoros al calcular lo que cobró Terelu por otra entrevista similar en el mismo programa, 120.000 euros: «Va a cobrar lo mismo que han cobrado los dos muchachos por la exclusiva, que tienen que repartir entre dos», dijo, en referencia a lo que se llevaron Alejandra Rubio y Carlo Costanzia por la exclusiva de su embarazo. Nadie ha confirmado el caché de esta noche, pero la cifra de referencia ya dice bastante de un negocio familiar que factura disgustos: cuanto peor se llevan en la intimidad, mejor les paga la cadena por contarlo en directo. Es el mismo negocio que ha dejado, a lo largo de los años, un rastro incómodo de hechos que ninguna de las dos ha desmentido del todo: una asistenta obligada a sujetarle el cenicero, un papel de televisión que le arrebataron a una excompañera, y ahora un piso familiar hipotecado a escondidas de la audiencia que las mantiene.
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Dos mentiras en 48 horas sobre el piso que no estaba en venta

A día de hoy, el origen de todo sigue siendo el mismo episodio: el 14 de julio, en pleno directo de De lunes a viernes, Terelu se enteró —o dijo enterarse— de que el ático que su madre compró en Málaga en 2006 llevaba tiempo anunciado en un portal inmobiliario. «¿Quién ha podido poner esto? No ha sido ni mi hermana ni yo», preguntó, indignada, añadiendo que le preocupaba que «alguien tenga esas imágenes sin yo saberlo» y que ella «jamás permitiría que alguien entrara a mi casa a hacer fotos». Cuarenta y ocho horas le duró la versión. El periodista Antonio Rossi desmontó pieza a pieza el relato el 16 de julio: el anuncio llevaba publicado desde junio, dos semanas como mínimo, y lo más importante, las hermanas sí sabían que el piso había recibido visitas de posibles compradores, hasta dos matrimonios distintos, uno de ellos enseñado por el propio dueño de la inmobiliaria con permiso de ambas. Fue ese mismo agente quien reconoció el error de haber colgado las fotos del interior: «El fallo ha sido mío y ya lo he quitado. Esto es una tontería». Terelu no mentía sobre no saber que las fotos estaban colgadas; mentía, o al menos omitía, sobre saber que el piso llevaba semanas enseñándose a compradores.
Y a día de hoy la historia no ha terminado ahí, porque el propio piso escondía una segunda capa que ninguna de las dos había contado en plató: Terelu y Carmen lo habían hipotecado en marzo, ese mismo ático heredado libre de cargas en primera línea de playa, tasado en más de 1,5 millones de euros, por un préstamo de 200.000 euros con una cuota mensual cercana a los 2.300 euros. El 23 de julio, acorralada, Carmen Borrego zanjó por su cuenta que la casa no está en venta. Puede que sea verdad. Lo que ya no es verdad es que no hubiera nada que contar: en diecisiete días, la casa de su madre ha pasado de no sabemos nada a hay una hipoteca a no está en venta, tres versiones que solo tienen en común no coincidir del todo con la anterior.
Treinta años cobrando por ser hija de

A día de hoy, nada de esto sería tan rentable si Terelu y Carmen no llevaran media vida convirtiendo su apellido en su principal activo profesional, un mecanismo que la propia industria ha terminado poniéndole nombre.

Kiko Matamoros, compañero de Terelu durante años en Sálvame, reveló que en los pasillos de Mediaset a la mayor de las Campos se la conocía con el apodo de la cláusula: «En cualquier contrato de la madre había una cláusula donde se incluía que Terelu tenía que participar de alguna manera copresentando». No es una acusación menor: es la confirmación, por parte de alguien que trabajó codo con codo con ella, de que buena parte de la carrera televisiva de Terelu no dependió de un casting, sino de una condición que su madre imponía a las cadenas para contratarla a ella.

El patrón, lejos de agotarse con María Teresa Campos, se ha repetido a día de hoy una generación después con la misma familia, y esta vez con pruebas mucho más concretas que un apodo de pasillo. Kiko Hernández reveló en Ni que fuéramos Shhh que fue la propia Terelu quien negoció en persona con un directivo de Telecinco el contrato de Vamos a Ver para su hija Alejandra Rubio, pidiendo expresamente que la colocaran en enfrentamientos: «Va a entrar en todo, por favor, en enfrentamientos y en todo…», habría dicho Terelu en aquella reunión, según el colaborador. La cadena aceptó, aunque con matices: «De acuerdo, pero no va a estar con Ana Rosa. Vamos a colocar a la niña por la mañana». Es exactamente el reproche que Terelu y Carmen le hacen hoy, en plató, a cualquiera que las acuse de vivir de las apariencias: que el talento se demuestra, no se hereda, ni se coloca a golpe de llamada. Ellas lo saben mejor que nadie, porque son la prueba viviente de que en su familia se puede heredar y, si hace falta, gestionar en persona.
Los compañeros que se quedaron por el camino

A día de hoy, la lista de quienes dicen haber salido perjudicados de cruzarse profesionalmente con las Campos no se limita a la familia. En septiembre de 2024, María Patiño destapó en directo que Terelu había fichado para interpretar un papel en la serie de Los Javis sobre Yurena, la misma producción para la que antes habían tanteado a su excompañera Lydia lozano. «Me llamaron para la serie porque Yurena estuvo muchas veces en Tómbola y querían una periodista del programa. Luego me llamaron y me dijeron que no, que no querían una cara tan conocida», contó Lozano, visiblemente molesta, mientras Víctor Sandoval, descubridor artístico de Yurena y descartado del mismo proyecto, se preguntaba indignado qué pintaba Terelu en una historia que no vivió: «Están haciendo series que no se corresponden con la realidad. En la vida de Yurena, ¿qué pinta Terelu?». Fue la propia Patiño quien unió los cabos en voz alta: «El papel de Lydia se lo podrían haber dado a Terelu».

A día de hoy corren además, desde hace más de un año, media docena de testimonios sobre el trato que Terelu dispensaba a quienes trabajaban a su servicio, destapados por Alessandro Lequio y ampliados después por el programa Fiesta. Lequio aseguró que Terelu tuvo una asistenta a la que «si no la tenía al lado para tirar el pitillo o la ceniza le montaba un cristo», y que la misma persona «tenía que poner la manita para que escupiera los chicles». El reportero Jota recogió por su parte el testimonio de extrabajadores de Telemadrid: «Cuando necesitaba tomarse una pastilla llamaba a una persona, le cogían el blíster, le sacaban la pastilla y le ponían la pastilla en la mano»; y al bajar escaleras «necesitaba que una persona se pusiera delante» por si se caía. Terelu lo negó todo en De Viernes con rotundidad: «Nadie venía detrás de mí. ¿Alguien piensa que eso pueda ser verdad?». El periodista Sergio Alís matizó después el relato sin desmentir el hecho central: la anécdota del cenicero, dijo, era real pero «algo natural y comprensible», y no un acto de sometimiento. Entre la negación absoluta de Terelu y el matiz de quien la defiende, lo único que nadie ha discutido es que la escena, en alguna versión, ocurrió.

Carmen Borrego tiene su propia versión de este mismo problema, y viene de más atrás: de su etapa como directora de televisión, antes de convertirse en colaboradora. Un extrabajador suyo contó en 2020 que su forma de ejercer de jefa era muy tirana: «No pide las cosas, las exige», explicó, añadiendo que era muy cuadriculada y calificándola directamente de déspota; sentenció que no volvería a trabajar con ella porque «me lo hizo pasar mal en determinados momentos». Alonso Caparrós, que también coincidió con las Campos en el trabajo, corroboró el fondo de esa acusación sin querer entrar en detalles: «Yo en los principios ha habido ocasiones que lo pasé mal», admitió, recordando «un insulto, pero un insulto contundente y muy gratuito» que nunca ha querido desvelar, y que atribuyó a «una conducta general con los recién llegados» más que a un ataque personal. La propia Carmen Borrego, lejos de desmentir el fondo del retrato, lo confirmó a su manera cuando reconoció que en sus años como directora la llamaban Bordego, y admitió que fue una directora dura aunque, según ella, «también era bastante humana». Dura es, al menos, la palabra en la que coinciden ella y quienes la sufrieron.
Vetos que van y vienen según a quién convenga

A día de hoy no queda ya ningún veto activo entre estas dos hermanas y las cadenas o compañeros que en algún momento se lo impusieron, pero el historial reciente desmiente cualquier imagen de familia unida y en paz que quieran vender esta noche. En septiembre de 2024, el propio José María Almoguera puso precio a su tía: exigió cobrar 100.000 euros por su entrevista en De Viernes y, además, que Terelu no estuviera presente en el plató durante su intervención, según reveló Informalia. Un año más tarde, en septiembre de 2025, fue Rocío Flores quien impuso el veto contrario, pidiendo que Terelu no estuviera presente en su propia entrevista por ser íntima amiga de Rocío Carrasco; la producción le hizo ver que vetar a una colaboradora de tanta trayectoria «no proyectaría una buena imagen» y Flores acabó cediendo. Carmen Borrego corrió peor suerte en octubre de ese mismo año: fue apartada de Vaya Fama por considerarla ya muy vista y desgastada en la cadena, hasta que decidió recuperarla. El resultado, cuando volvió a plató, fue una media de audiencia de 6,2 puntos, un punto y medio menos que el día anterior sin ella. La propia cadena que la había vetado por desgaste comprobó en directo que tenía razón.

La misma incomodidad con lo que se cuenta y lo que se calla volvió a estallar apenas hace nueve días, cuando Terelu protagonizó una espantada en pleno directo de De Viernes tras la emisión de un vídeo sobre la casa de su madre en Málaga con un tono que ella consideró burlón; se levantó y se fue sin despedirse. Reapareció días después en De lunes a viernes para cargar contra la propia dirección del programa: «Nadie en la dirección está contento con ese vídeo o, por lo menos, así se me ha hecho llegar». Es el mismo guion que ya empleó Carmen Borrego un año antes, cuando acusó a Espejo Público de haberse inventado que Alejandra Rubio las había vetado a ella y a Terelu de un homenaje a su madre; el programa de Antena 3 no se achantó y replicó en directo: «El problema igual lo tiene ella y no nosotros». Acusar al medio de mentir, montar una espantada, dejar caer un audio, hipotecar un piso sin contarlo: son variaciones de la misma estrategia, y todas terminan en el mismo sitio, un plató de Telecinco, con las cámaras encendidas y la caja registradora sonando.
El discurso de la precariedad frente al ático de 1,5 millones

A día de hoy, la contradicción más citable de todo este culebrón no está en ninguna Bronca de plató, sino en los números. Terelu Campos figura en una lista de morosos de Hacienda por una deuda personal de su empresa Rubitecamp, de la que es administradora única, una sociedad que ha acumulado varias notificaciones de embargo publicadas en el Boletín Oficial del Estado entre 2019 y 2024 por impago a un acreedor de telecomunicaciones. Y sin embargo, en julio de 2024, Terelu concedió una entrevista en la que describía su situación económica con estas palabras: «Vendí la casa y vino el declive de mi madre, lo que me llevé se fue en su bienestar. Me fui de Sálvame con una mano delante y otra detrás y hago malabarismos para sobrevivir». Es difícil hacer malabarismos para sobrevivir y, al mismo tiempo, ser copropietaria de un ático de 1,5 millones de euros en primera línea de playa lo bastante solvente como para que un banco conceda sobre él una hipoteca de 200.000 euros.

La misma incomodidad con lo que se cuenta y lo que se calla se repitió, de hecho, en ese mismo plató de De Viernes el pasado enero, cuando el programa emitió unas viejas declaraciones de Belén Rodríguez en las que describía a la familia Campos dividida entre ricos y pobres: de un lado Terelu y Alejandra Rubio, del otro Carmen Borrego y José María Almoguera, «que se las tienen que comer dobladas». Terelu reaccionó en directo con una sorpresa que a sus propios compañeros de plató les costó creer, dado que había tenido que preparar un cara a cara con la propia Belén Rodríguez al volver de un concurso sin haber escuchado jamás esas declaraciones: «Ha sido un shock enterarme en directo de esto. Es mucha información que yo desconocía», dijo, mientras Carmen Borrego pedía no remover más ese asunto y las dos hermanas volvían a enzarzarse ante las cámaras. Es la misma incongruencia de fondo que sostiene todo lo demás, la que ya contamos cuando Terelu rompió su silencio para no confirmar ni desmentir la venta y la que quedó retratada cuando Carmen Borrego admitió la hipoteca sin querer hablar de ella: hablar de dignidad, de límites y de lo que no se vende, mientras la vida entera de la familia —la salud, el dinero, los excompañeros, hasta el piso de una madre muerta— se convierte, entrevista tras entrevista, en el único producto que de verdad venden.
A día de hoy conviene precisar algo, porque contarlo mal sería repetir el mismo vicio que se le reprocha a esta familia: ni Carmen Borrego está distanciada de su hijo José María Almoguera, ni la vieja guerra por su exnuera Paola Olmedo sigue abierta. Al contrario. Almoguera y Olmedo firmaron su divorcio en junio de este año, más de dos años después de separarse, y ambos lo cerraron en términos amistosos: «Hemos cerrado absolutamente todo y estamos supertranquilos ya», contó Olmedo, que también dijo llevarse bien con su exsuegra. Y la relación entre Carmen Borrego y su hijo, lejos de estar rota, se recompuso durante la edición pasada de GH Dúo: en enero de este año, antes de que ella misma entrara como concursante, Almoguera fue a despedirse de su madre al plató y le dejó un consejo que resume la Reconciliación: «Que lo que ha unido GH, no lo separe nadie». Lo que sí sigue intacto, con la familia en paz o en guerra según el mes, es el negocio: sea la reconciliación de un hijo o la ruptura por un piso, las Campos han aprendido a poner cada capítulo de su vida delante de una cámara y a cobrar por ello. La única pregunta que queda esta noche en De Viernes no es si Terelu y Carmen se llevan bien o mal, sino cuánto vale, esta vez, que lo cuenten.
