El ilusionismo español se queda sin su rostro más reconocible. Juan Tamariz ha fallecido este martes a los 83 años en el hospital Clínico San Carlos de Madrid, según ha confirmado su hija Ana Tamariz en una publicación en Instagram. Se va el hombre que convirtió una baraja de cartas en un espectáculo de masas, el que salía en televisión con sombrero de copa y melena rizada y dejaba a media España con la boca abierta preguntándose cómo demonios lo había hecho.
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Muere en el Clínico San Carlos y la confirmación llega de su propia hija
La noticia la ha confirmado la familia sin intermediarios. Ha sido Ana, hija de Juan Tamariz y directora de la escuela de magia que lleva el apellido del maestro, quien ha comunicado el fallecimiento en una historia publicada en sus redes sociales. Juan Manuel Tamariz-Martel Negrón —ese era su nombre completo, el que casi nadie usaba— ha muerto a los 83 años en el hospital Clínico San Carlos de Madrid, la ciudad en la que nació y en la que empezó a hacer trucos siendo un crío. La familia no ha detallado por el momento las circunstancias del fallecimiento ni ha informado de dónde se instalará la capilla ardiente, un dato que suele trascender en las horas siguientes y que en su caso promete concentrar a buena parte de la profesión.
Juan Tamariz nació en Madrid el 18 de octubre de 1942 y llevaba desde los cuatro o cinco años haciendo trucos, según contó él mismo en varias ocasiones. Su hija Ana dirige la escuela de magia que lleva su nombre y fue una de sus alumnas: el maestro le enseñó personalmente, igual que hizo con magos de todo el mundo a los que recibió en Madrid o visitó en sus giras. Ganó el Premio Mundial de Cartomagia en el Congreso Mundial de Magia celebrado en París en 1973, y aquella fue su carta de presentación fuera de España. Publicó además decenas de volúmenes de teoría del ilusionismo que hoy son material de estudio obligado para cualquiera que se dedique a la cartomagia.
El hombre que hizo popular la cartomagia en televisión

Los espectadores españoles se acostumbraron a su cara, a su sombrero de copa, a su dentadura desigual y a su melena rizada en Un, dos, tres… responda otra vez, donde fue Don Estrecho, uno de Los Tacañones. Desde aquel salto a la pequeña pantalla ya no desapareció de ella: siguió apareciendo en programas, especiales y platós durante décadas, siempre con la baraja en la mano y siempre acompañando el juego de un sentido del humor que era parte del número y no un adorno. Su manera de rematar un efecto —el gesto, el sonido, la cara de asombro compartida con quien estaba enfrente— acabó siendo tan reconocible como los propios trucos.
Antes de ser famoso pasó años sin que lo contratara nadie. Él mismo lo contaba sin ningún pudor: vivieron una temporada larga gracias al sueldo de enfermera de su entonces compañera, con viajes a Galicia a casa de los suegros y vuelta a Madrid con el maletero lleno de comida. Estudió Físicas al terminar el Bachillerato, aunque su intención real era el cine —su primer cortometraje, El espíritu, fue también el debut de Carmen Maura—, y acabó dejando las dos cosas por la baraja. Ingresó con 18 años en la Sociedad Española de Ilusionismo después de que dos años antes ni siquiera le dejaran examinarse por edad; cuando por fin lo hizo, el jurado se saltó su propia norma.
Un legado que se estudia en medio mundo

Lo que deja Juan Tamariz no cabe en una lista de apariciones televisivas. Deja decenas de libros de teoría de la magia que se estudian dentro y fuera de España, deja una escuela con su nombre que dirige su hija Ana y deja una idea del oficio que él resumía en una frase sencilla: los magos no son competitivos, lo bonito es compartir. Predicó con el ejemplo llevándose a España a figuras internacionales como el argentino René Lavand —capaz de hacer sus juegos solo con la mano izquierda mientras recitaba a Borges— o el francés Gaëtan Bloom, y enseñando sus secretos a cualquiera que quisiera aprenderlos. Para él la magia servía para producir asombro, y el asombro, decía citando a Sócrates, es el principio del conocimiento.

No se retiró nunca, en el sentido literal de la palabra. Bromeaba con que lo haría a los 106 años, cuando llegaran los achaques, porque jubilarse de una pasión es muy difícil y hay un fuego dentro que quema. Entrenaba ocho horas diarias en sus mejores años y aseguraba que la magia era lo segundo que hacía al levantarse, justo después de rascarse un poco y coger la baraja. Ese es el hombre que ha muerto este martes en Madrid: no un señor que hacía trucos, sino alguien que dedicó ochenta años —desde aquel primer juego a los cuatro o cinco— a perfeccionar la manera de dejar a otro con la boca abierta.
ACTUALIZACIÓN: noticia en elaboración
Esta información sobre la muerte de Juan Tamariz se está ampliando en este momento. Quedan pendientes de confirmar las circunstancias exactas del fallecimiento, el lugar y el horario de la capilla ardiente y del funeral, y las reacciones oficiales del mundo de la cultura, de la televisión y del ilusionismo español, que a esta hora empiezan a llegar. Iremos incorporando cada dato en cuanto quede confirmado, sin esperar a tener el conjunto completo.
