Ya ha nacido. Lucía Pombo y Álvaro López-Huertas son padres de su primera hija, que se llama Lola Belén. Llegaron al hospital el martes 21 de julio, después de salir de cuentas y con la semana 41 cumplida, que es exactamente el punto en el que los contamos aquí ayer: con las maletas hechas y un «nos vamos». Lo que no se sabía entonces era de dónde venía el segundo nombre de la niña. Y ahí está lo importante de esta historia.
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Porque Belén no es un nombre elegido por sonoridad. Es un homenaje a Belén Domínguez, que murió en abril de 2025 después de afrontar un cáncer intramedular agresivo de una manera que impresionó a cuantos la conocieron. La piloto la visitó con frecuencia en el hospital durante aquella enfermedad, y está convencida de que su amiga tuvo algo que ver en que ella llegara a ser madre: «Yo sabía en mi corazón que mi gran ángel de la guarda me había ayudado a conseguirlo. Ella me acompaña y me escucha».
Un nombre que es una deuda pagada
Conviene detenerse en lo que significa ese gesto, porque no es el homenaje habitual. Ponerle a una hija el nombre de una amiga muerta hace poco más de un año no es una dedicatoria en redes ni una historia de Instagram que caduca a las veinticuatro horas: es una decisión que esa niña va a llevar encima toda su vida, y que la obliga a explicarla cada vez que alguien le pregunte por qué se llama así. Es la forma más duradera y menos ruidosa de decir que alguien importó.
Y hay un matiz en sus palabras que merece atención, porque cambia el sentido de todo. No dice que le pone el nombre para recordarla. Dice que cree que su amiga la ayudó a conseguirlo, en presente: «me acompaña y me escucha». Es decir, no está hablando de memoria sino de compañía. Quien haya perdido a alguien cercano reconoce esa distinción de inmediato, y explica por qué la elección del nombre no se anunció como una ocurrencia de última hora: ya lo habían adelantado antes del parto.
El simulacro de parto, contado por ella misma

La recta final no fue precisamente plácida, aunque ella se la tomara con humor. A las 39 semanas vivió lo que definió como un simulacro, y lo relató sin ahorrarse el ridículo: «No soy nada exagerada, ni quejica ni me vuelvo loca ni busco donde no hay. Lo que pasa que ayer estábamos en el pueblo, eran como las nueve de la noche, salí de la piscina y mi sensación fue de que rompí aguas. No me asusté ni me estresé, pero hicimos las maletas y nos vinimos a Madrid. Nos comimos un atasco, fuimos al hospital y vieron que no era líquido amniótico, con lo cual volvimos a casa».
Después llegaron los días de verdad difíciles, los que van más allá de la fecha prevista. Ella misma reconoció que necesitaba «pasar ya de capítulo» porque los últimos días estaban siendo «duretes», aunque siempre puntualizando que había tenido «un embarazo buenísimo» y que el equipo médico la había tranquilizado al llegar a la semana 41. Esa mezcla —agradecer el embarazo fácil y admitir a la vez que el final se hacía cuesta arriba— es más honesta que el relato idealizado que suele acompañar a estos anuncios.
«Heroínas sin capa»: la carta que escribió antes de dar a luz
Poco antes del parto publicó un texto que merece rescatarse, porque hace algo insólito en su posición: reconocer el privilegio propio en voz alta. «Yo no represento a las mujeres a las que me refiero. He vivido un embarazo envidiable, yo no tengo mérito alguno. Pero ellas sí», escribió. Y a partir de ahí enumeraba a quién estaba señalando: «las embarazadas que curran a destajo, las embarazadas que además son madres, las que madrugan y trasnochan, las que aguantan implacables jornadas de pie o sentadas en una oficina».
El cierre del texto es el que ha circulado más: «Con muchos kilos de más en el cuerpo, con cansancio acumulado, con preocupaciones, dolor de espalda, de piernas… y con toda esa mochila encima que no se ve. Ellas pasan desapercibidas. A todas, sois INCREÍBLES». Y remataba explicando desde dónde escribía: «Yo también siento esos kilos de más, esa carga lumbar, esa falta de sueño, esa carga mental… pero desde el absoluto privilegio de una baja y de un embarazo sin síntomas. Precisamente por eso pienso mucho en ellas. Heroínas sin capa».
De jugar juntos de pequeños a una pandilla de siete primos

La historia de los padres tiene su propia simetría. Se conocieron de niños, porque sus padres son amigos íntimos, y volvieron a encontrarse a los 22 años en Camino, el restaurante que Papín tiene en Madrid. A partir de ahí ya no se separaron. Se casaron el 25 de junio de 2022 en la Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora de Villafranca, en Segovia, con una entrada de la novia que dio la vuelta a las redes: llegó en un jeep militar clásico. La fiesta fue en el Castillo Castilnovo, antigua residencia palaciega de los Reyes Católicos, y terminó con una actuación de King África. La niña llega, además, como regalo de su cuarto aniversario de boda.
Y llega a una casa donde no va a estar sola mucho tiempo. Por parte de María Pombo y Pablo Castellano tiene tres primos —Martín, de 5 años; Vega, de 3; y Mariana, nacida el pasado 2 de enero, con la que se lleva apenas unos meses—, y por parte de Marta y Luis Zamalloa, otros tres: Matilda, de 4, y las mellizas Candela y María, de 2. Siete niños de edades encadenadas. El último gran acontecimiento familiar fue el bautizo de la pequeña de la casa, y ella misma ya había dejado dicho cuál sería el siguiente: «Si Dios quiere, será el de Lola».
