El número uno del tenis español se ha ido de vacaciones y ha vuelto con compañía. Carlos Alcaraz ha sido fotografiado en la Costa Amalfitana a bordo de su yate junto a una joven con la que, según las imágenes, mantiene una actitud inequívocamente cariñosa. La exclusiva la publica la revista Semana, cuyo director, Jorge Borrajo, adelantó este martes los detalles en ‘El verano se mueve‘ (Telecinco) sin andarse por las ramas: «Hemos pillado a Carlos Alcaraz en la Costa Amalfitana en compañía de una atractiva joven rubia, con quien ha compartido momentos tiernos y de mucha intimidad». Traducido: el tenista más discreto del circuito acaba de protagonizar, sin quererlo, la primera gran portada del verano.
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Un escenario de película y un barco de diez millones

El escenario no es casual. La Costa Amalfitana se ha convertido en los últimos veranos en el refugio favorito de la élite deportiva y del famoseo internacional que huye de Ibiza y de Marbella buscando algo más resguardado: acantilados imposibles, pueblos colgados del mar y, sobre todo, la posibilidad de fondear lejos de las miradas. O eso creían. Porque el barco desde el que el murciano ha disfrutado de estos días es difícil de camuflar: el tenista adquirió el pasado mes de abril un catamarán de la firma Sunreef Yachts, un modelo Ultima 88 de casi 24 metros de eslora valorado en unos diez millones de euros, con cuatro camarotes, suite principal, piscina y hasta garaje para motos de agua. Un juguete que, por definición, no pasa desapercibido en ninguna cala del Mediterráneo.
Fue precisamente esa compra la que lo situó en la misma liga que Rafa Nadal o Fernando Alonso, deportistas que hace tiempo entendieron que el yate no es un capricho, sino la única forma de tener intimidad cuando tu cara es reconocible en medio planeta. La ironía de esta semana es evidente: el vehículo comprado para huir del foco se ha convertido en el escenario donde el foco lo ha encontrado.
La vida sentimental más protegida del deporte español
Y aquí está lo que convierte estas imágenes en noticia. Porque si algo ha caracterizado al tenista murciano desde que se convirtió en una figura mundial es una discreción casi obsesiva sobre su vida privada. Mientras su carrera deportiva se disecciona golpe a golpe, su terreno sentimental ha permanecido convenientemente vacío de titulares: sin confirmaciones, sin posados, sin exclusivas pactadas y sin ese goteo de indirectas en redes que otros deportistas de su generación utilizan como estrategia. Ha construido un muro y lo ha mantenido en pie con una eficacia notable.

De ahí que cualquier grieta se convierta automáticamente en material caliente. En los últimos meses su nombre ya había aparecido vinculado a alguna cara conocida —el pasado junio se habló de un encuentro especialmente cómplice con la cantante Ana Mena en Marbella, del que ninguno de los dos dijo jamás una palabra—, pero nunca hubo confirmación ni la habrá previsiblemente ahora. El campeón no acostumbra a responder a este tipo de informaciones, y su entorno tampoco.
Descanso obligado y verano tranquilo… hasta hoy

Las fotografías llegan, además, en un momento particular de su calendario. El deportista atraviesa un periodo de descanso, lejos de la vorágine de la temporada, y ha aprovechado el paréntesis para desconectar en el Mediterráneo con la calma de quien sabe que lo que viene después es exigente. Esa desconexión, que hasta este martes era estrictamente privada, ha durado exactamente lo que tarda un teleobjetivo en encontrar un catamarán de veinticuatro metros.
Habrá que ver ahora si el murciano rompe su norma no escrita y dice algo, o si opta por lo que ha hecho siempre: absolutamente nada. La segunda opción es infinitamente más probable. Mientras tanto, las imágenes ya circulan, la identidad de la joven se ha convertido en el juego del verano en los platós de la tarde y el tenista se enfrenta al único rival contra el que nunca ha sabido jugar del todo bien: la prensa del corazón, que lleva años esperando pacientemente su turno. Y que, por fin, lo ha encontrado.
