Acudir, acompañar a su amiga, y hacer algo que seguramente hubieran preferido evitar porque ni Violeta Mangriñán, ni Marina Rivers lo necesitan, demuestra cómo es su relación con Lola Lolita.
Te recomendamos

Isa Pantoja se emociona en ‘¡De Viernes!’ al hablar de Julián Muñoz tras leer su carta desde prisión: «Me hizo sentir como si fuera su hija»

Beatriz Trapote reprocha a Belén Esteban que le haya dicho a su hija «lo malo que es su padre». Esteban avisa a Rosa Benito de que la verá por los pasillos de Telecinco

Lolita Flores dice en ‘¡De Viernes!’ que no conoce a la Isabel Pantoja de hoy: «Una Isabel que no ve a sus nietos, que no tiene contacto con su hija»

‘La Voz’ firma su mejor dato de espectadores de la temporada y deja otra vez a ‘¡De Viernes!’ por detrás en la noche del viernes: 12,6% frente a 12,3%
La amistad y las redes sociales son dos conceptos que muchas veces parecen condenados a llevarse mal. Existe una especie de creencia popular bastante instalada —sobre todo entre quienes miran el mundo influencer con cierto escepticismo— de que los creadores de contenido solo son amigos de otros creadores de contenido cuando hay una cámara delante, una marca pagando detrás o un photocall con suficientes flashes como para justificar el desplazamiento. Como si las relaciones personales entre personas con muchos seguidores funcionaran únicamente mediante contratos invisibles de intercambio de favores: yo te subo una historia, tú me comentas una foto y ambas fingimos que casualmente también nos caemos fenomenal.
Y claro, viendo algunas cosas, a veces cuesta desmontar la teoría. Porque hay eventos donde uno siente que no está en una fiesta sino en una gymkana de contenido patrocinado. Gente grabándose mientras se graba a otra gente grabándose. Sonrisas perfectamente ensayadas. Abrazos que duran exactamente el tiempo necesario para que TikTok los convierta en vídeo vertical. Amigos que se llaman “hermano” y luego no volverán a coincidir hasta la siguiente inauguración de una bebida energética con photocall. Pero quizá, como pasa con casi todo en esta vida, el problema sea generalizar demasiado rápido. Y exactamente de eso me di cuenta el pasado viernes en el festival de Lola Lolita, el Lola Lolita Land.
La prensa estaba citada a las seis y media de la tarde en San Sebastián de los Reyes. Ya desde la convocatoria se intuía que aquello iba a ser uno de esos eventos donde las marcas ponen mucho dinero, los invitados mucho look y los periodistas muchas ganas. Porque un photocall influencer puede parecer muy divertido desde fuera, pero desde dentro es básicamente una mezcla entre una maratón, una negociación diplomática y un simulacro de evacuación.
Entre los invitados confirmados había muchísimos nombres conocidos, pero para los medios había dos especialmente relevantes: Violeta Mangriñán y Marina Rivers. Y esto puede sonar superficial, pero en este tipo de eventos hay una realidad bastante simple: las marcas quieren repercusión. Quieren fotos, titulares, vídeos, clics y nombres potentes asociados a sus logos. Nadie invierte determinadas cantidades de dinero para que luego solo haya tres stories movidas y una galería perdida en internet titulada “rostros conocidos en un evento”. Por eso ciertos invitados son importantes. Porque convierten un evento bonito en un evento mediático. Y eso, guste más o menos, es parte del juego.
El problema es que ni Violeta ni Marina llegaban. Y el photocall era largo. Muy largo. Lo suficientemente largo como para ver desfilar a influencers, tiktokers, cantantes, creadores de contenido y algún que otro invitado que probablemente ni sabía muy bien cómo había acabado allí pero estaba disfrutando muchísimo igualmente. Pasaron todos. Literalmente todos. La empresa que organiza esta parte de la fiesta se marchó. Se retiraron las sombrillas que dos horas antes nos protegían del sol y la catenaria que diferenciaba los espacios.
Y entonces comenzaron las conversaciones típicas entre periodistas. Que si “pues parece que no vienen”. Que si “igual entran por otro lado”. Que si “María Pombo al final sí ha venido”. Porque efectivamente, María Pombo apareció aunque inicialmente no estaba previsto. No atendió a los medios, algo que objetivamente ayuda poco al evento a nivel prensa, pero al menos estuvo allí. Y eso permitió que salieran fotos, pues su look siempre da para un artículo.
También estuvo Dulceida, perfectamente entregada al “dress code: circo”, algo que sinceramente merece cierto reconocimiento porque hay gente que escucha “dress code temático” y decide vestirse exactamente igual que cualquier sábado en un reservado de restaurante italiano. Ella no. Ella fue de circo. Completamente. Y además atendió uno por uno a todos los medios presentes. Algo que parece sencillo, pero después de muchos años cubriendo eventos puedo confirmar que no todo el mundo tiene paciencia, ganas o profesionalidad para hacerlo. De hecho, se dice mucho de Dulceida que siempre está para todos y la realidad es que, viendo cómo trabaja en este tipo de eventos, parece bastante verdad.
Y cuando prácticamente todos los periodistas ya se estaban marchando, cuando la alfombra roja estaba desmontada, las luces apagadas y ya no había nadie organizando absolutamente nada, se hizo la luz, y llegaron ellas. Violeta Mangriñán y Marina Rivers aparecieron tarde, sí. Pero aparecieron. Y aquí viene lo importante: ya no tenían ninguna obligación de hacer nada. Ninguna. El photocall había terminado oficialmente. No quedaba casi prensa. Nadie les indicó que posaran. Nadie les pidió que dieran declaraciones. De hecho, lo más fácil, lo más cómodo y seguramente lo más habitual habría sido entrar directamente al festival y evitar toda esa parte. Pero no lo hicieron.
Las dos se pararon. Posaron. Atendieron a los medios que quedaban, aunque ya no eran muchos. Dieron declaraciones tranquilamente. Y lo hicieron cuando ya no había prácticamente beneficio para ellas. Porque a esas alturas ya no quedaban flashes, ni grandes cámaras, ni demasiada repercusión inmediata. Solo unos cuantos periodistas cansados y una amiga que había dedicado meses —y el estado de salud de su ojo, que sigue regular— a organizar uno de los eventos más importantes de su carrera. Y después de más de quince años cubriendo photocalls, sinceramente creo que puedo decir que eso no es lo habitual, y que decidir hacerlo demuestra amistad, de la de verdad.
Porque también ocurrió el ejemplo contrario. Lola Índigo estuvo allí. Ella y Lola Lolita son amigas y probablemente esa amistad fue precisamente la razón por la que la cantante hizo un hueco en su agenda para acompañarla. Pero no posó. No atendió a los medios. Su presencia pasó completamente desapercibida a nivel mediático. Y eso tampoco significa que sean menos amigas. Quizá simplemente había motivos personales, cansancio o una decisión profesional detrás. Nadie lo sabe. De hecho, precisamente porque no necesitó rentabilizar públicamente su presencia, también podría interpretarse como una demostración de amistad completamente ajena al foco, pero que ciertamente no ayudaba en nada al proyecto de su amiga.
Pero lo que me hizo gracia de toda esta situación fue darme cuenta de que quizá las redes sociales nos han hecho desconfiar tanto de todo que nos cuesta reconocer algo bastante simple: que a veces un influencer también puede hacerle un favor a un amigo simplemente porque es su amigo. Aunque haya una marca detrás. Aunque haya cámaras. Aunque haya un logo enorme iluminado en neón. Aunque luego eso salga publicado en Instagram. Porque sí, existe el postureo. Muchísimo. Existe la amistad interesada. También. Existen las relaciones calculadas, los eventos por compromiso y las fotos estratégicas. Pero también existe gente que llega tarde a un photocall ya desmontado y aun así se queda porque entiende que eso ayuda a alguien a quien quiere. Y quizá eso, aunque ocurra delante de una cámara y con patrocinadores alrededor, sea en el idioma influencer una demostración enorme de afecto.
