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Corazón

La cláusula que casi le cuesta el teatro y su propia carrera: la Lina Morgan empresaria que no sale en los homenajes

Pedro Serrano González
8 min 139
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La historia que casi nunca se cuenta de Lina Morgan no ocurre encima de un escenario, sino en un despacho. A comienzos de los años ochenta, la actriz y su hermano firmaron con el empresario Matías Colsada un contrato para comprarle el Teatro La Latina: unos 125 millones de pesetas, pagaderos en cinco años. La letra pequeña de aquel acuerdo era una trampa perfecta. Si no llegaban a tiempo, Colsada se quedaba con el teatro y, además, con la exclusividad de ella como actriz. Lo pagaron en tres.

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Se cumplen once años de su muerte, ocurrida el 20 de agosto de 2015 a los 78, y el retrato que ha quedado de ella es el de la cómica entrañable de la televisión de los noventa. Es un retrato incompleto y, en cierto modo, injusto. Debajo de aquel personaje de pueblerina torpe había una empresaria que compró su propio teatro cuando eso era casi impensable para una mujer en España, que lo llenó tres veces al día y que negoció, cobró y decidió sola. Esta es la parte que no sale en los homenajes.

La niña que llevaba su propia silla al colegio

Se llamaba María de los Ángeles López Segovia y nació el 20 de marzo de 1937 en el número 4 de la calle de Don Pedro, en el barrio de La Latina, a unos metros del teatro que acabaría comprando cuarenta años después. Su padre, Emilio López, era ayudante de sastre; su madre se llamaba Julia Segovia; ella fue la cuarta de cinco hermanos. De aquella casa se han contado detalles que dan la medida exacta de la posguerra: que la pobreza era tal que tenía que llevarse su propia silla para poder sentarse en el colegio, y que su padre la puso a coser uniformes militares siendo niña. Esa etapa no le gustaba recordarla.

Empezó a los trece años en una compañía infantil ambulante y debutó a los dieciséis en el propio Teatro La Latina, como bailarina de reparto en la compañía de Matías Colsada. Y aquí aparece el primer detalle que la retrata entera: para poder firmar aquel contrato siendo menor de edad tuvo que falsear su fecha de nacimiento. Aprovechó el trámite para inventarse también el nombre artístico. Con dieciséis años ya estaba negociando con la burocracia para poder trabajar, y esa determinación algo tramposa y muy práctica no la perdió nunca. El escenario donde puso el pie por primera vez cobrando una miseria fue, exactamente, el que un día tendría escriturado a su nombre.

La cláusula que se la jugaba entera

Aquel contrato es el episodio más revelador de su biografía y, sin embargo, apenas circula, porque no está en los teletipos sino en la historia documentada del teatro que escribió el cronista de la Villa Antonio Castro. La cifra ya era enorme para la época, pero lo verdaderamente duro era la garantía: si los hermanos no completaban el pago en el plazo fijado, el empresario recuperaba el edificio y se quedaba además con la exclusividad artística de ella. Es decir, no arriesgaba solo el dinero: arriesgaba su libertad para trabajar donde quisiera. Era, en pequeño y en español, el mismo mecanismo con el que los grandes estudios de Hollywood ataban a sus estrellas.

Lo pagaron en tres años en lugar de cinco, y lo hicieron a base de taquilla: llegaron a recaudaciones de 800.000 pesetas diarias. Para hacerse una idea de lo que significa esa cifra basta un apunte que da Castro y que dice más que cualquier estadística: el éxito de aquellos años fue la última gran temporada de trabajo para los reventas de los teatros de Madrid. Después llegó la propiedad, que mantuvo entre 1983 y 2010, y una manera de trabajar que hoy sería impensable: tres pases diarios, autobuses llegando de provincias, y montajes que ella misma producía. ¡Vaya par de gemelas!, El último tranvía o Celeste… no es un color no eran solo obras suyas: eran su negocio.

Ocho millones y medio de espectadores, una noche de mayo

La televisión llegó tarde y llegó por una razón triste. En 1995 murió su hermano José Luis, que era además su productor y su representante, y fue una ausencia que nunca superó del todo. Sacó fuerzas, aun así, para levantar el último proyecto que él había dejado firmado: Hostal Royal Manzanares. La serie se estrenó en 1996, la produjo Valerio Lazarov, la dirigió Sebastián Junyent, duró cuatro temporadas y 61 capítulos, y terminó el día de Navidad de 1997. Nunca dejó de ser líder; llegó a ganarle a partidos de Champions emitidos a la misma hora.

El dato duro, el que conviene fijar porque hoy resulta casi irreal, es el del 15 de mayo de 1996: 8.675.000 espectadores y un 50,6% de cuota. Más de la mitad de las personas que tenían la televisión encendida en España aquella noche la estaban viendo a ella. Su sueldo por capítulo era de 32 millones de pesetas —unos 190.000 euros— y la convirtió en la actriz mejor pagada de la televisión española. Antes había hecho Compuesta y sin novio en Antena 3, con José Coronado y bajo la dirección de Pedro Masó. Entre los reconocimientos que fue acumulando figura el Premio Nacional de Teatro Pepe Isbert.

El testamento que dejó fuera a la familia

Vendió el teatro en 2010 por una cifra que ronda los siete millones de euros y a partir de ahí se fue apagando en su casa de Madrid, tras dos años de graves problemas de salud que incluyeron un largo ingreso hospitalario. Cuando murió se supo que su testamento dejaba todo a dos empleados: Daniel Pontes, su secretario y hombre de confianza durante más de treinta años y su tutor legal durante la enfermedad, y Abelardo González, su chófer. Ni un euro para sus sobrinos. Aquello se contó entonces como un desaire familiar, y hay un matiz jurídico que casi nunca se explicaba: los sobrinos no tenían derecho a legítima, porque la ley solo la reserva a ascendientes y descendientes directos. Sin testamento, la mayor parte habría ido al Estado, no a ellos.

Hay además un desmentido posterior que casi nadie recogió y que desinfla el relato de la fortuna colosal. En 2015 se publicó que dejaba en torno a diez millones de euros. Años después, el propio heredero lo negó en televisión: sostiene que le quedó el piso y que ella «no dejó más de dos millones de euros», y que en torno al 70% se fue en impuestos por no ser heredero directo. Su justificación, cuando le afearon el testamento, fue esta: «Las dos personas a las que les dejó Lina su herencia somos los que más nos la merecíamos, porque estuvimos a su lado mañana, tarde y noche, hasta el final de su vida». Uno de sus sobrinos anunció que pensaba impugnarlo. La respuesta de Pontes fue seca: «Si no entré en polémicas cuando Lina estaba enferma no lo voy a hacer ahora que está muerta».

Seis sillas, y sobraban asientos

El velatorio se instaló en el Teatro La Latina, que era lo único que podía ser. Se reservaron seis sillas para el duelo y sobraron asientos. No fue ni un solo familiar, porque ella había pedido expresamente que sus sobrinos no acudieran, y por una vez la hicieron caso. Velaron el féretro tres personas: su secretario, el Padre Ángel —con cuya organización había colaborado en silencio durante años— y Jesús Cimarro, el empresario que le había comprado el teatro. A Concha Velasco, una de las poquísimas caras conocidas que se acercó, le tocó explicar lo evidente: que en los últimos años no quería ver a nadie. La primera corona en llegar fue de Chicho Ibáñez Serrador.

Fuera, en cambio, bajo un sol de agosto, había cola: unas tres mil personas, vecinas del barrio de toda la vida mezcladas con gente joven y con familias del Rastro. Sobre el escenario había una corona de rosas blancas y amarillas, sin cinta, la única con flores amarillas de todas las que llegaron. La había mandado su secretario, y el motivo del color solo lo sabían los muy cercanos: cada vez que estrenaba en aquel teatro, ella se ponía ropa interior amarilla porque le daba suerte. Pasada la una de la madrugada, cuando sacaron el féretro, sonó por megafonía la canción con la que abría todos sus espectáculos: «Agradecida y emocionada solamente puedo decir: gracias por venir». La había cantado miles de veces sin que significara nada en particular. Aquella noche significaba todo.

Pedro Serrano González
Escrito por Pedro Serrano González

Pedro Serrano González es un comunicador y productor con una trayectoria ligada a los grandes nombres de la radio, la televisión y los nuevos formatos digitales. Al frente de Vibras en Corte, impulsa un proyecto que convierte la actualidad televisiva y el entretenimiento en clips virales con personalidad propia.

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