No siempre todas las salidas de los programas van a ser culpa de otros, y la de Alba Carrillo de El sótano club, consumada entre lágrimas, anunciada a destiempo y justificada después en un directo de Instagram cuyos puntos esenciales desmienten los hechos publicados, constituye el último eslabón de una cadena de portazos que arrancó en Telecinco, atravesó TVE y desemboca ahora en Ten. La presentadora culpa a la cadena de que no haya podido despedirse, a sus superiores de que el equipo ignorase su marcha y a Marta Riesco de un daño que jamás concreta, mientras niega unos bloqueos que este medio adelantó en exclusiva y que la propia Riesco ha despachado con un «Es falso todo lo que ha dicho». Entre tanto culpable ajeno, la pregunta vuelve a quedar sin respuesta: ¿dónde está su autocrítica?
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Un jueves de lágrimas, voces y una marcha comunicada a destiempo
Eran poco más de las seis de la tarde del jueves 15 de octubre y la mesa comentaba la fotografía de Shakira con Antonio de la Rúa cuando Carrillo consultó su teléfono, se levantó tapándose el rostro y desapareció de cámara sin ofrecer explicación alguna a la audiencia ni a quienes compartían plató con ella durante la emisión. Jorge Yorya tuvo que improvisar un «Se ha ido Alba, que está indispuesta. No pasa nada», Laura del Val trató de serenar a los espectadores y Alberto Guzmán ocupó el centro de la mesa para sostener la escaleta hasta el cierre, despidiéndose con un deseo que hoy suena a ironía involuntaria: «Mañana esperemos que nos acompañe nuestra querida Alba Carrillo». A partir de ese momento, la tarde adquirió una dimensión distinta, porque horas más tarde, en el Ateneo de Madrid, la misma presentadora proclamaba durante la puesta de largo de La Séptima que «para mí La Séptima es el futuro» y comunicaba ante los medios, y no ante su equipo, que el viernes sería su último día en el magacín.
Lo que sucedió dentro del plató aquel jueves, por su parte, tampoco se parece a la convivencia apacible que la presentadora describe ahora. Según ha podido saber este medio, Carrillo podría haber tratado mal y a voces a sus compañeros durante la jornada, en un ambiente que habría llegado a ser irrespirable, una información que choca de frente con su insistencia en que no existía guerra alguna con el equipo y con su «veréis que no me llevo mal». Si una mesa de tertulia se convierte en un lugar donde se grita a quienes la sostienen, la dificultad deja de ser una cuestión de agenda o de agotamiento y se convierte en una cuestión de convivencia profesional, cuya responsabilidad, a diferencia de la planificación del calendario, no puede atribuirse a ningún director.
Conviene detenerse, además, en la repercusión que semejante secuencia tiene para un programa diario, porque es precisamente lo que el directo del viernes se esfuerza en que se olvide. Según la información que este medio publicó en exclusiva, Carrillo habría comunicado su adiós a la dirección de El sótano club ese mismo jueves, la noticia fue recibida con incredulidad por los responsables del formato y sus compañeros se enteraron durante una pausa publicitaria, en plena emisión. Para una cadena, que su presentadora titular anuncie su marcha con menos de veinticuatro horas de margen implica la reconstrucción de una escaleta diseñada en torno a ella, la improvisación de una nueva conducción, la recolocación de un invitado ya comprometido para el viernes, como el cantante Andy, y la explicación ante la audiencia de una despedida que nadie en la casa había tenido oportunidad de preparar. No se trata de un trámite, sino de la diferencia entre la profesionalidad de quien cierra una etapa con oficio y la irresponsabilidad de quien deja a un equipo entero achicando agua en directo.
Este medio planteó ayer, en la información sobre su salida, que en Ten se dudaba de que Carrillo acudiera a su puesto en la que iba a ser su última emisión, una incógnita que entonces no implicaba necesariamente su ausencia, pero que retrataba con exactitud el grado de desconfianza que su manera de comunicar la marcha había instalado en la propia cadena, a menos de veinticuatro horas de la despedida prevista.
A media mañana del viernes, la cuenta oficial de Ten difundió, en nombre del equipo del programa, un mensaje escueto que dejaba sin emitir la entrega de ese día y según el cual «se avecinan cambios en el sotanito y, para eso, necesitamos algo de tiempo para trabajar en ellos», sin un solo nombre ni un solo reproche. Ni la cadena ni el equipo del programa han explicado por qué se suprimió la entrega, mientras la presentadora sostiene que «ha sido Ten quien ha decidido que se cancela el programa. Esto son cosas superiores a mí, pero yo no he decidido irme hoy». Ahora bien, cuando una cadena ignora a mediodía si su presentadora va a sentarse por la tarde en la silla central, ¿no habrá sido esa incertidumbre, sumada a la forma tardía en que se le comunicó la marcha, el verdadero motivo de que se optara por no emitir un programa cuya celebración tal vez no podía garantizarse? Es una hipótesis, y como tal se formula; sin embargo, resulta considerablemente más verosímil que la de una cadena caprichosa que, sin justificación alguna, decide privar a su audiencia de una despedida.
Un directo que corrige la realidad en lugar de explicarla
El directo de Instagram del viernes merece un cotejo minucioso, porque en él Carrillo no se limita a ofrecer su interpretación, sino que reescribe hechos perfectamente verificables. Ante sus seguidores aseguró: «Solo he bloqueado a una persona, y es a Marta Riesco». Horas antes, este medio había publicado, y mantiene en todos sus términos, que las bloqueadas en Instagram eran tres, Riesco, Guzmán y la colaboradora Anna Gurgui, y otra cabecera nacional informó después, por su cuenta, de que los tres habrían desaparecido de su cuenta sin que sus compañeros supieran qué había ocurrido. La presentadora invocó a Guzmán como su «hermano», aseguró que acababa de hablar con él y anunció que se lo llevaría a La Séptima, pero no dedicó una sola frase a explicar por qué tres integrantes de su mesa dejaron de figurar entre sus contactos el mismo día en que ella abandonaba el plató. La negación de un bloqueo con la cuenta delante no equivale, en concreto, al desmentido de un rumor, sino a una invitación al espectador para que desconfíe de lo que cualquiera puede comprobar, y su afirmación de que solo bloqueó a una persona es, a la luz de lo que este medio ha publicado, falsa.
La cronología de su marcha, asimismo, tampoco sobrevive al propio directo. Carrillo afirmó primero que lo había «hablado con los directores desde el 28 de septiembre», rebajó minutos después esa fecha a que «ha sido una semana en la que había tomado la decisión y se lo había dicho a mis superiores» y desplazó hacia ellos el silencio con el equipo, puesto que «los superiores no lo dijeron al equipo esperando a que yo lo hiciera. Ahí ha habido problemática porque unas personas se enteraron y otras no», hasta reducirlo todo a que «al final ha sido un poco el teléfono escacharrado». Tres semanas, una semana o un solo día, según el minuto de la retransmisión, mientras la información de este medio sitúa la comunicación en el mismo jueves. Y la condición que, según su propio relato, puso a La Séptima cuando la llamaron. «Vale, pero tengo que estar en El Sótano, porque es parte de mí y no puedo dejar tirado al equipo», ha terminado exactamente así, con el equipo abandonado y la responsabilidad repartida entre quienes no adoptaron la decisión.
Su explicación del llanto contiene, de hecho, el dato que desarma la tesis de la salida forzada por las circunstancias. Relató que «ayer tenía una cosa de La Séptima en el Ateneo. Es verdad que me iba a ir antes de El Sótano. Me fui llorando porque era mi penúltimo día, ya lo había comunicado a la dirección y estaba totalmente desbordada», una confesión que sitúa en la agenda de la nueva cadena, y no en ningún agravio de la mesa, la razón por la que aquella tarde tenía previsto marcharse antes de que terminara la emisión. Justificó, asimismo, el silencio de las primeras horas, mientras sus compañeros cubrían su ausencia, con el argumento de que «a veces las cosas no son inmediatas porque no tengo tiempo», difícil de conciliar con su presencia, esa misma noche, ante los medios en el Ateneo, y remató con un «sabéis que yo doy la cara y no tengo problema» que encierra una paradoja difícil de ignorar, porque el jueves la cara la dieron sus compañeros.
Marta Riesco, la compañera elegida para cargar con el señalamiento
Escuchado en su integridad, el directo culmina, sin embargo, en la designación de un nombre propio. De Riesco afirmó que «ha hecho mucho daño a personas que yo quiero mucho», que es «la única persona con la que no quiero tener trato», que no la invitó a su cumpleaños porque asistía Rocío Carrasco y que, durante la temporada, «hay veces que te tienes que comer cosas porque mis directores han decidido eso y yo me lo he tenido que comer». El sufrimiento que invoca carece, eso sí, de episodios, de fechas y de responsables identificables, condensado en una formulación que nada concreta, «pasaron cosas, yo sufrí y me fui». La periodista contestó en X pocas horas después sin margen para la ambigüedad: «Es falso todo lo que ha dicho. Alucinando estoy. No es cierto», escribió, antes de añadir que «iba a quedarme callada por el bien de todos, pero las mentiras caen por su propio peso. Nada de lo que ha contado Alba es cierto, nada. Entiendo que mis compañeros hablarán. Estoy muy triste y decepcionada». La réplica inmediata llegó de Lucía Pariente, madre de la presentadora, para quien «la palabra ‘falso’ te queda grande», como si la solidaridad familiar bastara para convertir en hechos comprobados lo que solo eran afirmaciones.
Según ha podido saber este medio, Carrillo podría tenerle envidia a Riesco desde hace tiempo, una circunstancia que, de confirmarse, situaría el veto en un terreno mucho menos noble que el de la lealtad a una amiga. Señalar públicamente a una compañera como origen de un daño que no se describe, el mismo día en que se abandona su mesa y con una advertencia de ella misma de que sus compañeros hablarán, no constituye una explicación, sino la fabricación de una responsabilidad a la medida del relato, y quien presume de dar la cara debería empezar por concretar de qué acusa exactamente a la persona a la que ha borrado de sus contactos.
El contraste con lo sucedido hace apenas dos semanas resulta, de hecho, revelador. Cuando Carrillo faltó a finales de septiembre por encontrarse indispuesta, fue Riesco quien salió en su defensa en antena y negó que aquella baja tuviera que ver con Omar Montes o con Feliciano López, con un «tenemos que ser honestos con vosotros, no estamos ocultando nada». La compañera que la protegía en su ausencia es hoy la única a la que reconoce haber bloqueado.
Telecinco, Televisión Española y Ten: cargar, desdecirse y volver a empezar
Nada de lo ocurrido esta semana resulta inédito para quien conozca su trayectoria, que acredita, conviene subrayarlo, una notable capacidad de trabajo desde su debut en 2007 en Supermodelo, sus años en Sálvame y Ya es mediodía y sus segundos puestos en Supervivientes y GH VIP. Fue en Telecinco, no obstante, donde se consolidó el mecanismo de la confrontación seguida de la reconciliación. El 5 de octubre de 2021, en plena gala de Secret Story, abandonó el plató tras enfrentarse a dos colaboradores, con una sentencia contra la organización: «Se queda Secret Story con la gente a la que se le permite todo, yo me voy». El 30 de octubre, Carrillo abandonó enfadada el plató tras el polígrafo a su madre en Sábado Deluxe, arremetió contra la cadena en redes y publicó una carta. «Cuando no vale todo en televisión», en la que acusaba a programas de su propia casa de difundir «calumnias y difamaciones» y de actuar «promoviendo y potenciando el odio y el rechazo hacia la mujer en virtud de la mentira». Mientras tanto, el texto desapareció de su Instagram, y el 11 de noviembre de 2021 regresó a Ya es mediodía, en la misma cadena a la que acababa de acusar de fomentar el odio hacia las mujeres. Durante la gala de esa misma noche, Jorge Javier Vázquez le dedicó un «Tápate, Alba, el silencio te favorece» que la hemeroteca ha vuelto profético.
Su contrato con la productora de Ya es mediodía expiró el 31 de marzo de 2023 sin renovación. En aquella ocasión, primero se despidió en Instagram agradeciendo «todo el cariño y las muestras de apoyo»; a finales de abril, en una televisión autonómica, sostenía ya que en Telecinco «están botando lo bueno y se están quedando con lo malo»; en junio atribuía su salida a una directiva a la que apodaba «Whisper», y la desvinculación acabó en una demanda por despido resuelta con acuerdo en diciembre de 2023, a la que siguió su acusación de que el GH VIP en el que quedó segunda estaba amañado. En junio de 2026, tras años de hostilidad declarada, pasó a elogiar el «arranque de valentía» de Jorge Javier. En la pública, la secuencia de mayo fue todavía más vertiginosa: el 9 de mayo renunció a D Corazón con un «No me importa si me quedo sin trabajo. Encantada» y un «¿Tengo que dar las gracias? Anda a la mierda», el 11 leía una carta en la que proclamaba «Quiero mucho a TVE», el 12 aplaudía a la corporación por su postura sobre Eurovisión y el 13 arremetía contra Benita Castejón con un «Cada vez que te enfadas llamas a José Pablo», en alusión al presidente de RTVE. Primero el agradecimiento, después la confrontación y, finalmente, la reconciliación o el olvido, sin que en ninguna de esas estaciones apareciera una sola manifestación de responsabilidad propia.
La honestidad obliga, igualmente, al reconocimiento de lo que es suyo: Carrillo tiene todo el derecho a cambiar de cadena, a elegir el proyecto que más le ilusiona y a admitir que estuvo «compaginando La Séptima con El Sótano pensando que era todopoderosa», y llorar en directo pertenece al terreno de lo humano. Ten demostró, por su parte, una confianza poco habitual en la televisión actual, le entregó en abril su primer programa diario como presentadora titular, la sostuvo con medias que en mayo rondaban el 0,5% de cuota y la renovó en junio para una segunda temporada. Quien recibe semejante respaldo y se marcha con la emisión a medias carece de legitimidad para despedirse responsabilizando a la casa que la sostuvo.
Opiniones crueles, lealtades a la fuerza y una pregunta para La Séptima
Una presentadora de tertulia vive, ciertamente, de la opinión, y nadie puede exigirle a Carrillo la renuncia a la crítica de un formato, de una cadena o de la actuación de un personaje público. Sin embargo, las opiniones que ha emitido en sus últimas tardes de El sótano club han sido, en ocasiones, crueles, y han ridiculizado a personajes y personas con una saña que nada tiene que ver con el análisis. El 8 de mayo sentenció que «todos los problemas no son tan graves como lo es parecerse a Leticia Sabater» y remató a Leticia Sabater llamándola «bicharraca»; el 5 de octubre se dirigió a Ana Obregón con un «Mira, Anita, que ya no haces gracia a nadie, si es que alguna vez la has hecho», y al día siguiente contó entre risas que había bloqueado a Fani Carbajo, a la que despachó con un «¡Qué pesada es!» y un «Ser de La Isla de las Tentaciones, vale, pero también facha… todo no se puede». Son solo algunas de sus lindezas.
La preocupación, no obstante, no reside en cada descalificación aislada, sino en la lógica de adhesión incondicional que las vertebra, según la cual, con Alba Carrillo, parece que o se le da la razón o se está contra ella. En mayo bloqueó a Alberto Guzmán en todas sus vías de comunicación por haber pedido disculpas a María Patiño; trató como una deslealtad personal la opinión de Benita, a quien consideraba cercana; el 5 de octubre anunció en antena a Paloma García-Pelayo que la había bloqueado; bloqueó a Carbajo por discrepar de sus ideas y, esta semana, a la compañera que la había defendido en su ausencia. Este mismo medio lo comprobó en junio, cuando tras publicar una información que no le agradaba recibió una llamada en su nombre que exigía retirarla y advertía de que toda información futura sobre ella debía contrastarse antes con la propia presentadora, como contó entonces en un editorial. Esa división de la realidad entre leales y enemigos, en la que la discrepancia equivale a la traición, resulta cuanto menos peligrosa en cualquier ámbito de la convivencia, y en un plató, donde la discrepancia es la materia prima del oficio, lo es todavía más.
Por ello, la cuestión ya no concierne a Ten, que ha cerrado la etapa con un comunicado sin reproches, sino a la cadena de José Miguel Contreras, que inicia sus emisiones el 5 de noviembre con Carrillo y Marta Márquez al frente de Fuera de Control y que, según la propia presentadora insinúa, podría confiarle incluso las Campanadas, puesto que en su directo afirmó: «Espero que sí. No quiero dar primicias, pero me da la impresión de que sí». Contreras ha incorporado, en definitiva, a una presentadora con indudable capacidad de convocatoria y con un estilo que genera conversación, precisamente lo que una cadena recién nacida necesita para hacerse oír, pero junto a ella ha incorporado también un historial de portazos que se repite cadena tras cadena, de relatos que se corrigen sobre la marcha y de compañeros que pasan de aliados a señalados en el plazo de una tarde. Su propia máxima del viernes, «hay que saber cerrar puertas», admite, en definitiva, una interpretación que ella omite deliberadamente: también hay que saber cerrarlas sin portazo y sin la descalificación pública de quienes se quedan dentro.
¿Le permitirá La Séptima todas sus salidas de tono? La respuesta no dependerá de las promesas de Carrillo en la presentación ni de la evolución de las audiencias durante las primeras semanas, sino del día en que ese plató se le tuerza, ya sea una pregunta incómoda, una compañera con la que no desee trabajar, una directiva que le lleve la contraria o una audiencia que no acompañe. Será entonces cuando se sepa si la nueva cadena ha fichado a una presentadora con capacidad de autocrítica o únicamente a alguien que, como en Telecinco, en Televisión Española y en Ten, encontrará fuera de sí misma a quien atribuir cada portazo, porque una carrera de casi veinte años puede sobrevivir a muchas salidas, pero difícilmente a la convicción, reiterada en cada una de ellas, de que la culpa siempre la tiene otro.
