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Corazón

La herida de Isa Pantoja al ver la ruina de Cantora: «Siempre pensé que algún día volvería y no sé si seré capaz de verlo»

Pedro Serrano González
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La herida de Isa Pantoja al ver la ruina de Cantora: «Siempre pensé que algún día volvería y no sé si seré capaz de verlo»

Era la única voz que faltaba. Mientras Isabel Pantoja se blindaba en un comunicado y el resto del clan cerraba filas en un silencio espeso, Isa Pantoja había optado por no decir una palabra sobre las imágenes del deterioro de Cantora. Hasta ahora. Preguntada por sus seguidores en una tanda de preguntas y respuestas en sus redes sociales, la hija de la tonadillera ha confesado que ni siquiera se ve con fuerzas para encender la televisión: «Uff… quiero. En el fondo siempre pensé que algún día volvería, así que eso me hace sentirme triste y no sé si seré capaz de verlo».

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La frase encierra mucho más que una reacción a un programa de televisión. Encierra la constatación de que la casa a la que pensaba regresar algún día ya no es la casa que ella dejó. Y encierra, sobre todo, una nostalgia que no admite maquillaje: la de quien creció entre esas paredes y ahora las ve convertidas en un decorado de ruina retransmitido en horario de máxima audiencia. Para entender el tamaño de su tristeza hay que entender, primero, lo que se vio en pantalla.

La herida de Isa Pantoja al ver la ruina de Cantora: «Siempre pensé que algún día volvería y no sé si seré capaz de verlo»

Una casa vacía, con humedades, grietas y una piscina devorada por la maleza

El detonante de la confesión fue el especial que Telecinco emitió la noche del miércoles, El precio de… Cantora, conducido por Santi Acosta, en el que las cámaras accedieron por primera vez en cuarenta años al interior de la finca de Medina Sidonia. Lo que devolvieron aquellas imágenes no fue el santuario que la mitología del corazón español había construido durante décadas, sino un cascarón. La casa aparece literalmente vacía, sin muebles ni lámparas, con las paredes desnudas mostrando los colores amarillos y morados que antaño quedaban ocultos tras los armarios. Las humedades trepan por los muros, las grietas se abren a la vista y la suciedad se ha instalado en los dormitorios que un día fueron el corazón sentimental de la familia: el de la propia tonadillera, el de su madre, doña Ana, y el que perteneció a Paquirri.

Quedan, eso sí, los vestigios de una época irrepetible. En un salón siguen colgadas las ocho cabezas de toro que resumen la carrera del diestro. Sobrevive la sauna instalada en los años setenta, la habitación con caja fuerte donde se guardaban sus trajes de luces y la nave que se levantó para celebrar el bautizo de Kiko Rivera. Fuera, el panorama resultó todavía más descarnado. La piscina, tomada por la vegetación, arrancó a Canales Rivera uno de los comentarios más repetidos de la noche: «Esto más que la piscina es el Amazonas. Esto da una pena». Y la plaza de toros que mandó construir su tío, orgullo de la casa, ha quedado reducida a un descampado: «Esto ha pasado de ser una plaza de toros a ser un corral», lamentó el torero, que no había vuelto a pisar la finca desde 1984 y que resumió el recorrido con una frase seca: «Me siento vacío».

«Parece que estamos en una casa okupa»: el veredicto de quienes la sirvieron

La tesis que atravesó todo el programa, sostenida por las tres mujeres que trabajaron para la artista y volvieron con el equipo, es que ese abandono no se explica por los meses transcurridos desde que la cantante se instaló en Canarias, en enero de este año, sino por una dejadez de años. Pepi Valladares, su asistente de confianza durante una década, fue la más contundente: «Parece que estamos en una casa okupa», dijo, antes de rematar con un «no puedo imaginar que Isabel haya estado viviendo en estas condiciones» y una reflexión que duele más que cualquier grieta: «Ella decía que moría en Cantora». Laura Cuevas, que nació dentro de la finca por ser hija del mayoral y vivió allí veinticuatro años, se quedó mirando las manchas de las paredes: «Sé que hay humedad, pero nunca las he visto porque mi madre siempre las quitaba todas. Qué dejadez».

El deterioro material corre en paralelo a un derrumbe económico documentado. La propiedad, que heredó la tonadillera tras la muerte del torero en 1984 y de la que era copropietario su hijo, arrastraba una hipoteca impagada que rondaba los 2,2 millones de euros, lo que acabó llevándola al embargo y a la subasta a principios de este año. La finca, de más de quinientas hectáreas y unos dos mil metros cuadrados construidos, terminó vendida muy por debajo de su valor de mercado a un empresario del sector inmobiliario. En el propio especial se apuntó además al vaciado sistemático de sus bienes en tiempos de Julián Muñoz: «Se vendió todo lo que había, todo, hasta las lámparas».

«Irme de allí cuando fui mamá por primera vez me costó muchísimo»

Ese es el paisaje que Isa Pantoja no se atreve a mirar. Y en esa misma conversación con sus seguidores dejó una segunda reflexión que ilumina el fondo del asunto y explica por qué la ruina le duele de una manera tan personal. «Irme de allí cuando fui mamá por primera vez me costó muchísimo, pero me sirvió para encontrar mi fuerza interior con tantos cambios que tuve en mi vida y a tomar decisiones firmes para poder avanzar», escribió. La salida de Cantora, que en su día se leyó desde fuera como un episodio más del culebrón familiar, aparece ahora relatada por su protagonista como un punto de inflexión doloroso y, a la vez, fundacional. Marcharse le costó. Marcharse la hizo.

Hay una tristeza particular en la idea que vertebra sus dos mensajes: la de haber vivido durante años con la convicción íntima de que aquel regreso era posible, de que la puerta seguía entornada en algún lugar del futuro. Las imágenes emitidas por la cadena han clausurado esa posibilidad de golpe, no porque nadie se lo haya prohibido, sino porque lo que queda al otro lado ya no se parece a lo que ella recordaba, y porque la casa ni siquiera pertenece ya a su familia. No hay reproche en sus palabras, ni un solo dardo dirigido a su madre. Hay algo más difícil de gestionar en público: el duelo por un lugar.

El último silencio del clan, roto sin estridencias

La reacción de la hija de la cantante llega además cargada de un valor añadido: era la última que faltaba. Su madre había hecho público un comunicado horas antes del especial, desmarcándose por completo del formato, subrayando que era «totalmente ajena» a su contenido y deslizando que «la realidad es una sola». Se ha mantenido impasible ante la entrada de las cámaras en la que fue su propiedad. Ni el hijo de la tonadillera ni Anabel Pantoja han abierto la boca: ambos han preferido el silencio sepulcral y la trinchera.

En un ecosistema mediático acostumbrado a que los Pantoja se pronuncien a golpe de exclusiva, de plató y de contrato, la más joven del clan ha elegido el registro contrario: una respuesta breve a un seguidor anónimo desde el teléfono móvil, sin cámaras, sin escenografía y sin cobrar por ello. Ese detalle, en sí mismo, ya dice algo sobre el terreno emocional en el que se mueve. Por el momento no ha habido réplica alguna a sus palabras, ni desde el entorno de la artista ni desde el de su hermano.

Lo que sí ha quedado sobre la mesa es la fotografía de una familia que ya no comparte ni siquiera el relato de su propio hogar: una madre que se declara ajena a lo que se emite, un hijo y una prima parapetados en el mutismo, y una hija que confiesa, sin levantar la voz, que no sabe si será capaz de mirar. Cantora fue durante cuarenta años el símbolo de un imperio. Hoy, para quien creció en él, es sobre todo un sitio al que ya no se puede volver.

Pedro Serrano González
Escrito por Pedro Serrano González

Pedro Serrano González es un comunicador y productor con una trayectoria ligada a los grandes nombres de la radio, la televisión y los nuevos formatos digitales. Al frente de Vibras en Corte, impulsa un proyecto que convierte la actualidad televisiva y el entretenimiento en clips virales con personalidad propia.

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