Bibiana Fernández acaba de cumplir 72 años consolidada como uno de los rostros más magnéticos y respetados de nuestra televisión. Sin embargo, detrás de la vitalidad arrolladora que despliega cada mañana en ‘Vamos a ver‘, se esconde una biografía forjada a golpe de adversidad. La artista multidisciplinar ha echado la vista atrás para recordar el episodio que fracturó su niñez: una traumática separación parental en plena noche de Reyes que la obligó a crecer de forma prematura en una portería de Tánger.
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Nacida en Marruecos después de que sus padres, ambos malagueños, se trasladaran allí tras la Guerra Civil, Bibiana describe su memoria como una «librería» organizada por orden emocional. Su llegada al mundo fue, en sus propias palabras, casi un accidente biológico. Sus padres llevaban 17 años casados y eran ya muy mayores; tanto, que su madre llegó a pensar que su embarazo era un «trastorno» físico. «Parece que fui un trastorno toda la vida», reflexiona la actriz con esa mezcla de ironía y profundidad que la caracteriza.
Una noche de Reyes entre lágrimas y juguetes
El punto de inflexión definitivo llegó cuando Bibiana tenía solo 6 años. En una fecha destinada a la ilusión infantil, el hogar se rompió de forma estrepitosa. «Se lió la de Dios es Cristo», recuerda sobre aquella noche en la que sus padres decidieron separar sus caminos. La imagen que guarda es de una crudeza absoluta: «Me fui esa noche a una portería en los brazos de mi padre, con los juguetes en la mano y llorando a lágrima viva».
A partir de entonces, su universo se redujo a una habitación compartida por turnos en una portería. Su padre, que entonces tenía 52 años y trabajaba como taxista, volcó toda su existencia en ella. «Todos dormíamos en la misma habitación. Mi abuela y mi tía en una cama, y yo en otra, que era donde dormía mi padre cuando llegaba de trabajar y yo me iba al colegio», relata sobre una precariedad que, sin embargo, estaba llena de un afecto que el pudor de la época impedía verbalizar.
El «exilio» a los 13 años y el espíritu conciliador
La infancia de Bibiana fue un ejercicio constante de equilibrismo emocional. Para no herir a su padre, fingía que no veía a su madre, aunque acudía a comer a su casa cada mediodía debido a la cercanía de las viviendas. «Fingía que no comía allí y comía en los dos sitios. Con 12 años pesaba 80 kilos», confiesa, atribuyendo a esa etapa su «espíritu conciliador».
Sin embargo, a los 13 años tomó la decisión de «exiliarse» para estudiar fuera. Sabía que aquel entorno familiar no era el propicio para la mujer que estaba destinada a ser. Ese alejamiento temprano le dejó una espina clavada que solo el tiempo ha podido mitigar: el deseo de haber compartido más tiempo «de mayor» con su padre para devolverle todo el cariño que él le dio en silencio.
La familia elegida y la lucha por la libertad ajena
Hoy, Bibiana Fernández se siente una mujer plena, aceptada y respetada. Tras años formando parte del equipo de Ana Rosa Quintana, asegura que sus compañeros son su «familia de satélites», ese refugio que construyen quienes no tienen una familia natural tradicional.
A pesar de su éxito, Bibiana no olvida sus raíces ni las dificultades de su transición. Por ello, insiste en que su lucha por la libertad nunca ha sido en nombre propio, sino por aquellos que, en rincones olvidados, aún no tienen derecho a vivir la normalidad que elijan. «Me gusta vivir y trabajar», sentencia una mujer que, tras 72 años de vida, ha demostrado que el secreto de la vitalidad es, sencillamente, no dejar de caminar.
