Kiko Rivera ha vuelto a estallar delante de las cámaras. El DJ, visiblemente irritado, cargó contra los reporteros que le abordaron en plena calle para preguntarle por el último vídeo de su pareja, la bailarina Lola García, y por la lectura que buena parte de la prensa ha hecho de él: un supuesto dardo dirigido a Irene Rosales y, sobre todo, a su novio, Guillermo Famín. «Dejad de decir barbaridades, parecéis tontos», zanjó el músico antes de cerrar de un portazo la puerta del coche y dejar la pregunta en el aire.
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El inofensivo vídeo doméstico que la prensa ha convertido en munición
La chispa que ha reavivado el incendio prendió, una vez más, en las redes sociales. Lola García, que en su perfil de TikTok comparte a diario retazos de su rutina y da visibilidad a sus proyectos artísticos, publicó un vídeo de tono mucho más doméstico de lo habitual: en él celebraba la última compra que había hecho para su jardín, un cepillo pensado para limpiar las zonas exteriores de la casa. La bailarina sujetaba la cámara mientras pasaba el utensilio por el césped artificial y enumeraba, entusiasmada, las virtudes de un producto que, en sus propias palabras, era «todo un acierto para el jardín».
Lo que para cualquiera habría sido una grabación anodina, para el ojo siempre alerta del periodismo del corazón se convirtió al instante en un mensaje cifrado. La razón de esa asociación de ideas no es caprichosa: Guillermo Famín, la actual pareja de Irene Rosales, es propietario de una empresa de césped artificial. De hecho, fue precisamente así como ambos se conocieron años atrás, cuando el negocio de él se encargó de instalar el césped en el jardín de la misma casa en la que la sevillana convivía entonces con Kiko Rivera y con las dos hijas de ambos, Ana y Carlota. Con semejante coincidencia sobre la mesa, los reporteros no tardaron en interpretar el vídeo del cepillo como una pulla soterrada hacia el empresario, pese a que la propia publicación en ningún momento se presentaba como una campaña ni especificaba destinatario alguno.
La airada respuesta del hijo mayor de Isabel Pantoja
Con esa teoría bajo el brazo, un equipo de Europa Press captó a la pareja caminando por las calles de la capital andaluza y, tras felicitar a la bailarina por su reciente cumpleaños, le trasladó la pregunta que llevaba horas sobrevolando las redacciones. La reacción del hijo mayor de Isabel Pantoja fue tan inmediata como cortante. «¿No puede limpiar uno ya el césped de su casa o qué? Vamos a dejarnos de tonterías ya», respondió, tajante, sin disimular su hartazgo.
Lejos de rebajar el tono cuando el periodista insistió y le explicó por qué se relacionaba el vídeo con Guillermo Famín, el artista se encrespó todavía más y elevó la voz ante las cámaras. «Ya, pero vamos a dejarlo. Es que, tío, es que macho… Pues yo tengo césped y se limpia el césped, coño. Dejad de decir barbaridades, tío, qué parecéis tontos, macho», replicó con evidente enfado. Cuando desde el medio le recordaron que era «lo que se ha comentado», el músico remató con un desabrido «pues sois tontos todos» y se metió en el coche, cerrando la puerta y negándose a contestar a ninguna de las preguntas que aún se le planteaban. La escena, breve y bronca, retrata a un personaje que hace tiempo perdió la paciencia con la exposición mediática que rodea cada uno de sus movimientos y los de su entorno.
Un pulso que se arrastra desde la campaña de los frutos secos
El estallido no se entiende sin el trasfondo que lo alimenta. El pasado mes de junio, Irene Rosales acaparó la atención mediática al convertirse en imagen de una sonada campaña publicitaria de la marca de frutos secos Grefusa, cuyo eslogan —«Un mix con un mal kiko es un mal mix. Elige Grefusa Mix, elige el mejor kiko»— fue leído por todos como una indirecta con dedicatoria a su exmarido. El juego de palabras, aplaudido por buena parte del público como un gesto de desparpajo, sentó como un tiro al padre de sus hijas, que respondió sin miramientos y encendió una guerra de declaraciones cruzadas que no ha dejado de sumar capítulos.
Desde entonces, cada publicación de una y otra parte se examina con lupa en busca de mensajes velados, y la relación entre las dos familias, otrora cordial, ha derivado en un enrarecido cruce de reproches en el que también han entrado los nuevos compañeros sentimentales de ambos. En ese clima enrarecido, hasta un vídeo tan trivial como el de un cepillo para el césped se transforma en presunto proyectil, y basta un micrófono en la calle para que Kiko Rivera vuelva a saltar. El músico, que ni confirma ni desmiente intenciones ajenas, parece haber decidido que su única respuesta a la maquinaria del cotilleo será, a partir de ahora, el desprecio y el portazo.
