Cada vez que Juan Carlos Rivero se sienta ante un micrófono, media España contiene la respiración a la espera del próximo resbalón. Y en el trascendental España-Portugal que anoche metió a la Selección en los cuartos del Mundial 2026, el veterano narrador de RTVE no defraudó a quienes ya lo dan por caso perdido: confundió al guardameta luso Diogo Costa con Diogo Jota, el futbolista fallecido en el verano de 2025 en un accidente de tráfico. Un desliz tan desafortunado por la memoria que evoca como revelador de un patrón que se repite partido tras partido y que ha convertido las retransmisiones de la cadena pública en una ruleta rusa de despropósitos.
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Un tropiezo que, esta vez, no admitía la carcajada fácil

El error se produjo en el minuto 63, con el partido en su punto de máxima tensión y el comentarista arropado en cabina por Verónica Boquete y Mario Suárez. Que un narrador baraje nombres durante una retransmisión frenética entra dentro de lo humano; lo que resulta más difícil de digerir es que ese lapsus recaiga precisamente sobre un deportista tristemente desaparecido, cuyo recuerdo merece el mayor de los respetos. No es terreno para la burla, y por eso conviene dejar al margen la tragedia y centrar el foco donde de verdad corresponde: en la acumulación de meteduras de pata de un profesional que parece haber hecho del error su seña de identidad.
Porque el problema no es un tropiezo aislado, sino la reincidencia. La equivocación se propagó a la velocidad del rayo por X, donde el nombre del comentarista volvió a coronar las tendencias en cuestión de minutos, en un ritual que ya se ha vuelto rutina. La audiencia lleva tiempo dividida entre quienes se lo toman a chanza y quienes, hartos, reclaman sin ambages su sustitución al frente de una cita tan importante. Y no les falta munición.
Un historial de despropósitos difícil de igualar
El repaso a su hoja de servicios en este mismo Mundial resulta demoledor. En el España-Cabo Verde, el narrador fue capaz de equivocarse a los cinco segundos de partido, situando el arranque del torneo en Atlanta cuando el balón echaba a rodar bien lejos de allí. Antológica fue también aquella ocasión en la que cantó un gol de Ferrán Torres atribuyéndoselo a Jesús Navas, para acto seguido rebautizar al delantero como «Ferrán Martínez», nombre que en realidad corresponde a un mítico exjugador de baloncesto. Confundir al futbolista, cambiarle el apellido y, de paso, mezclar disciplinas deportivas en una sola secuencia es una proeza que solo está al alcance de unos pocos elegidos.
Errores geográficos, confusiones de identidad, cantos de gol precipitados y comentarios que a menudo rozan lo delirante conforman un anecdotario que ha terminado por sepultar cualquier valoración sobre su trabajo estrictamente periodístico. Lo que en su día fue una voz respetada se ha ido deslizando hacia un terreno pantanoso en el que sus intervenciones generan más sonrojo que emoción, y en el que cada partido amenaza con regalar una nueva perla para la colección. La sensación generalizada es la de una narración desgastada, ajena al ritmo y a la exigencia que reclama un acontecimiento de esta magnitud.
La gran incógnita: ¿qué hace narrando la Selección?
La pregunta que se hacen millones de espectadores es tan sencilla como incómoda: ¿cómo es posible que semejante rosario de errores no tenga consecuencias? No conviene olvidar que la propia dirección de RTVE llegó a apartarlo en su día de las grandes citas por la cantidad de fallos que acumulaba, y que su regreso a la narración de los encuentros de la Selección, ya en 2024, sorprendió a propios y extraños. Que se le confíe nada menos que un Mundial, con la que está cayendo, resulta para muchos sencillamente inexplicable, salvo que la corporación haya decidido reconvertir sus retransmisiones en un formato de humor involuntario y a él en su bufón viral.
El propio narrador, eso sí, se defiende con la coartada de siempre. «Hay críticas con fundamento y otras que solo buscan likes», ha llegado a deslizar, restando importancia a unos errores que, asegura, «no son tantos como la gente dice». Reconoce que se equivoca, pide disculpas y presume de no leer lo que se comenta sobre él en las redes, un blindaje muy cómodo para quien colecciona tropiezos semana tras semana. La estrategia de encajar los palos con humor —hasta el punto de que su propia hija gestiona una cuenta que se ríe de sus meteduras— puede resultar simpática, pero no esconde el fondo del asunto: una retransmisión de altísimo nivel merece una voz a la altura.
Mientras la Selección pelea por hacer historia sobre el césped, la cadena pública se empeña en acompañar la gesta con una narración que se ha convertido en el hazmerreír de las redes. Y ahí reside la paradoja más incómoda: el mérito de los futbolistas queda cada noche eclipsado por el enésimo disparate de quien debería realzarlo. O Juan Carlos Rivero recupera de golpe el rigor que un día lo encumbró, o más le valdría asumir de una vez que su papel en este Mundial ya no es el de comentarista, sino el de involuntario cómico de la función. Porque, a estas alturas, nadie sabría decir qué hace narrando partidos si no es porque, sin pretenderlo, se ha metido a humorista.
