Kaia Gerber acaba de contar algo que nunca había dicho en público, y lo suelta casi de pasada en mitad de una entrevista de promoción: le practicaron un exorcismo. «Sí, sucedió. Nunca he hablado de ello, pero sucedió», asegura la hija de Cindy Crawford, que describe un ritual con un didgeridoo recorriéndole el cuerpo, recuerda el frasco de agua bendita que su madre le da para el rodaje de American Horror Story y remata con dos palabras que casi nadie está recogiendo. «Estoy curada».
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Un didgeridoo por todo el cuerpo: así lo ha contado ella
La revelación ha llegado en The Mitch Churi Chat Show, donde Kaia Gerber estaba promocionando The Shards, la serie que ha estrenado y que la ha devuelto a la interpretación. El asunto no salió de la nada: la conversación había derivado hacia su paso por la décima temporada de American Horror Story, la antología de terror en la que participó, y de ahí saltó a un terreno del que ella misma dice que nunca había hablado. «Me dijeron que estuve poseída cuando era niña», afirmó, antes de rematar la idea con una frase que dice bastante de cómo ha cargado con aquello. «Simplemente estaba poseída. He estado atormentada toda mi vida».

Es entonces cuando Kaia Gerber lanza la pregunta que deja helado al estudio. «¿Sabes cómo me hicieron el exorcismo?», plantea, y la respuesta llega de su propia boca. «Tocaron un didgeridoo por todo mi cuerpo, así es como hicieron el exorcismo». Lo dice visiblemente afectada, con la incomodidad de quien está revisando en directo algo que no tenía previsto sacar, y vuelve sobre ello para dejar claro que no es una anécdota adornada. «Sí, sucedió. Nunca he hablado de ello, pero sucedió». Y cierra el asunto con dos palabras que conviene no dejarse por el camino, porque cambian el sentido de todo lo anterior. «Estoy curada». Esa coda es la que separa esta entrevista de una confesión dramática al uso: no está pidiendo compasión ni abriendo un capítulo, lo está cerrando delante del micrófono.
El agua bendita de Cindy Crawford, y lo que su hija NO ha dicho

La segunda parte del relato es la que está corriendo más rápido, y conviene contarla con precisión. Kaia Gerber cuenta en la misma entrevista que su madre le puso en la maleta un frasco de agua bendita cuando se marchaba a rodar la temporada de terror. «Mi madre me dio agua bendita para llevar al set porque me decía: “No quiero que te posean”», relata. Es una imagen doméstica y bastante reveladora de cómo se vive el asunto dentro de la familia: no como una excentricidad que se cuenta en las cenas, sino como algo que sigue pesando lo suficiente como para que una madre mande a su hija a trabajar con esa precaución en el equipaje. Y hay un detalle que ella no subraya pero que está en sus palabras: el miedo materno no iba dirigido al pasado, sino al rodaje que tenía por delante, a que aquello volviera a repetirse en un plató de ficción.
Ahora bien, ahí termina lo que ella dijo y empieza lo que se le ha atribuido. En la entrevista, Kaia Gerber enlazó las dos anécdotas —el exorcismo de la infancia y el agua bendita del rodaje— porque van del mismo miedo, pero en ningún momento afirma que su madre practicara ni encargara aquel ritual. No dice quién decidió que estaba poseída, ni quién tocó el didgeridoo, ni dónde ocurrió. Varios titulares publicados desde entonces han dado por hecho que fue Cindy Crawford quien lo organizó, y eso es un salto que la propia protagonista no da: lo que consta es que le dijeron que estaba poseída, que le hicieron el ritual y que su madre, años más tarde, le dio agua bendita antes de un rodaje. Todo lo demás, de momento, es interpretación ajena.
El objeto que ella describe cambia además la escena que uno se imagina. El didgeridoo es un instrumento de viento aborigen australiano, un tubo largo de madera que produce un zumbido grave y continuo y que se emplea desde hace siglos en ceremonias tradicionales, incluidas las de sanación. Lo que cuenta no es, por tanto, un exorcismo católico, sino un ritual de otra tradición, y ahí está el problema de cómo ha viajado la historia: la palabra exorcismo activa la iconografía de crucifijos y latinajos que ha fijado el cine, y cuanto más se aleja el relato del audio original, más se parece a esa película y menos a lo que ella describió.
Una carrera que empezó en la pasarela y ha girado hacia el terror

Kaia Gerber tiene veinticuatro años y lleva media vida expuesta. Es modelo y actriz, arrastra la etiqueta de hija de una de las top más reconocibles del mundo y usa la interpretación como vía de escape de esa comparación. No elige el camino cómodo: entra en la ficción por la antología de terror más truculenta de la televisión estadounidense y ahora encabeza The Shards, que tampoco se caracteriza por la amabilidad con el espectador. Que su primer gran salto interpretativo sea justo a una serie de posesiones explica que la pregunta acabe donde acaba, y que la respuesta pille al entrevistador tan de sorpresa como al oyente.
El interés de lo que ha contado no está en si hubo o no una posesión, que es terreno de creencias y no de periodismo. Está en el peso que ella misma le ha puesto encima y en cómo lo ha soltado: dice que ha estado atormentada buena parte de su vida por algo que le contaron siendo una cría, que nunca lo había verbalizado y, acto seguido, que ya está curada. Es una confesión que llega de alguien que ha crecido delante de las cámaras y que ha elegido soltarla en una entrevista de promoción, no en una exclusiva pactada ni en un documental. Lo llamativo del episodio no es el didgeridoo: es que una mujer de veinticuatro años haya cargado en silencio durante dos décadas con la idea de que estuvo poseída y lo cuente ahora en tono de quien ya ha pasado página.
