Hay anécdotas que, más que una simple confidencia televisiva, funcionan como un retrato demoledor. La que protagonizó Jon Sistiaga en La Revuelta pertenece a esa categoría. El veterano corresponsal de guerra destapó ante David Broncano la mezquina jugarreta que le hizo Telecinco tras uno de los episodios más traumáticos de su vida: haber pasado una semana secuestrado. La cadena de Fuencarral no dudó en escatimarle lo que le correspondía, pero sí puso todo su empeño en rentabilizar su drama personal convirtiéndolo en contenido para la parrilla.
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Una semana secuestrado en Kosovo

El suceso se remonta a 1999, cuando el periodista cubría la guerra de Kosovo como enviado de Telecinco. Durante aquella cobertura, Sistiaga fue secuestrado y permaneció una semana entera retenido, viviendo en primera persona el horror que había ido a documentar. Su liberación, según relató, llegó de la manera más insólita: gracias a la intermediación de varios futbolistas serbios que por entonces jugaban en equipos españoles y que movieron los hilos necesarios para lograr su puesta en libertad. Un desenlace afortunado para una experiencia límite que dejó una huella imborrable en el reportero.
Cualquiera pensaría que el regreso a casa de un trabajador tras semejante calvario sería motivo de un trato exquisito por parte de su empresa. Nada más lejos de la realidad. Lo que se encontró el periodista al pisar de nuevo España fue una actitud que, más de dos décadas después, todavía relata con incredulidad y que retrata a la perfección la sensibilidad —o la absoluta falta de ella— con la que la cadena gestionó el asunto.
«No me pagaron. Ahí se quedó»

El relato del corresponsal no tiene desperdicio. «Cuando regresé, mi jefe me quiso dar una semana de vacaciones en Tenerife, pero yo quería hablar con el de recursos humanos de Telecinco», recordó. Su pretensión era tan razonable como legítima: cobrar como horas extras los siete días que había pasado secuestrado, un tiempo del que, además, la cadena pensaba sacar tajada, pues de aquella durísima experiencia se extrajo abundante material para después contarlo en antena. Lo que ocurrió a continuación resume la filosofía de la casa mejor que ningún análisis.
«El tío empezó a echar la cuenta de las horas extras y me dijo que no se podía, pero querían que contase todo lo que me había pasado durante el secuestro», reveló el periodista, dejando perplejo a Broncano. La conclusión, lapidaria, la puso el propio Sistiaga: «No me pagaron. Ahí se quedó». La cadena, en definitiva, consideró que abonar unas horas extras a un empleado que acababa de sobrevivir a un secuestro era pedir demasiado, pero no tuvo el menor reparo en querer exprimir su testimonio para llenar minutos de emisión. Una doble vara de medir que dice mucho de cómo se entendía el negocio en Fuencarral.
Del billete de Sadam Husein a su fallido regreso a Mediaset
La confesión llegó en el marco de la visita del reportero a La Revuelta, adonde acudió para promocionar su último proyecto documental. Fiel a su estilo, Sistiaga no llegó con las manos vacías: le regaló a David Broncano un billete con la cara del dictador Sadam Husein fechado en 2003, un objeto que consiguió mientras informaba sobre la guerra de Irak, también entonces para Telecinco. De aquella etapa rescató otras historias que ilustran su arrojo profesional, como la manera en que sorteaba la censura del régimen iraquí guardando material para difundirlo al salir del país o, incluso, emborrachando a los censores para poder enviar imágenes veraces.
Resulta cuando menos llamativo que sea precisamente Mediaset el grupo al que el periodista ha regresado en tiempos recientes con Proyecto Sistiaga, un espacio de reportajes sociales que, sin embargo, no logró despuntar en audiencias. La escasa fortuna de aquel reencuentro añade un punto de ironía a un relato que dibuja una relación, cuando menos, accidentada entre el reportero y la cadena. Y es que, a la luz de lo que él mismo contó, el vínculo nunca partió de un trato demasiado generoso.
El drama humano como mercancía

Más allá de la anécdota concreta, el testimonio de Jon Sistiaga deja al descubierto una forma de entender la profesión en la que el sufrimiento de un trabajador vale oro cuando se puede convertir en espectáculo televisivo, pero se vuelve una molestia en cuanto toca compensarlo económicamente. Que un corresponsal secuestrado durante una semana tuviera que pelear —y perder— por unas horas extras mientras la cadena hacía cola para explotar su historia habla por sí solo. Décadas después, la confesión del periodista en La Revuelta ha vuelto a poner sobre la mesa una vieja mancha en el historial de Telecinco, ese en el que el drama humano siempre ha cotizado más como contenido que como algo por lo que responder.
