La expectación en el sector audiovisual y musical de la capital es absoluta ante el desembarco más esperado del pop en español. Dos semanas después de romper su ostracismo escénico en Bilbao, Amaia Montero ha aterrizado este miércoles en el aeropuerto de Madrid-Barajas dispuesta a comerse los escenarios y plantar cara a la jauría digital que ha intentado boicotear su retorno corporativo. Con tres noches consecutivas de ‘sold out’ absoluto en el Movistar Arena los días 28, 29 and 31 de mayo, la que fuera vocalista de La Oreja de Van Gogh ha respondido con una lucidez implacable a las especulaciones de los platós de televisión que vaticinaban una cancelación prematura de su gira estelar.
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«Pues mira, sinceramente, fuerzas no dan, ¿no? Intento estar al margen, sé quién soy, sé lo que he hecho a lo largo de mi vida. ¿A cuánto vendes tú la verdad?, ya lo decía en alguna canción. Hay demasiadas cosas importantes en mi vida y, sobre todo, en el mundo como para quedarnos en eso», manifestaba la cantante ante los micrófonos de los reporteros, restando cualquier tipo de validez comercial a las campañas de odio amplificadas en internet. La compositora prefiere focalizar su energía en el reencuentro directo con sus fieles, negándose en redondo a perder el tiempo con un sector de los consumidores que vive de fiscalizar el desgaste físico de los artistas.
Frente al ruido estéril de los perfiles anónimos, la donostiarra ha exhibido músculo al recordar que el blindaje afectivo de sus colegas de profesión ha funcionado como un auténtico escudo protector durante sus horas más complejas. Al ser cuestionada por el calor recibido por parte de los operadores e intérpretes de la industria musical, la artista se ha mostrado contundente: «El apoyo ha sido brutal, ha sido brutal». Un amparo corporativo que contrasta con la habitual frialdad de un negocio que suele devorar a sus viejas glorias a la primera muestra de vulnerabilidad humana.
Las secuelas de una mudanza traumática tras el adiós de Leire Martínez
El regreso de la diva al grupo de su vida se produce dos años después del fulminante e histórico cese de Leire Martínez, cuya salida el pasado mes de octubre de hace dos años provocó un auténtico seísmo en los despachos de las multinacionales discográficas. Tras diecisiete años defendiendo la marca de San Sebastián, el relevo forzoso dejó una marejada de lágrimas en directo y un encendido debate en los magacines de entretenimiento sobre las formas de ejecutar la transición de poder en las bandas de pop masivo. Con el público lineal soberano tomando partido por una u otra facción, cada concierto de esta nueva andadura se analiza bajo un microscopio cualitativo implacable.
Sin embargo, los datos de las tiqueteras no engañan: el factor melancolía cotiza al alza en la televisión y los recintos multitudinarios, y la expectación por volver a escuchar los himnos generacionales en su registro original ha sepultado cualquier amago de boicot comercial. Con un estilismo veraniego que no buscaba la discreción ante los flases de los reporteros, la cantante ha admitido el nervio que supone someterse al veredicto de la capital del reino: «Madrid, muchas, muchas ganas. Muchísimas ganas. En todos los sitios. En todos los sitios donde íbamos a tocar en la gira, tengo muchísimas ganas, yo y toda la banda. Y bueno, en Madrid especialmente porque llevo mucho tiempo sin tocar aquí».
La madurez frente al paredón de los juicios mediáticos en abierto
La templanza exhibida por la intérprete a pie de pista demuestra que los años de retiro voluntario le han otorgado un callo analítico definitivo para sobrevivir en la trituradora del negocio audiovisual de hoy. Al resumir el cúmulo de sensaciones físicas que experimenta al reencontrarse con los focos del directo tras un calvario de salud de dominio público, la compositora zanja el asunto con una frase que desarma las escaletas de los magacines de crónica social: «Muy especial, muy especial, muy especial. Es difícil de explicar». Quedan tres citas cruciales frente a las gradas del Movistar Arena para comprobar si la voz de una generación mantiene el temple o si las dudas sembradas por la contraprogramación terminan por quebrar las expectativas de un regreso que ya es historia de las páginas de sociedad.
