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Cultura

Ara Malikian desarma el mantra de la productividad desde su violín: «Si una obra consigue vencer a TikTok durante una hora, es que está muy viva»

Pedro Serrano González
6 min 86
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Que un hombre que se gana la vida haciendo sonar un violín salga a defender el silencio tiene algo de herejía, y Ara Malikian lo sabe perfectamente. En una entrevista publicada este viernes por GQ, el violinista desmonta uno de los mantras más repetidos de nuestra época con una frase que le resume entero: «Nos venden que el tiempo es oro. Yo creo que lo que de verdad es oro es el tiempo muerto, el tiempo que aparentemente no sirve para nada». Y desde ahí construye un alegato contra la música convertida en decorado, contra la perfección fría de las grabaciones modernas y contra la idea, según él perezosa, de que los jóvenes ya no saben escuchar. Lo que le preocupa no es la atención de nadie: es que ya nadie tenga ratos vacíos.

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«El silencio también es música» y otras herejías de un violinista

La conversación arranca por el equipaje, que en su caso es una biografía en miniatura. Ara Malikian lleva décadas midiendo su vida en trayectos —Beirut, Londres, Madrid, trenes, hoteles y aeropuertos— y de esa vida errante ha sacado una conclusión sobre la pertenencia que aplica también al oído: «Yo nunca he sentido que perteneciera del todo a un sitio. Al principio eso duele. Luego descubres que puedes pertenecer a muchos». Y remata con la frase que explica su forma de tocar: «Mi oído está hecho de Beirut, de Londres, de Madrid, de los trenes, de los hoteles y de la gente que me fui encontrando. Al final, uno acaba siendo la suma de todo lo que ha escuchado».

De ahí salta a la reivindicación que da título a la entrevista y que, viniendo de él, resulta especialmente llamativa. «El silencio está muy infravalorado. La gente le tiene miedo. Para mí, el silencio también es música», sostiene, y confiesa que necesita tramos de media hora sin oír absolutamente nada. Conviene aclarar el marco, porque la conversación llega de la mano de una marca: el músico es embajador de Sony y la entrevista se publica al hilo de la presentación de una edición premium de auriculares. Dicho lo cual, lo que sostiene sobre el sonido va bastante más allá del catálogo: pide equipos «que no quieran impresionar, sino ofrecer un sonido puro y honesto», igual que los músicos, y confiesa que le cansa el aparato que «intenta demostrar continuamente lo bueno que es maquillando el sonido».

El vinilo de su padre y la trampa de la perfección

El momento más revelador de la entrevista llega cuando le preguntan cuándo fue la última vez que escuchó un disco entero sin hacer nada más. La respuesta es una escena doméstica con carga emocional: recuperó un vinilo antiguo de su padre, la Novena Sinfonía de Mahler dirigida por Bruno Walter, una grabación en directo de 1961. «Echaba muchísimo de menos escuchar esos vinilos antiguos, grabados en directo, con sus pequeños fallos, sus ruidos, las respiraciones de la orquesta», cuenta. Y de ahí extrae una crítica que va directa al corazón de la industria: «Qué pena que nos hayamos obsesionado a veces con una perfección tan fría. Aquello tenía una textura y una verdad increíbles». Su descripción de aquella escucha no admite matices: «Fue como un salto cuántico a otra época. Estaba en trance».

Ese mismo argumento lo lleva después al terreno más incómodo, el de los festivales de verano, y ahí no se anda con rodeos. «Se pierde la posibilidad de que te cambie, de que te transforme», responde cuando le preguntan qué se pierde al convertir la música en fondo. «La música no está hecha solo para decorar el ascensor o una cafetería. Incluso muchos festivales de verano han dejado de ser festivales de música para convertirse en festivales donde la música acompaña al festival. Ya no se escucha. Está de fondo». Es, probablemente, la frase más afilada de toda la conversación, y va dirigida a un modelo de negocio que en España mueve millones cada verano.

Contra el tópico de que los jóvenes no saben escuchar

Donde sí se desmarca del discurso apocalíptico habitual es en el asunto generacional, y lo hace con una ironía que desactiva el tópico entero. «No me gusta eso de decir que los jóvenes ya no saben escuchar. Creo que los mayores llevamos siglos diciendo que la siguiente generación es peor. Es casi una tradición», afirma. Su diagnóstico no apunta a las personas sino al ecosistema: «Lo que pasa es que hoy todo compite por tu atención. Todo está acelerado». Y de ahí sale su prueba del algodón para medir si una obra sigue viva: «Si una obra consigue vencer a TikTok durante una hora… es que esa obra está muy viva».

Al público que llena sus conciertos le concede un mérito que describe casi en términos físicos: «Muchas veces la gente llega acelerada, con la cabeza en mil sitios. Pero pasan diez minutos… y ocurre algo. Empiezan a respirar juntos. Es casi físico. Ese momento me sigue pareciendo un pequeño milagro». Y cuando le piden una recomendación para quien nunca se ha acercado a la clásica, se niega a convertirlo en deberes: «La música no es un examen». Solo al final acepta nombrar una pieza, y la elección delata su tesis completa. No pondría música para que nadie aprendiera música, dice, sino «para que aprendieran a parar»: la Chacona de Bach para violín solo, quince minutos volviendo una y otra vez sobre la misma idea. «Parece que no pasa nada… y pasa absolutamente todo». Su definición de lo que hace, por cierto, cabe en dos líneas: «La emoción no es un puente. Es el destino. La técnica es el vehículo. Si al final del concierto la gente solo piensa que has tocado muy rápido… has perdido».

Pedro Serrano González
Escrito por Pedro Serrano González

Pedro Serrano González es un comunicador y productor con una trayectoria ligada a los grandes nombres de la radio, la televisión y los nuevos formatos digitales. Al frente de Vibras en Corte, impulsa un proyecto que convierte la actualidad televisiva y el entretenimiento en clips virales con personalidad propia.

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